Esta galería de autores contemporáneos se creo en 2004

miércoles, mayo 26, 2010

domingo, abril 11, 2010

Reflexión 1995


Aly De Villers

:::: Un domingo en Coyoacán

Ernesto Guzmán Lechuga

Al entrar una perra gorda se me acercó moviendo la cola. Estaba a punto de darle un puntapié al hocico que olfateaba mi zapato, cuando sonaron unos gritos femeninos: ¡Sabina, ven para acá!.
El animal corrió hacia el fondo del patio, en dirección a una casa de colores pastel rodeada de pasto que, si no fuera por una gigantesca antena parabólica en el techo, sería igual a la cabaña de Ricitos de oro. La perra se echó junto a una mujer que jugaba con una pareja de niños. Sin duda, supuse, mamá dedicando el domingo a los hijos mientras su esposo se distrae con el fútbol de la televisión.
Nunca imaginé que el Foro de la Conchita fuera un lugar mitad residencia familiar y mitad teatro. Tuve la desagradable impresión de asistir como invitado a una casa con teatro propio pero con sus infaltables perro y escuincles. En fin, lo importante estaba en la obra que, según algunos comentarios, seguramente me daría más que entretenimiento.
A un lado de la puerta que daba al pequeño foro, había una banca donde algunas personas también esperaban. Una pareja de jóvenes contemplaba a la mujer de los niños: Qué padre ¿no? Decía la muchacha metiendo la nariz en el cuello del novio.
Por fin un empleado, el mismo que atendía la taquilla, avisó que podíamos pasar al foro. Al iluminarse el escenario, para mi sorpresa, la perra apareció sobre éste.
Ahora formaba parte de otra familia en apariencia igual de armoniosa que la suya. Pero sólo en apariencia, porque ésta era una de las creaciones de un demiurgo que acostumbraba mostrar el infierno que siempre existe tras el maquillaje de la cotidianidad.
Un joven juega cariñosamente con su mascota y la hermana llega a molestarlo con apodos y a decirle que a los papás no les gusta que la perra esté dentro de la casa. Así iniciaba la obra teatral, dando la impresión de un hogar común y corriente; como el de afuera, como el que pretendían formar la pareja de novios a mi lado. No podía ser cierto, en seguida empezó a brotar una realidad de deseos incestuosos y de odios incontenibles. Me resigné a sumergirme en esa realidad oculta y a olvidarme de esas familias ideales e imposibles, donde únicamente hay lugar para la felicidad y el amor.
Fui el último en salir de la sala, aún con la imagen de la mujer que finalmente queda convertida en la esfinge creadora de maravillas; con el recuerdo de ese rostro feliz ya para siempre, gracias, en gran parte, a la magia de un fetiche. Un auténtico Pez-diablo que, según se decía, fue traído de Veracruz para darle más verosimilitud a la obra. Al final, el pescado abierto por la mitad (en verdad daba la apariencia de un rostro luciferino) quedó solitario en el escenario, recibiendo también los aplausos, como si supiera que él había sido el causante de que el antiguo orden que ahí imperaba se rompiera.
En la calle el ambiente de Domingo se hacía más evidente conforme me acercaba al centro. Ese día Coyoacán pertenecía a las familias. Los padres visitando la iglesia, los niños con sus algodones de azúcar y los más grandes alrededor de los músicos y pintores callejeros. Pensé que no sería raro que allí me encontrara a mis parientes también.
No, mi familia estaba en la casa cuando llegué: reunión dominical. Mi cuñado, acostado sobre el sofá de la sala, sólo me dirigió una mirada de fastidio cuando lo saludé. Vi a mi cuñadita pensando que cada día se ponía más buena y que por qué no, a lo mejor un día de estos... En la recámara mi esposa y mi mamá se callaron cuando iba a entrar. Deseé que hubieran seguido comiéndose mutuamente como cuando se conocieron; pero no, ahora estaban aliadas, ya tenían un enemigo en común. No entré, lo mejor y más seguro era la biblioteca. Mientras me alejaba alcancé a oír a mi esposa: ha de venir tomado otra vez, fíjese que...
En la biblioteca, como esperaba, no había nadie. Acomodé el saco en el respaldo de una silla. Me senté y mi vista se detuvo en él: quizás la felicidad sea posible. Recordé la obra de teatro y concluí que ahí la única que se salvaba era la madre; gracias a que ella había logrado realizar sus sueños mediante la magia de ese fetiche que apareció tras su altar, sin que nunca se supiera quién lo había colocado allí.
Sí, yo no necesitaría más que una ayuda de ese tipo para escapar al infierno que estaba justo en mi casa. Vivir lo que siempre había anhelado en compañía de alguien a quien en verdad quisiera; desaparecer de una buena vez a esa gente que me iba a volver loco. ¿Qué hacer? no podía esperar a que me metieran a un manicomio como querían hacer con la mujer de la obra. Afortunadamente siempre hay alternativas. Sí, seguro que las hay.
En ese momento de insólita esperanza, entró mi esposa, como si adivinando mi bienestar quisiera romperlo.
—Oye, menso, orita que iba a agarrar el coche vi una colilla pintada de rojo. ¿A quién subes al carro, eh?
—Cálmate ¿pues a quien quieres que suba? A veces le doy aventón a algunas compañeras, ya te lo he comentado—. Le contesté, sabiendo que lo que buscaba era armar una pelea ahora que sus parientes estaban allí.
—Nada más a eso sales ¿verdad? Pero ya te dije: yo también puedo pagarte con la misma moneda.
—Sí, sí. Haz lo que quieras. Y mejor ya déjame solo. Quiero descansar un poco. ¡Ah! y por ahí le dices a tu hermanita que me traiga un refresco ¿no?
—¿Qué? Ve tú. Mi hermana no está para servirte—. Agregó cuando salía, mirándome recelosa. Algún día cuñadita, volví a pensar, sucede en las mejores familias.
Decidido a terminar de una vez con todo aquello, en cuanto salió mi esposa azotando la puerta, me levanté para tomar mi saco. Respiré hondo antes de introducir mi mano en el bolsillo interior. Al sacarla contemplé con una mezcla de miedo y esperanza el fetiche de Pez-diablo, que ahora en el teatro nadie, tampoco, iba a saber quien se lo llevó.

martes, noviembre 17, 2009

teorema


Autor: Miguel Ruibal
http://miguelruibal.org/web/

:::: Aquí está tu cielo

Amélie Olaiz


Ayer, mientras recapitulaba lo nuestro, caí en la cuenta de todo lo que ha pasado desde que te fuiste. Las cosas han cambiado mucho, ya no tengo la agencia de viajes donde nos conocimos, la he transformado en una pequeña tienda de curiosidades para turistas espirituales. Vendo tankas de protectores como Mahakala y deidades femeninas como Tara verde. Tengo también a Chenresi, buda de la compasión, a Manjushri de la sabiduría y a Maitreya para el futuro. Hay gongs traídos de Boudha, mandalas que se hacen con polvo de mármol, estatuas de budas de Patán, catalejos que consigo en los mercados de pulgas y que nos sirven para ver, desde otra óptica, los acontecimientos que nos lastiman, esencias para aromaterapia, cajas con incrustaciones de concha nácar que se usan para guardar los sentimientos valiosos, malas de semillas de loto para unir la mente con el habla y telas con dragones custodios para los altares. Son especiales porque vienen de una tienda de la ruta de la seda. También vendo paisajes montañosos en miniatura. Se hacen con piedritas que encargo a mis amigos que viajan cada año al Tíbet y que coloco sobre arena de Cancún. Quien los compra debe hacer lo mismo hasta convertir la actividad en una pequeña meditación. Hace unos días me ofrecieron unas pachminas que compré sin dudarlo. Aunque aquí siempre hace calor, cuando la gente tiene frío en el alma, la sensación se cuela hasta los vellos. Es bueno cubrir los cuerpos dolidos con una tela suave, que les dé calidez.

