Mariví Cerisola (México)
Te marchaste el último día del año y las primeras horas, de los primeros soles, no pude encontrar consuelo en ningún sitio. Rabia y desconcierto hurgaron mi interior abriéndoseme un hueco como de bala que fluía a raudales y, cual loba herida, me arrinconaba para lamer la lesión de ingenuidad. Maldecía por haber confiado en una piel que imaginaba igual a la mía y, mientras los ojos se me hundían con los recuerdos, escalofríos de dolor laceraban mi dermis.
Rastreaba con ansia los escondites en busca de tu aliento, de tus caricias, de mi vida con tu vida. Todo fue en vano.
Una mañana, al despertar, me descubrí con los rasgos afilados, los ojos enrojecidos y un morro babeante que iba ensuciando con espumajos blancuzcos el suelo por donde empezaba a agazapar mi encorvado cuerpo. Confundida, lanzaba zarpazos a los incautos que no podían comprender mi trance y me oculté de la luz dentro de una zanja que cavé en un apartado del jardín.
Por las noches deambulaba en solitario mi tristeza y en rotación aullaba a tu persona que, a manera de luna menguante me despreciaba irónica en medio de las tinieblas.
Varios amaneceres los caminé sin rumbo con la esperanza de cazar alguna otra esencia semejante a la tuya. Sin embargo, al olfatear otros humores me fustigaba el terror a lo inexplorado y con gemidos lastimeros retornaba a mi refugio.
Concebí el verdadero espanto de tu ausencia un anochecer cuando el instinto nubló por completo mi ya menguada conciencia y tuve el deseo de desgarrar tu carne, empapar mi dolor con tu sanguaza, matarme las ansias con tu agonía y, a modo de contrición, extirparte las entrañas para comérmelas como carroña.
Anduve perdida dentro de un bosque de locura y tormento en donde manadas de depredadores rugían para que me uniera a su delirio, pero, tan débil me hallaba que mi extenuado espíritu no pudo encontrar el llamado de mis iguales.
Cargué intemporal un pelaje dolorido mirando el mundo a través de rojos centelleantes.
Una mañana, de las últimas horas, de estos últimos días, desperté para escudriñarme en manos, cuerpo y cara algún rastro de la bestia que hacía horas y estrellas habitaba en mí. No descubrí huellas ni lamentos. El exorcismo del olvido me había regresado a mi forma original.
Mis piezas favoritas del arte plástico y literario de mis amigos, maestros y colegas.
Esta galería de autores contemporáneos se creo en 2004
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sábado, enero 26, 2008
jueves, febrero 16, 2006
:::: El ultimo piso
Mariví Cerisola
Llegó al hotel casi a las cinco de la madrugada. Pronto amanecería. El conserje la recibió tallándose los ojos, aturdido de sueño y con la mitad de la camisa fuera del pantalón; pero en cuanto la observó, supo que estaba frente a una legítima hembra. De esas que por aquel lugar poco o casi nunca se dejaban ver. Ella le echó un vistazo: No está mal el wey, ¿Por qué no?... Se alzó de hombros sonriendo. La noche había estado delirante: uno, dos, tres tipos. El tercero había sido el mejor, como todas las veces: alguno siempre superaba a los otros. Tomó la pluma y se registró. -Quiero un cuarto en el último piso. Después de lanzarle una coqueta ojeada al portero, con llave en mano, se fue a la habitación seguida por la lujuriosa mirada masculina. Así era siempre, desde el inicio de su historia.
El cuarto estaba en penumbras. -Ay qué delicia. Voy a dormir hasta la hora de la cena. Estoy agotada. Se asomó por la ventana para recrearse con el espectáculo luminoso que estaba a punto de extinguirse. Le fascinaba mirar las luces de lejos, esos brillos sorprendentes, caprichosos. -¿Y si extendiera el brazo? ¿Podría tomar un puñado de resplandor entre mis manos? Nunca. De un jalón cerró las cortinas y empezó a desvestirse. Mientras se quitaba el sostén de encaje negro evocó los ojos de ¿Arturo? Creo que ese era su nombre y le pareció que ahí mismo estaba esa mirada perpleja, suplicante, casi como si pudiera tocarla, sentirla de nuevo. Todo era lo mismo, con todos era igual. Primero el deseo y después...
Tuvo el impulso de embelesarse consigo misma y verse en el espejo. No tenía caso, ¿Para qué? Las pantys oscuras cayeron al piso y sus piernas se movieron libres, frescas, desnudas. Embriagada de recuerdos paseó las manos sobre su piel resucitando las caricias acumuladas, los besos, las voces enardecidas y las ganas, siempre las ganas. -Ay, estos hombres! eternamente andan ganosos y gracias a ese apetito yo no paso hambres. ¿Cuántos habían desfilado por su vida? Absurdo hacer cuentas, hace siglos que me dedico a esto.