Yo misma pinté el techo de azul y con una plantilla dibujé, basada en una constelación real, estrellas de cinco picos en diversos tamaños. En el fondo puse una luna creciente que se ve muy natural. ¿Sabes?, la gente ya no tiene tiempo en estos días de mirarla y cuando la descubren en la tienda salen a la calle para ver si localizan a la verdadera. También coloqué estrellas fugaces a la salida; si alguien no se siente muy a gusto aquí, puede, influido por la velocidad cósmica, salir más rápido de la tienda. Hay varios móviles de sistemas solares que no se parecen en nada al nuestro. Los hice pensando en mares limpios, atmósferas puras, tierras fértiles y ríos cristalinos. En el patio trasero sembré un laurel de buen tamaño y he dispuesto macetones con bugambilias y otros con gardenias para que perfumen el ambiente. Entre ellos hay algunas mesitas de madera con patas de hierro forjado que compré en Tlaquepaque. Encima puse manteles que deshilan, con paciencia infinita, las mujeres de Aguascalientes. Ahí sirvo café o té y pasteles a los comensales. Sí, me dio por la repostería y hace unos meses tomé un curso en una pastelería neoyorquina del Soho donde hacen los pasteles más finamente decorados que he visto en mi vida. Preparar cada uno es como hacer un cuento, cada cual tiene su historia. También me he especializado en las infusiones y puedo ofrecer desde un té de flores para relajar o de bergamota para vigorizar, hasta exóticos aromas con base de té negro. Preparo, sólo a los clientes más asiduos, infusiones especiales para curar amores imposibles, ilusiones perdidas, nostalgias arraigadas y vacíos que no se llenan. También puedo, con la combinación adecuada, calmar la ira excesiva, el ego exacerbado y los apegos que atormentan. Pero estos, los especiales, requieren de un tratamiento personalizado cuando se sirven. Muchas veces tengo que sentarme con el cliente mientras se toma la infusión. No tienes idea la cantidad de historias sorprendentes que he escuchado. Ya me conoces, me adentro tanto en ellas que al recordarlas no sé si las he vivido yo misma en otro tiempo. Por eso, en las noches, he vuelto a escribir; alguien tiene que guardarlas para que no se pierdan en el olvido. Además hay mucha gente que necesita ser escuchada y ya nadie tiene tiempo para los discursos ajenos. Hace unos días tuve que comprar jarras más grandes. Se requiere mucho té cuando los síntomas son profundos y sería grosero levantarse de la mesa si una persona tiene mucho que contar. Arturo, el de la tienda de antigüedades, me ha conseguido una variedad de jarras que vienen del Tíbet. Estoy convencida de que provocan un efecto adicional en el cliente porque desde que las tengo la gente sale prácticamente curada. Pienso que las jarras deben tener restos de mantequilla de yak, y que esta grasa animal no sólo calienta el cuerpo sino también el espíritu. Yo suelo hablar mucho con mis clientes. Claro, después de escucharlos, les hablo del Tíbet, de Katmandú y del Buda histórico. Me gusta retomar algunas historias de los sutras y otras que me han relatado mis maestros. Siento que les hace bien esta filosofía porque salen más contentos de lo que entraron.

Hoy, antes de cerrar el local, observé los cojines que me entregó el tapicero y que distribuí por el piso. Más que una tienda este espacio parece un salón para meditar. Por unos minutos me pregunté qué objetivo he perseguido al hacer todo esto. Si ha sido con un honesto deseo de ayudar a otros o para curar el dolor que me impone tu ausencia. Luego apagué la luz, bajé la cortina metálica y me fui caminando por la calle mojada, brillosa por el reflejo de los faroles nocturnos. Recordé tu voz diciendo palabras tiernas y llamándome “ mi cielo”. Fue en ese instante cuando por fin decidí el nombre del local. Mañana encargaré una marquesina bien grande que puedas ver el día que vuelvas: “Aquí está tu cielo”.

domingo, octubre 04, 2009

graffiti tears


originalmente cargada por ajpscs

:::: La niña de los besos

Pterocles Arenarius

El día que la besé eran las tres de la mañana y quince minutos antes ella iba corriendo como una zorrita que persigue la jauría y no llevaba más ropa que calzones y zapatos.
Era como ver un ángel o bien, por qué no, un demonio. Corría con desesperación, pero nadie la perseguía, o al menos no era visible.
Yo iba caminando por la gran avenida Troncoso y ella quizá salió de entre los múltiples condominios de por ahí. La vi desde lejos, tenía muy buena condición física o estaba drogada porque corrió unos dos minutos a la máxima velocidad que daba su cuerpo delgado, blanco, hermoso.
Al principio era un punto blanco. Luego me dije es una vieja encuerada. Me detuve a mirar. Venía sobre la acera en que yo caminaba. Y además está buenísima, me dije. Pero desde unos cien metros me percibiría porque desvió su trayectoria para no ir hacia mí.
Me atravesé la avenida tratando de que su trayectoria coincidiera con mi posición. Empecé a ver con claridad como se sacudían sus pechos a cada paso de su carrera. Era un deleite verlos sacudirse. Nadie, nada la perseguía. Me atravesé en su camino. Por allá lejos pasó un carro. No se dio cuenta de que la belleza corría desnuda por la avenida Troncoso.
Cuando estaba a diez metros de mí –que me fui centrando para que ella llegara hasta donde yo estaba–, habrá notado mi intención y gritó ¡aaaaaahhhhhh! como un kamikaze, colocó sus manitas al frente y se dirigió directamente contra mi pecho. Creo que intenté apartarme, me asustó el grito, la muchacha corría muy fuerte, pero entonces ella enfiló hacia mí.
El choque fue brutal. Me derribó y cayó encima de mí. Creo que me hizo volar pocos metros. Empezó a golpearme, arañarme, morderme. Dios santo.
Como pude me quité. Y traté de huir. Esperaba que llegaran los perseguidores o uno por lo menos. Nadie llegó.
Siguió golpeándome. Puñetazos, patadas, rasguñones. No supe qué hacer. Salvajes rasguños de gata, tarascadas de perra. Me protegí y le di la espalda. Se fue caminando. Vi sus bonitas nalgas dibujadas debajo del calzoncito, sus hombros estrechos respirando agitados. Vi uno de sus pechos pequeños desde atrás. Ella temblaba. Estaba desgreñada. Lloraba.
Estábamos en un estrecho camellón de la gran avenida.
–Qué pedo, manita… –Se volvió.
–Hijos de su puta madre. –Dijo al vacío.
Supuse que habrían intentado violarla. La madrearon, la encueraron, supuse. Pero es una perrita. Brava. Se les peló. Supuse. Se detuvo.
–Dame un cigarro. –Lo encendió después de arrebatarme el cricket, agitada, resoplando, temblorosa.
Me quité la chamarra y se la puse cuando ella me miraba como se mira a un marciano.
–Hijos de perra –dijo y metió las manos en las mangas de la chamarra–. Acompáñame, güey.
–¿A dónde vas?
–Aquí… Es aquí a dos calles.
Se me abrazó. Caminamos las dos calles abrazados. Fumando.
De pronto decía hijos de su puta madre.
–¿Qué te pasó, amiguita?
–Hijos de su perra madre.
Entramos en uno de los condominios.
–Carnalita, te dejo en tu casa.
Me miró con sus ojos de loca detrás de los cabellos que le caían sobre los ojos. Los rasguños me palpitaban, los madrazos eran como clavos en mi jeta.
–¿No quieres una chela? ¿Un toque? –Me metió al departamento jalando. Cerró la puerta. Aventó mi chamarra por donde sea. Se fue encuerada y regresó en camisón y con dos cervezas. Me dio una, estaba fría. No había muebles, pero sí gran cantidad de objetos con clasificación próxima a la de basura. Se puso a forjar luego de poner la chela sobre un bote de pintura. El cigarro estuvo listo muy pronto y le dio unas fumadas de prolongación sorprendente e intensidad amorosa.
–Jálale.
Fumé. Era buena mota.
Le devolví el cigarro y me abrazó.
Se puso a darme unos besos inolvidables. Largos. Pausados. Tiernos. Lentos. Era como si me ensalivara el completo rostro. Fumaba mariguana y me pasaba el humo en los besos.
Amor mío.
–Pásame el humo –dijo. Le jalé al cigarro de mota y ella me dio el beso más rabioso, el más violento de mi vida. Me quería sacar las anginas para llevarse el humo, me quería comer como si fuera yo la mota personificada. Me inclinaba para alcanzarla, se estiraba para sentirme. Mis brazos fueron a su cintura, los suyos sobre mi cuello. Repetimos el beso mariguano en la más enloquecida y deliciosa tanda de besos hasta que se acabó el cigarro. Y seguimos besándonos.
Me agarró descuidado y abrió la bragueta. Sacó mi verga. Se hincó y se puso a besarla. Luego se la metió en la boca. E hizo cosas divinas.
De pronto se puso de pie.
–¿Eso era lo que querías verdad, cabrón?
–Chiquita preciosa, ¿cómo te llamas, mi amor?
Se fue al fondo del cuarto y trajo un bote de pintura en espray de la que usan los grafiteros. Me roció el pecho, los hombros, el cuello, la cabeza y la verga parada, entre el insoportable olor a solvente químico actuaba minuciosa, como haciendo un trabajo especializado. Sólo dije sin demasiada convicción “No, espérame, no me pintes”.
Sonrió como demonio mientras apartaba el chorro de espray. Lo encendió con la flama del cricket.
Cuando dirigía la bocanada de fuego hacia mí salí corriendo. Tenía los pantalones hasta el suelo. En la desesperación no supe cómo me los quité. Alcancé a sentir la lumbre como el vaho de la dragona que me alcanzó a quemar un poco de cabello mientras salía vuelto madres y derrumbando cuanta madre.
Dos minutos después yo iba corriendo por Troncoso desesperadamente a las tres y media de la mañana. ¿Qué otra cosa puede hacer un encuerado en Troncoso a semejantes horas?
Una patrulla me dijo por su altavoz “deténgase, hombre desnudo que corre, deténgase…”.
Me detuve. Estaba temblando, jadeando, me ardía un poco la cara por la leve quemada; los rasguños no dejaban de palpitar, los putazos como clavos en la jeta; el cuello, el pecho, el bajo vientre, el calzón pintados de verde y los besos amargamente dulces, violentamente tiernos, dolorosamente suaves, la saliva con dulce sabor de mariguana continuaban en mis labios. No tenía sensaciones en el pene. Sino en los labios, los besos.
–Estás madreado, estás revolcado, estás encuerado, estás pintado de verde, ¿estás drogado? –diagnosticó el policía.
La luz de su lámpara en los ojos no me dejaba ver.


originalmente cargada por ajpscs.


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domingo, agosto 02, 2009


Fotógrafo: Rafael Merino
http://www.flickr.com/photos/amadismx/

Buscador de Soledades

Jorge S. Luquin

Es mi corazón un cazador solitario
Carson McCullers


Nunca he sabido disuadirlo.
Yo quisiera sólo coger, comer y dormir
pero siempre termina llevándome
entre calles y libros.
Algunas noches me susurra al oído
que busca al espíritu.
La primera vez, me reí de él,
pero después me lo dijo llorando.
No supe qué decirle, me arrastró en su silencio.
Lo he visto brincar y saltar como niño
ante un aforismo y conmoverse con Gautama.

Le he mostrado mujeres hermosas y voltea
distraído.
Le he ofrecido del sexo de las putas y se ríe
melancólico.
Le he brindado del humus del alcohol y canta
jubiloso.

Prefiere la soledad, el silencio.
Se agazapa, observa desde su cueva
de huesos y carne ansiosa;
siempre listo para saltar sobre lo etéreo
contempla lo insondable, el misterio
y corre en pos de lo intangible.
Así es él. Vivimos distanciados.

lunes, junio 01, 2009

:::: Urbe

ciudad digital
Fotografía y tratamiento digital: Amélie Olaiz

Angélica Santa Olaya

Tiembla, camina y se contonea. Recoge por igual flores y escupitajos que le lanzan al pasar los trashumantes. Esos que al bajar la luna se meten bajo su falda de concreto y esconden la nerviosa risa de los temores. Al amparo de la oscuridad muerden las lentejuelas del negro vestido y recuerdan el olor agrio del pecho que una vez los amamantó. Duermen las farolas y ella se saca de encima a los hijos que salen, pululan y le echan en cara las afiladas uñas y las piernas al aire. Peligrosa, prostituta y dispuesta a todo, ella sonríe en un rojo escarlata y se prepara a envolverlos en sus brazos de carnívora y aromada madreselva. Ella sabe que la luz y la sombra vienen siempre de la mano.

martes, mayo 26, 2009

:::: Carta del exilio


Fotógrafo: Sigfrido Quiróz, Argentina.


Sigfrido Quiróz, Argentina.

Es esta esquina
que me recuerda otra
que existe acá
adentro,
en mis entrañas

Es este farol
pero también es otro
que habita
ese ajeno país de la memoria

Es ese olvido
con que me olvidan las baldosas
de un patio
resbaloso de recuerdos

Es todo eso lo que lastima
lo que duele en un lugar adonde nada duele
adonde nada consuela
adonde casi nada vive

Yo no quiero mirar esta luna
que me mira con otros ojos
no quiero que me vea el gesto
que vos me conocés,
ese
de casi lágrima

Dejame nomás
que se me apague la sombra
con la luz nocturna de otra noche,
la de Barracas,
que si debo morir
viviendo
quiero elegir el modo

Es que
¡Es esta esquina!
y también es otra que existe acá
afuera
en mis entrañas

martes, febrero 24, 2009

mago


Miguel Ruibal, España.

Bricia

Jorge Borja, México.
Dentro de los límites de Bricia, está estrictamente prohibido usar corbata o tener cara de burócrata. Sus habitantes acostumbran saludar el paso de la bandera con jubilosos espantasuegras y celebran a la patria con un gran carnaval. El Presidente de Bricia, disfrazado de arlequín, declama un poema satírico desde el balcón central mientras los miembros de su gabinete se afanan por conseguir el gesto más gracioso o el flato más estentóreo.

En este país, en vez de debates o plebiscitos para decidir el rumbo de la política económica o el gasto del Ministerio de Defensa, se llevan a cabo carreras de costales y competencias de beber cerveza. El Consejo de Asesores se reune en sesión solemne para contar cuentos colorados. El Ministro de Hacienda presenta su programa de emergencia vestido de bombero. Una carcajada vale más que un voto y un comediante es digno de mayor crédito que un Doctor en Economía.

Los Bricianos son personas de un fino humor a flor de labios que se refleja en todas las facetas de su vida social. Cuando formalizan un compromiso de matrimonio, suelen gastar bromas sobre el embarazo de la novia o las enfermedades venéreas del novio. Los funerales siempre son motivo de prolongadas fiestas donde tradicionalmente se saca a bailar al muerto. A las catástrofes naturales les encuentran su aspecto positivo: "gracias al terremoto apareció el tesoro de los abuelitos", "durante el huracán mi marido volvió a soplar" o "con la inundación se realizó un concurso de bikinis".

Sin embargo, a últimas fechas, han surgido falso
s rumores propagados por grupos clandestinos que buscan la estabilización y el orden. Estos peligrosos aguafiestas, han urdido apocalípticas versiones que por fortuna nadie cree. Con rencor sostienen que el humor y la risa sólo disimulan el tedio y el bostezo que invaden a los habitantes de Bricia y que poco a poco sofocan su gris existencia.

Las fuerzas estatales ya tienen identificado al venenoso sujeto que encabeza este grupo para que, apenas cumplida su aprehensión, sea decapitado sin mayor trámite, y con su calavera se juegue el primer partido del campeonato de fútbol.