Después de quitarse la ropa se metió entre las sábanas. Palpar el frío de la tela sobre su cuerpo desarropado le causaba un goce exquisito. El encanto de dormir en hoteles distintos era algo inevitable. Percibía las historias que estaban caladas en cada rincón de las habitaciones: secretos, esencias, gotas derramadas, intimidades.
Se acomodó boca arriba poniendo los brazos sobre su pecho y cerró los ojos. Varias imágenes deambularon dentro de su cabeza: ella nacida, ella adolescente, ella mujer. El encuentro nocturno aquella noche otoñal en el parque, la boca masculina reconociendo su dermis y luego, ella lozana, perpetua, eterna, virginal, inmortalmente joven.
Sonrió, sacó la lengua despacio y la anduvo por las comisuras de sus labios. Aún quedaban rastros de sangre. Sintió sed, tuvo deseos. Quiso ir en busca del hombre de la administración, tocar sus brazos, tórax, cuello...alcanzó un espasmo de placer. -Mejor al rato, cuando anochezca. Será otro más. Cuestiones de casta.
Se quedó hondamente dormida.
Dentro de la habitación: oscuridad total. Sólo el filo de sus colmillos resplandecía del mismo modo que las luces de la ciudad que agonizaban afuera.
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Llegó al hotel casi a las cinco de la madrugada. Pronto amanecería. El conserje la recibió tallándose los ojos, aturdido de sueño y con la mitad de la camisa fuera del pantalón; pero en cuanto la observó, supo que estaba frente a una legítima hembra. De esas que por aquel lugar poco o casi nunca se dejaban ver. Ella le echó un vistazo: No está mal el wey, ¿Por qué no?... Se alzó de hombros sonriendo. La noche había estado delirante: uno, dos, tres tipos. El tercero había sido el mejor, como todas las veces: alguno siempre superaba a los otros. Tomó la pluma y se registró. -Quiero un cuarto en el último piso. Después de lanzarle una coqueta ojeada al portero, con llave en mano, se fue a la habitación seguida por la lujuriosa mirada masculina. Así era siempre, desde el inicio de su historia.
El cuarto estaba en penumbras. -Ay qué delicia. Voy a dormir hasta la hora de la cena. Estoy agotada. Se asomó por la ventana para recrearse con el espectáculo luminoso que estaba a punto de extinguirse. Le fascinaba mirar las luces de lejos, esos brillos sorprendentes, caprichosos. -¿Y si extendiera el brazo? ¿Podría tomar un puñado de resplandor entre mis manos? Nunca. De un jalón cerró las cortinas y empezó a desvestirse. Mientras se quitaba el sostén de encaje negro evocó los ojos de ¿Arturo? Creo que ese era su nombre y le pareció que ahí mismo estaba esa mirada perpleja, suplicante, casi como si pudiera tocarla, sentirla de nuevo. Todo era lo mismo, con todos era igual. Primero el deseo y después...
Tuvo el impulso de embelesarse consigo misma y verse en el espejo. No tenía caso, ¿Para qué? Las pantys oscuras cayeron al piso y sus piernas se movieron libres, frescas, desnudas. Embriagada de recuerdos paseó las manos sobre su piel resucitando las caricias acumuladas, los besos, las voces enardecidas y las ganas, siempre las ganas. -Ay, estos hombres! eternamente andan ganosos y gracias a ese apetito yo no paso hambres. ¿Cuántos habían desfilado por su vida? Absurdo hacer cuentas, hace siglos que me dedico a esto.
Después de quitarse la ropa se metió entre las sábanas. Palpar el frío de la tela sobre su cuerpo desarropado le causaba un goce exquisito. El encanto de dormir en hoteles distintos era algo inevitable. Percibía las historias que estaban caladas en cada rincón de las habitaciones: secretos, esencias, gotas derramadas, intimidades.
Se acomodó boca arriba poniendo los brazos sobre su pecho y cerró los ojos. Varias imágenes deambularon dentro de su cabeza: ella nacida, ella adolescente, ella mujer. El encuentro nocturno aquella noche otoñal en el parque, la boca masculina reconociendo su dermis y luego, ella lozana, perpetua, eterna, virginal, inmortalmente joven.
Sonrió, sacó la lengua despacio y la anduvo por las comisuras de sus labios. Aún quedaban rastros de sangre. Sintió sed, tuvo deseos. Quiso ir en busca del hombre de la administración, tocar sus brazos, tórax, cuello...alcanzó un espasmo de placer. -Mejor al rato, cuando anochezca. Será otro más. Cuestiones de casta.
Se quedó hondamente dormida.
Dentro de la habitación: oscuridad total. Sólo el filo de sus colmillos resplandecía del mismo modo que las luces de la ciudad que agonizaban afuera.
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