martes, febrero 17, 2009

lunes, febrero 16, 2009

Un jardín de arroz entre los ojos

Alberto Ruy Sánchez, México.
En una ciudad de Bali entretejida de arrozales y jardines, una mujer bellísima, Ayú, cultiva el más extraño que yo he visto: con miel, entre ceja y ceja, se pegaba nueve granos de arroz. Pregunté a mi amigo Katut sobre esa extravagancia. Sonrió, suplicándome que yo nunca contara lo que él estaba a punto de mostrarme. Seguimos discretamente a Ayú, hasta una casa de masajes que se encuentra en la calle del Bosque de los monos. Se entra por un patio de muros bajos de ladrillo, que es un templo. Detrás de una columna escuchamos a otra mujer que le preguntó en tono de burla:
¿Ya regresó tu dios azul?
Ayú, indignada, no respondía. Pero cada tarde alquilaba una de las terrazas de masaje y esperaba…
¿A su amante?, pregunté.
No, está convencida de que Shiva mismo vino a hacerle un masaje la otra noche. Tan profundo que le tocó el corazón, por dentro.
¿Cómo, por dentro?
Sí, la semana antepasada, que hubo luna llena, Ayú vino a tomar un masaje. Se instaló desnuda en la sala que usa siempre pero se durmió esperando. Yo terminé mi trabajo en el arrozal, prosiguió Katut, y vine a tomar mi clase semanal de masaje. También olvidé que en luna llena todos los empleados aquí se van al templo principal de la ciudad. Cantan y bailan y hacen ofrendas por un par de horas. Entré por error a donde Ayú dormía y, sin mirarme, dio órdenes tan firmes que pensé que era mi nueva maestra. Las seguí con esmero. Tanto que los dos fuimos muy felices.
Nos amamos y nos quedamos dormidos. Cuando regresaban las masajistas, las escuche reír en el patio de entrada, me di cuenta del equívoco y escapé en silencio antes de que nadie me viera. Cuando Ayú despertó yo me había ido. Ellas le juraron que nadie estuvo ahí. Que había soñado. Pero Ayú tenía una prueba de la presencia que había hecho florecer sus deseos. De mi camisa habían caído sobre la cama varios granos de arroz y nueve, con mi sudor, quedaron pegados en su frente mientras dormía. Y eso, ella insiste, 'en la última luna llena de 1999, es un claro mensaje de Shiva. Una indicación de cómo dirigirse a él, de cómo hacerle ofrendas'. Desde entonces Ayú renueva y ofrece ese jardín entre sus ojos. Algunas mujeres en la ciudad ya la imitan. Y hasta algunos hombres también. En cada grano de arroz, observado verticalmente, Ayú ve la representación de un Lingam (el falo del dios Shiva) mágico y diminuto, para llevarlo en la mente y en la frente, y que así le recuerda sin falta su enorme felicidad.”

jueves, febrero 05, 2009

:::: Un hombre consciente de su sombra

Cada tarde cuando anochece Javier se pone su sombrero y sale a pasear. Le gusta sentir el aire de la noche en la cara, pero se cubre la cabeza para que las ideas se sientan seguras y se expresen abiertamente. Por la acera, junto al parque, iluminado por los faroles, se ve al hombre que camina acompañado por su sombra. Siempre ha sido un solitario y así quiere seguir viviendo; alejado del bullicio que perturba. Camina pendiente de su respiración y los pensamientos aparecen lentos en su mente, tan lentos que es capaz de desmenuzar su contenido y hacerlo mendrugos que suelta a su paso. Gracias a esos mendrugos su sombra lo ha seguido hasta hoy, con ellos se mantiene entretenida. Por el camino ven pasar las sombras de las personas, la mayoría van unidas; algunas en pareja mezclándose como si fueran una sola, otras juegan en grupo sobre el asfalto, algunas se reúnen en una esquina o parlotean con conocidas. A la sombra de Javier le hubiera gustado tener más contacto social, más relación con las sombras, bailar, conversar y observarse en un muro escondido dando un beso. Hasta tomar un par de tragos y caminar haciendo zig zag entre la luz y la sombra le hubiera divertido. Pero a Javier no y ella no ha tenido más remedio que seguirlo. Lo quiere bien aunque está un poco aburrida de la misma rutina y la silenciosa soledad que los rodea. Javier lo sabe, por eso cada noche la saca a pasear, para que se distraiga y viva un poco del bullicio citadino.
Hace varias noches Javier notó que las sombras de dos transeúntes, tan cotidianos como él en sus paseos, los miraban con insistencia, una insistencia que Javier calificó como grosera. También se percató de que su sombra, curiosa, miraba de hito en hito a los sombríos intrusos visuales. Por eso aceleró el paso y caminó con más firmeza, pero un pequeño jalón en el pie izquierdo lo hizo pensar que una parte de su sombra se había desprendido. A medio día, cuando el sol estaba en el cenit, se paró sobre ella y talló los pies contra el piso para que la sombra se adhiriera de nuevo con fuerza. Confiado salió la noche siguiente y varias más, hasta que hoy la sombra se desprendió por completo. Javier la vio correr calle arriba para reunirse con otras sombras, entre ellas la de una mujer de silueta fina y cuello largo. Dos grandes lágrimas cayeron de los ojos de Javier y se borraron en la oscuridad del pavimento. Antes de perderla de vista, las luces de un auto iluminaron un muro y la vio muy acompañada y contenta. Ya volverá, piensa Javier, que sabe lo importante que es para cualquiera balancear su luz y su sombra.

viernes, enero 30, 2009

Soldier's goodbye & Bobbie the cat, ca. 1925-ca. 1945 / by Sam Hood

Soldier's goodbye & Bobbie the cat, ca. 1925-ca. 1945 / by Sam Hood

El rincón de los hombres

Fernando C. Pérez Cárdenas, México

Las madres siempre creen saber qué es lo que te pasa. Sobre todo si tienes quince años. La semana pasada la mía se la pasó a dale y dale: "Vamos, háblale. Para que se contenten y ya quites esa cara." ¿Qué cara? "¿Cómo que qué cara? Crees que no me doy cuenta..." Hasta que me hizo sonreír y menear la cabeza. "Esta bien, le hablaré." Pero tendría que ser más tarde, porque a esa hora me había quedado de ver con los muchachos en la casa de Juan para tratar de echar a andar su carcacha. Rápidamente fui a mi cuarto a recoger mi chamarra y a paso apresurado me dirigí a la puerta de salida. Antes de cerrarla todavía alcancé a oír:

-¡Piénsalo bien, Claudia es una buena chica! ¡Pero en fin, es tu vida!

Con las manos en los bolsillos, me encaminé enfrentando el viento que soplaba sobre mi cara, respirando hondo esos aires templados de septiembre, decidido a concentrar todas mis fuerzas en obras que realmente valieran la pena, sin permitir que insignificancias amainaran mi determinación.

Al llegar a casa de Juan, los muchachos ya tenían en el suelo las piezas del carburador. Dos horas más tarde, todos esperábamos ansiosos mientras Juan, sentado en el asiento del conductor, se disponía a encender la marcha. Una verdadera ansia por conocer el resultado de nuestro esfuerzo colectivo nos embargaba. El escape emitió una espesa nube de humo en señal de triunfo.

-Ya ve, mi buen, y usted que insiste en que las cosas no salen a la primera-, me dijo Octavio, apoyando su mano en mi hombro derecho.

En la noche, para celebrar nuestra proeza, fuimos al supermercado a comprar cervezas. Bebimos algunas en el auto, recorriendo la ciudad. El resto lo consumimos en la casa de Octavio, aprovechando la ausencia de sus padres. Tirados en la alfombra de la amplia sala, bebíamos y devorábamos el fruto de furtivos asaltos al refrigerador. Cerca de las diez y media, el recuerdo de Claudia empezó a rondar en mis pensamientos. ¿Por qué fregados no me deja en paz? Varias veces pensé en hablarle, pero consideré que se vería extraño, como un signo de flaqueza, el apartarme del grupo para hacer la llamada. Podría retirarme y hablarle desde mi casa. No, eso sería darle demasiada importancia al asunto. Al final me sentí satisfecho de haber encontrado la mejor solución: que se fuera al diablo.

A la mañana siguiente, unos toquidos en la puerta de mi recámara me despertaron:

-¡Teléfono! ¡Apúrate, es ella, no la hagas esperar!

Casi me levanto de prisa, pero reprimí ese impulso. Sentado en la cama, bostecé y me tallé los ojos. Una pausa.

-¡Dile que le hablo más tarde!-. Por respuesta sólo escuche el caminar de mi madre al alejarse.

A las cinco de la tarde me sentía bastante satisfecho de no haber cedido a la tentación de hablarle. Pero consideré que había llegado el momento oportuno de llamar e invitarla, no sé, quizás a caminar o a tomar un café... Después de todo, no tenía caso seguir disgustados. Lo malo fue que su hermana contestó, y me informó que Claudia no se encontraba en casa y que no sabía cuándo regresaría. Lo bueno fue que una llamada salvadora de Juan llegó casi al colgar. Con el ánimo de nuevo en alto, mientras esperaba a que los muchachos pasaran por mí, volví a hablar a casa de Claudia para decir que le hablaría como a eso de las diez.

Sentado en la parte trasera del auto, con una cerveza entre las piernas y las manos en la nuca, veía pasar las calles y los jardines con niños corriendo. Abrí un poco más la ventana para mejorar el efecto que aquel clima delicioso y el alcohol producían en mí. Poco después, topamos con tráfico. Me dediqué a estudiar a la gente que deambulaba por la acera. Bruscamente salí de mi letargo cuando creí divisar a Claudia con compañía. Los demás no la vieron. De reojo, disimuladamente, comprobé que sí, efectivamente, caminaba junto a un tipo alto. ¿Qué tan cerca? No lo pude saber porque mi desconcierto me obligó a agachar mi cabeza y permanecer así. Juan notó mi silencio. En un alto me lanzó una interrogante mirada:

-¿Qué pasó, pensando en la Claudia, eh?

-¡Ni madres! Lo que pasa es que me puse triste al ver mi botella vacía...-risas-. Además, ella ya es cosa del pasado... ¡Hey, Tulio, pásame otra cerveza, que se calientan, güey!

Nueve de la noche. De vuelta en casa. Me encerré en mi cuarto. ¿Qué tan cerca? ¿Tomados de la mano? No creo... ¿De dónde salió ese imbécil? Con tantas dudas decidí que lo más conveniente sería no hacer la llamada: que se fuera mucho al infierno.

***

Hoy fue el primer día de clases en la prepa y regresé a casa con un renovado espíritu. Había iniciado una nueva etapa de mi vida. Qué alivio, Claudia era en realidad cosa del pasado, pensé. Pero algo surgió demasiado pronto. Mi madre me informó en la cena que Claudia había hablado para decir que nos visitaría para regresarme unos discos y libros. "Ah, yo conozco bien esa treta. Seguro quiere aprovechar ese encuentro para reanudar lo nuestro."

Cerca de las diez de la noche el timbre de la calle sonó mientras yo me encontraba en la sala, enfrente del televisor, absorto en mis pensamientos. Mi madre salió, para regresar diez minutos después con una caja en las manos. Luego se sentó en la mesa del comedor a revisar la correspondencia. Antes de retirarse a dormir, me indicó despreocupadamente:

-Ah, tus libros y discos están en esa caja sobre la repisa. Buenas noches.

Una jugada inesperada en el ajedrez de la vida, de esas que nos sacan de balance y obligan a que nos preguntemos por qué a veces evaluamos tan mal nuestra situación. Pero hay que tener siempre en mente que los grandes jugadores se distinguen por su entereza en esos momentos difíciles. Sin percatarme, algo interior en mí había encontrado, no una solución a mis problemas, pero sí una actitud diferente para enfrentar la vida. Era un impulso desconocido para mí. Un descubrimiento liberador.

Me levanté del sillón para dirigirme a mi cuarto y cerrar con violencia la puerta. Mamá tocó insistentemente y yo no respondí. Volverá a tocar varias veces y no responderé. Pero estoy bien. Como no he estado en mucho tiempo. Estoy llorando.

martes, enero 27, 2009

Sombras en Yuma

Fotógrafo: Pedro Meyer, México

Esperanzado

Olga A. de Linares

Me pregunto por qué me ha dejado de este modo abrupto.
No había, que yo supiera, ningún problema entre nosotros.
Solo ahora pienso que debí prestarle más atención, no dar todo por sentado. Quizás fue la costumbre de tenerla siempre cerca, a mano, lo que me hizo ignorar eventuales señales de advertencia.
Mi única certeza en estos momentos es que, desde que se arrojó por el acantilado, no he vuelto a verla.
No les extrañe que aún aguarde su regreso, sana y salva.
Por lo que sé, las sombras sobreviven sin problemas a este tipo de accidentes, y no suelen tener éxito sus intentos de suicidio.

martes, enero 13, 2009

:::: Maria Siempre Virgen

Jorge Oropeza

Poco a poco, María comenzó a regresar del sueño. El calor en la entrepierna aún permanecía. Los recuerdos borrosos y húmedos de la noche anterior la hicieron sonreír, mientras su mano quincuagenaria acariciaba, temblorosa de pasión, el gallardo y apuesto rostro de San Gabriel en su buró. Al abrir las sábanas, algunas plumas blancas enormes volaron por la habitación.

lunes, enero 12, 2009

:::: Pandemonium


Fotógrafa: Amélie Olaiz

Jorge Borja

Después de cientos de miles de años, la armonía de esta galaxia se rompió abruptamente. Una súbita luz rasgó el obscuro velo del espacio. Ante los atónitos telescopios de incrédulos astrónomos, Saturno se estrelló contra Júpiter.
De inmediato fueron convocados los científicos más prestigiosos para discutir las posibles consecuencias. Su diagnóstico fue unánime: Júpiter ha alterado su órbita y se dirige hacia la Tierra. La noticia causó panico y confusión. Hubo saqueos, suicidios en masa, motines en cárceles y oficinas, eyaculaciones precoces, divorcios y bodas urgentes, orgías en colegios de monjas, partos prematuros, ataúdes y servicios funerarios en oferta.
Los jefes de estado de las naciones más poderosas, acordaron lanzar sus misiles atómicos sobre el planeta desbocado. Su esfuerzo fue en vano. Júpiter no cambió su curso. La Asociación Mundial de ateos, emitió una última declaración: "sólo nos queda rezar". Y multitudes de arrepentidos atestaron los templos. Nunca antes se oró con más fervor... entonces Dios, ardiendo de ira, rompió el taco contra la rodilla derecha mientras el Diablo exclamaba con frialdad: carambola.

jueves, enero 08, 2009

:::: Fudekuyô



Fudekuyô (筆供養, ふでくよう) ceremony, when brushes of calligraphers and writers, who offered them in gratitude for last year accomplishments and in hopes of better penmanship ability, were reduced to ashes on November 23 at Shogaku-an (正覚庵), a sub-temple of Tofuku-ji Zen complex.
Fotógrafo: Aurelio Asiain

:::: La imprecisión del silencio es la solidez de la palabra

Fausto Larraguível


Llueve, pasos leves, rumor de sílabas,
aire y agua, palabras que no pesan

Octavio Paz. Como quien oye llover.

Aprieto un puñado de palabras,
de esas que asoman a otras lejanías,
las que devastan orillas solitarias.
Danza del fuego
que consume los papeles en que escribo.
Voces en procesión.
Ojalá pudiese grabarlas en piedra
y rodar lunas por el jardín del otoño,
para que mis palabras
conforten a los desamparados
y agobien a quienes envuelve el júbilo.
Construyan con madera sólida
escaleras para subir
y descender de nosotros mismos,
escalarse y derribarse,
acercarnos y alejarnos.
Pero también tallar sillas, camas y féretros:
para sentar a la espera y ofrecerle un café,
dormir a los miedos y amar sin mesura,
morir, habiéndolo dicho todo.
Así,
sin provocaciones
ni lamentos.



Fotógrafo: Aurelio Asiain

miércoles, diciembre 17, 2008

:::: El retorno de Jackie B

José Luis Sandín

Subes las escaleras del metro, las mismas que el tipo desciende. Subes y el bolso te acompaña en silencio, se mueve contigo, te sigue el paso con complicidad. Miras sus manchas, suspiras, te apresuras.
Él baja, baja con los ojos en ti: en el pelo, que escurre agua; en la cara, que no ha dormido; en el paso, que cae más y más a cada paso, ¿de tanto bailar en mesas? Lo miras, te gusta. Agachas el rostro y él, un segundo antes de cruzarse contigo, te saluda.
—Hola.
Su voz te sorprende, levantas la mirada, te detienes.
—Hola.
—¿Cansada?
—Para nada.
—¿Qué vas a hacer? ¿A dónde vas?
—A dormir, ¿gustas?
—Eeeh, debo ir a trabajar.
—¿Y...?
—Pero...
Sonríes,no conoces hombre que haya resistido esa sonrisa tuya, que viéndote reír así no camine a tu lado, junto a ti, escaleras arriba.
Cambias el bolso de lado para ocultar con tu cuerpo las salpicaduras de otro cuerpo —el último, el que dejaste atrás hace una hora—, para tomarlo a él, al tipo que se ata a ti sin saber a quién se ata de la cintura. Sonríes. Escaleras arriba tu voz baila, el bolso también.

viernes, diciembre 12, 2008

¿De qué sabor?


Fotógrafo: Arturo Mendoza

:::: Leyenda urbana

Sergio Gaut vel Hartman

—¡Hola, Polaco! ¿Cómo va todo?
—Peleándola, ¿y usted?
—Cansado, pero por suerte lleno de laburo hasta las orejas.
—Me alegro. Nosotros no nos podemos quejar. ¿Qué le doy?
—Un cuarto, como siempre.
—Almendras a la crema, chocolate y limón, como siempre.
—Exacto. ¡Cómo te acordás!
El heladero se concentró en su tarea, pero se movía de un modo errático, como si rumiara algo que quería desembuchar y le resultara difícil. De pronto levantó la vista y me miró fijo a los ojos, con expresión indefinible.
—¿Usa feisbuk?
—Bastante, ¿por?
—¿No se enteró?
—¿De qué?
—Es un invento de la CIA, un método para controlar a la gente. Lo espían, lo filman, registran qué piensa, quienes son sus amigos. Hay que rajarle al feisbuk, me lo dijo uno que viene a comprar helados acá y trabaja en la embajada yanki.
—¡Macanas, Polaco! Una leyenda urbana más, como tantas.
—¡No! Usted mo me toma en serio, pero el tipo me dijo que tienen a todo el mundo agarrado de las pestañas. No hay salida. Sáquelo antes de que sea tarde.
—¡Por favor! ¿Cuánto el helado?
—Nueve.
—¿Aumentó?
—Y, no hubo más remedio; coletazos de la crisis global.
—Claro, entiendo.
Me dio pena que el Polaco tuviera un ataque cardíaco pocas horas después de esa conversación... tan joven... no había llegado a los cuarenta... y lo que más me molesta es que al nuevo voy a tener que explicarle que siempre, siempre, llevo helado de almendras a la crema, chocolate y limón. Tardan mucho en recordarlo.

lunes, diciembre 08, 2008


Esta fotografía es propiedad de Steve Bailey y fue tomada de:
http://www.flickr.com/photos/monster/218610802/

:::: Cualquier tiempo pasado fue mejor

Sergio P. Migoya

Aquel hombre, por canas asomando la cincuentena, cruzaba sus manos grandes hacia el pecho como en ocultar algo bajo ellas.
—Vamos, buen amigo —uno decía de los que en la mesa le acompañaban—. Sabéis de sobra lo convenido siempre entre nosotros.
—Pero a mi cuerpo es menester lo que los vuestros tanto no precisan —pareció rebatir ceñudo el aludido, aun no sin cierto rubor en los carrillos.
Otro, de rostro ingenuo y sonrosado, afiló el mostacho fino con sus dedos como mostrando paciencia, mas sus ojos se le iban, con brillo de avidez, hacia entre los dedos del testarudo:
—Por Dios, que sois obstinado. No dudéis que vuestro éxito, en el haber conseguido, lo admiramos los tres con la justa reverencia. Mas la regla...
—Mas la regla es juramento —terció el cuarto hombre que hasta ahora se había mostrado silencioso, y en sus palabras podía notarse cierto matiz de autoridad.
Ante el acoso de sus compañeros, aquel hombre robusto lanzó un bufido de resignación, separó sus manos y empujó con ellas al centro de la mesa el motivo de las querencias: un modesto queso, redondo y rancio.
Sacó, el primero que hablara, una daga algo herrumbrosa de bajo la casaca raída, y en dos precisos tajos hizo la división. Antes de abalanzarse sobre el frugal alimento, quisieron aquellos menesterosos guardar su costumbre y, con tono poco convencido, rumiaron la arenga:
—Todos para uno...

miércoles, diciembre 03, 2008



Dibujo de Laura Hermosilla

:::: Juego de niños

Paola Cescon (Argentina)

Lo arrastro. Deliberadamente. Arremeto contra el gentío del shopping.
Mi hijo mira incrédulo a la trastornada que lo lleva de la mano (yo, su madre).
La carrera no es a tontas y a locas. En cinco minutos cierra la juguetería.
Me cago en todos los próceres. Maldita espada.
— Mi amor, ya me recorrí todas las casas de disfraces y no la encontré. ¿ No es lo mismo si te la hago con cartón?
— Mami, me eligieron para actuar de Belgrano. No me hagas pasar papelones. En la juguetería del shopping la mamá de...
Y acá estamos. Los materiales del subdesarrollo ya no los convencen.
La madre propone y los hijos disponen. Todo un horror para la psicología, pero no lo he podido revertir, aún. Provengo de la generación “La culpa está primero”.
Fue así como, posponiendo el trabajo que pensaba hacer después del trabajo, terminé con el auto estacionado en el nivel siete, y el local en cuestión está en el subsuelo.
Deliberadamente, sí, lo arrastro.
Son seis niveles, escaleras abajo, en las cuales no le advierto, como normalmente hago, de los peligros de estos monstruos mecánicos. Imagino los dedos de su pie destrozados entre los dientes de los escalones y yo que le grito: —Pedíle a Belgrano que te compre la espadita, porque tu madre tenía que seguir trabajando, y ahora no termino ni de madrugada, el techista viene al alba para dar fin a la tortura que me significa la gotera que hay sobre tu computadora. Porque tuve que dejar el auto en bajada por si no arranca y el único lugar en bajada que encontré fue seis pisos más arriba. Pedíle a Belgrano que haga magia para llegar a pagar la boleta del gas que vence mañana (planta baja, ya llegamos, falta poco) previo haber ido a verte actuar (si no, se me estruja el alma de imaginarte solito), cual equeco, cargando la filmadora, la máquina de fotos, los tres termos de chocolate caliente y las tortas fritas que tengo que hacer en cuanto volvamos, para que compartas con tus compañeros de curso (ya la veo, ahí está la bendita juguetería) y no estoy loca, estoy exhausta. ¡Corré, hijo, corré, que cierran el negocio!
—¡Querida, tanto tiempo!
La madre de mi jefe.
—¿Este es el mayorcito? Pero si es idéntico a tu marido.
Ex, señora, ex, tenía ganas de gritarle. Mutis. No tengo tiempo. Me ahorro las explicaciones. Parece que mi primogénito va a emitir algún sonido, entonces lo pateo, poniéndole cara de, si hablás, te asesino.
Le pellizca los cachetes, cosa que odia profundamente, y a él se le transforma la cara. En este momento desearía que no fuera tan educado como le enseñé, y le gritara: — ¡Vieja, largáme la cara y rajá, que tengo que comprar la espadita!
Ella sigue hablando. Yo miro de reojo. Veo cómo cierra la puerta del local. La cara se me transfigura ahora a mí. Tengo ganas de tirarme al piso, llorar, hacer capricho, patalear. Pero no. Empiezo a pensar cómo demonios voy a hacer para comprar la famosa arma en cuestión. Porque mi hijo sabe que, sea como sea, la va a tener.
Y blandirá feliz su sable frente a la audiencia escolar. Sin enterarse, quizás, que la madre después de haberla conseguido (aún a costa de que el precio fuera entregar su cuerpo) y depositado en el colegio junto con los termos, las tortas fritas, y algún alma caritativa que encontró para que filmara al nene, huirá raudamente a internarse en el psiquiátrico. Y en la primera visita al nosocomio, él niño le dirá: —Sos una mala, mami, no fuiste al acto.
—¿ Qué querés ser cuando seas grande? — le pregunta, sosteniéndolo aún de los cachetes.
Yo me río. Veo a mi hijo totalmente despreocupado que, después de escapar de las garras de esta mujer se dirije a las prohibidas escaleras mecánicas, no sin antes deslizar un: — Mami, apuráte que tengo hambre.
Pienso en el maratón descomunal que a veces es mi vida, en el cansancio que arrastro por momentos. Y sé perfectamente que, si a esta altura de un partido en el cual no ceso de atajar penales, alguien me hiciera esa pregunta, no vacilaría ni un instante al emitir la respuesta: — Cuando sea grande, quiero ser chico.

domingo, noviembre 30, 2008



Dibujo: Carlos Toledo

:::: El ladrón

Alfonso Pedraza

Siempre va a paso rápido, de mañana o tarde, mirando al suelo. Con ropas ligeras a pesar del invierno. Se acerca y dice.
—¿‘ta nojao?, ¿´ta nojao?
Cachera su nombre. Que no es su nombre, pero lo es. En su cara seria se asoma una mueca, casi sonrisa.
—Dime Cacherita —suplica con voz gruesa de ignorada adultez.
— Dime Cacherita —repite hasta el cansancio.
Volteo a diestra y siniestra. La solitaria calle, cómplice, me incrusta la ternura.
— Cacherita —repito en un susurro, casi en silencio.
Su cara se ilumina y se aleja. El ladrón de alegrías me deja. Gritando entre risotadas.
— ¡No estoy looooco!

miércoles, noviembre 05, 2008



Reflejo de un hombre
Fotografía: Amélie Olaiz

:::: Viuda

Mónica Sánchez Escuer

La oscuridad de la finca se prolonga por el bosque y le ensombrece el sueño. Las delgadas cortinas no pueden contener la penumbra que se asoma, tampoco las densas voces de la noche que arañan la ventana. Tiene frío. En el lado izquierdo de la cama, la mujer dobla su cuerpo sobre la huella ausente. Unos débiles rayos salen de la lámpara que no quiere apagar. Hace meses, desde que él se fue, duerme con la luz encendida.
Cierra los ojos y se cobija bajo el lumínico tacto.
Dos horas o tres. Un ruido cae en su oído y la despierta. Intenta descifrarlo pero su memoria adormecida apenas reconoce el seco golpear del corazón en su cabeza. Afuera no se escucha nada, sólo el ronco murmullo del aire. La mujer permanece inmóvil unos segundos, luego se atreve: apaga la luz. Su almohada la recibe tibia, le acaricia el cabello. Ella cierra los ojos. No duerme. A los pocos minutos, unos ruidos en el piso de abajo la sorprenden y le arquean la espalda. Mira la tenue raya de luz que se filtra por la puerta cerrada. Escucha el rechinido de la escalera. Se desprende de las sábanas que abrazan su pecho acelerado. Camina. Busca en la cómoda: ahí está, cargada, fría. La duela vieja le anuncia la proximidad de los pasos. El arma sostiene sus dedos nerviosos. La puerta se abre: una bala y dos alaridos estallan.
El cuerpo del marido cae.

jueves, octubre 16, 2008


Santa María la Rivera
Fotógrafo Amélie Olaiz

:::: Todos mis años y mis dolores en su vientre

Jorge Borja (México)
Para Adrián Román

En invierno la luz se retira del patio. Amanece más tarde y el sol apenas alcanza los balcones de los pisos altos de la vecindad. En el departamento 31, la señorita Arselia saca a su papá al balcón, después del mediodía para que no le pegue la resolana. Ahí se la pasa don Manuel, sentado en su silla de ruedas, con las piernas cubiertas por un cobertor.

¿Cómo me van a sorprender si eso ya lo viví? Esa cara la conozco y también esa otra, lo que les pasó ya había pasado. Los hijos heredan a sus padres hasta en la manera de cagar. Al muchachito del 9 le gusta andar de noche, como los gatos, trepado en la azotea espiando a las vecinas. Su padre Enrique y su abuelo Arturo hacían lo mismo; hace treinta años le llamé la atención a Quique porque lo encontré viendo a Arselia en el baño y hace más de sesenta, Arturo y yo juntamos dinero para comprar un catalejo en la Lagunilla. Me acuerdo que nos lo arrebatábamos para ver a Carmela la del 6 recibir al novio cuando su mamá se iba a trabajar. Lo mismo hace ahora su nieta con un jovencito flaco que espera fumando, recargado en la esquina de la panadería, a que la hija de Carmela se vaya a cubrir turno al hospital.

A pesar del frío, Camila, Esther, Karen, Mónica y sus amigas de la secundaria, aprovechan las vacaciones para salir a jugar voleibol en el patio. Visten de shorts y camiseta, y las más aventadas hasta usan falda. Agarran el mecate de un tendedero como red y pintan los límites del campo de juego con un gis. Sacan un balón percudido que tiene varios parches. Entre sus manos la bola parece viva: brinca de un lado a otro y las jovencitas se estiran, se doblan y se agachan para pegarle. Juegan con tanto entusiasmo que los visitantes se detienen a verlas y algunos vecinos chiflan y echan porras. El juego se interrumpe cuando la mamá de Mónica la obliga a cambiarse de ropa porque con tanto brinco hasta enseña los calzones. La sustituye momentáneamente Lupita, una vecina mayor, y prosigue el partido. Don Manuel, desde el balcón, sigue las jugadas. Se cala los lentes para mirar mejor. Su hija le trae un vaso de leche y un bizcocho que pone en una mesita junto a él. Parece que la juventud le infunde ánimos. Viene la bola volando sobre las cabezas de las niñas. Atrás, Esther, una chica morena y espigada, de blusa blanca, se alza para pegarle un puñetazo. Su cuerpo se tensa en el aire, sus muslos relumbran con el sol.

Maciza como la otra Esther. Yo cumplía 16, ella tenía 18 y una niña recién nacida. Me contó que llevaba poco trabajando y que pensaba juntar un dinero para poner un puesto en la Merced. Todavía no se habituaba a bailar repegadita como le pedían los clientes. Arturo insistió en que nos fuéramos a otro antro porque en ése nada más vendían cerveza y las muchachas estaban tristes. Tal vez, pero ésta es nueva, me acuerdo que le dije. Y tú también, me contestó el canijo. Me despedí de él con un billete para que levantara otra muchacha. Yo me gasté orgulloso los últimos 30 pesos de mi primer sueldo en el hotel. Esther me preguntó cómo quería. Para demostrarle que yo era muy distinto de sus clientes, le dije que no había problema, que iba a pagarle aunque no hiciéramos nada. La verdad es que yo iba muy nervioso. Apagamos la luz y nos quitamos la ropa debajo de las sábanas. Esther me dio la espalda y se durmió. Yo quise hacer lo mismo. Hasta que sentí el calor de una mujer desnuda, fue cuando supe que las noches de soledad eran muy frías. Casi temblando deslicé mi manos por sus piernas, me detuve en sus caderas, estreché su cintura y subí a sus pechos. Ella estaba dormida pero sus pezones estaban despiertos. Me entretuve acariciándolos suavecito, con las palmas de las manos. Cuando la oí suspirar, le besé la nuca y con la lengua fui bajando por el surco de la espalda hasta encontrar sus nalgas. Se arqueó y con el mismo movimiento se dio vuelta para quedar frente a mí. Sus pechos morenos quedaron a la altura de mi boca. Bebí de un licor dulzón, del que dicen los árabes que solamente se bebe en el paraíso.

Don Manuel remoja su concha y se lleva los restos a la boca. Por las comisuras le escurre leche y en la barba se le quedan moronas de pan. Camila se avienta hacia delante, con las dos manos haciendo un puño, le pega a la bola y cae de costado. Los mirones aplauden. Don Manuel levanta la cabeza. Mira cómo la muchacha sentada en el suelo se toca un codo. Tiene un raspón y un poco de sangre. Sus compañeras la ayudan a levantarse y la sacan del partido. Arselia, de suéter, pañoleta y rosario en la mano, le grita a su papá: “Voy a ver al padre Fidencio” y cierra la puerta. Don Manuel permanece callado. En realidad habla muy poco. Dicen que desde que murió su esposa se volvió muy serio. Se la pasa dormido frente al televisor. Parece que su única distracción consiste en salir por las tardes a tomar el sol.

A Arlet la conocí al segundo día de parranda en un cabaret de la peor reputación. Yo mismo la bauticé con el nombre de la otra, la que me había dejado después de dos años. Supongo que le puse así por sus labios gruesos y sus ojos grandes, como los de aquella, o tal vez porque simplemente la extrañaba. Se acercó a pedirme fuego para su cigarrillo. La invité a sentarse a la mesa y platicamos. Puede ser que me haya dado cuenta desde un principio, pero también puede ser que no me haya importado. Le seguí la corriente. La verdad es que me gustó su sonrisa. De dientes grandes y muy blancos, como la otra. Me gustó sentir su mejilla en la mía al compás de “Virgen de Medianoche”. Me gustaron sus pechos pequeños y de pezones muy finos. Tal vez ellos fueron los que me convencieron. Ni la mirada burlona del mesero me hizo regatear el precio. Su paciencia para bajarme el calzoncillo, la avidez de su mirada al encontrar mi verga, lo valieron. La lamió despacito, desde abajo, deteniéndose en ingles y testículos como si rezumaran miel y luego en el glande como si fuera una fresa. Con una ternura y una habilidad que las mujeres, francamente, desconocen.

Las muchachas terminan el juego, despeinadas y sudorosas. Se abrazan y chocan las palmas de las manos en alto. Lupita reparte envases con agua entre las jugadoras. Desde arriba don Manuel alcanza a ver cómo Karen se rocía el líquido en la cabeza y en el cuello. Se agacha para sacudir la melena. Se bambolean sus pechos como queriendo salirse de la camiseta. Aunque no pasa de los 15 años, ya tiene un culo redondo y bien formado. Ahora suspira don Manuel.

Michell me masajeó la espalda y luego me pidió que me volteara. Estaba tenso, avergonzado por mis canas, mis músculos fofos y mis verrugas. Ella no tenía más de treinta y era suave y linda, tibia y redonda. La elegí porque me pareció la más comprensiva. Entre el vapor vi su cara de sorpresa. ¿No te la estás pasando bien?, me preguntó. Y yo le dije que sí. Ella puso gesto de incredulidad. Mientras me masajeaba los pies y luego las pantorrillas, preguntó si era casado. Le dije que mi esposa había muerto hacía tres meses. Michell no contestó, simplemente se quitó el sostén y se me echó a los brazos. Me lamió el cuello y me chupó los lóbulos de las orejas. Bajó a juguetear con mis pezones. Sentí un calorcito hacia dentro del hueso. Michell me tomó del miembro y con veloz movimiento lo enterró entre sus piernas. Me metí en ella como si entrara a limpiarme a un manantial de aguas sulfurosas. Ya no había tiempo ni vergüenzas. Me sentí otra vez joven. Michell arreció el movimiento y gimió como si de veras lo estuviera disfrutando. Se llevó las manos a la cabeza y arqueó el cuerpo. Miré sus ojos en blanco. Yo me vine como si vaciara todos mis años y mis dolores en su vientre.

El sol se está ocultando y empieza a enfriar. Arselia abre la puerta, viene sonriente. De pronto se detiene y busca a don Manuel. Se asoma al balcón y lo encuentra con los ojos cerrados y la cabeza recargada en el pecho, sus lentes en el suelo. Otra vez se quedó dormido. Arselia se guarda los lentes en la bolsa del suéter y conduce la silla de ruedas, parsimoniosamente, por el departamento. Mira a su padre medio calvo, arrugado, con la barba revuelta y sucia de moronas. Ya no es el hombre aquel, tan fuerte y tan seguro, que abraza a su madre en la fotografía del comedor. De verlo tan delgado y tan débil, se conmueve y piensa: “Se ha vuelto como un niño”.



Dibujo: Laura Hermosilla (España)

sábado, septiembre 20, 2008

:::: La creación

Rafael García (Colombia)

Miguel Ángel termina la obra y agradece a los dos modelos su paciencia infinita. El más joven se viste, hace una venia y sale de la Capilla; el otro, simplemente, se desvanece en el aire.




Tres pimientos en pugna; padre, hijo y paloma
Fotógrafo: Amélie Olaiz

viernes, julio 04, 2008

:::: Puenting


Dibujo de Carlos Toledo



Rowena Rizo Patrón (Perú)
Tres de la madrugada. Se acerca a la baranda, atisba los doscientos metros de caída..., salta.
Sacude el cabeza aturdido. Empiezan a caer alrededor cuerpos y cuerpos como granizos gigantescos: éstos se incorporan, salen corriendo por el camino que trepa hasta el puente y desaparecen entre carcajadas sepulcrales.
Vuelve la mirada hacia la plataforma. Allá en lo alto, descubre una multitud que se arremolina a empellones para brincar desde el borde. Espantado, intenta huir sin hallar la salida... Sólo hay un anuncio luminoso que le indica: “Bienvenido al Paraíso de Suicidas.”


Fotografía: Amélie Olaiz

jueves, julio 03, 2008

:::: Historia contemporánea


Hombre de tierra. Fotógrafía: Amélie Olaiz

Josep M. Nuévalos (España)
Empezaba a encariñarme con él. Todas las mañanas lo mismo: salir de casa, comprar el periódico, bajar al subterráneo y allí, entre empujones y traspiés, intentar leer las noticias y los eventos deportivos.
Nunca supe cómo ni de dónde llegaba, pero durante el trayecto entre Arenas Blancas y Constitución, siempre aparecía aquel hombre menudo y aseado que lograba colocarse detrás, muy pegado a mis espaldas. Se acomodaba unos gastados quevedos y ojeaba el periódico por encima de mi hombro.
Esta mañana la noticia ha sido el hallazgo de los restos del cuerpo de un viejo profesor de Historia Contemporánea, torturado y desaparecido en 1976.
Dos fotografías enmarcan el informe: un montón de huesos dispersos en una fosa dentro de una quinta al norte del país y otra de medio cuerpo del mencionado profesor.
Confundido, observo la imagen cuyo rostro me resulta familiar. Giro mi cabeza hacia la izquierda intentando constatar mi sospecha.
Me mira por primera vez. Sonríe, y súbitamente, desaparece.

lunes, junio 30, 2008

:::: Creación




Nopal-siflor
Fotogafía: Amélie Olaiz

Miriam Chepsy (España-Argentina)
Y un universo se creó en su interior. Las palabras se condensaron como galaxias narrativas que giraban atraídas por la fuerza de una Idea.

:::: Equilibrios internos

Impal (México)
El soldado sale de la pintura, dejando atrás el bombardeo en Guernica. Ansioso de contacto avanza hacia otros cuadros. Desde el pasillo ve a una mujer elegante salir de las “Meninas”. Al enlazar sus miradas se van palpando en silencio, se abrazan, se besan. Después ella se encamina hacia la obra de Picasso. Él sigue rumbo a la comodidad de la realeza.

viernes, junio 06, 2008

:::: La Cofradía


Cofradía natural, fotografía de Amélie Olaiz

Mercedes Van Santen (México)
Adicción, no a todos confesada; hilo conductor que se desmadeja como bola de estambre ya jugueteada por un gato, que une historias de amores, algunos irrecuperables y otros en puerta, de odios y penas, de fantasmas y muerte. Hilo suelto, laxo y a veces, las más, desordenado, pero siempre, al final, madeja.
Sus caras me siguen, me acompañan, en sueños, en vigilias: atentas a los sentimientos que provocan. Sus voces excitan, calman o desalientan, pero siempre acogen.
Todos ahí tenemos historias, cicatrices en el cuerpo y en el alma; dolores que son consolados por regazos amables, por pechos sensuales o maternales: bahías protectoras en las tormentas.
Conspiraciones y rituales, dichas y desdichas, vericuetos a enderezar. Metamorfosis.
¿Nos convertiremos en densidades etéreas, en nuestra migración al más allá, así reunidos con botella de vino y tapete verde?


Unosolo es solo, fotografía de Amélie Olaiz

jueves, mayo 22, 2008

:::: Es tarde


Víctor Pavón (México)
Rafael despierta por los golpes que su mamá le da a la puerta de su recámara; en seguida toca sus calzones, están mojados. Su madre insiste, pero está asustado y no se levanta. “Báñate”, le dice, “el agua está caliente”, tiene el tiempo justo para arreglarse y desayunar, es hora de ir a la escuela.
Como no sale de su habitación, su mamá entra y lo encuentra acostado, tapado con las cobijas; le grita, le dice que no sea flojo, que debe ir a la escuela, pero Rafael no se levanta, sólo la mira; entonces ella, como todos los días, de un tirón le jala las cobijas y descubre las sábanas mojadas, lo toma del pelo y le pega, le dice que no es un bebé, y lo lleva al baño, abre las llaves de la regadera y lo deja bañándose. Entre el sonido del agua aún alcanza a escuchar los gritos de su mamá desde la cocina, llora, el jabón entra en sus ojos.
Cuando sale observa a su madre maquillándose, también se prepara para ir a trabajar. Rafael se pone rápidamente el uniforme escolar y se arregla el pelo, aún le duele la cabeza por los jalones.
“Ya estás grande para seguirte orinando en la cama, ya tienes ocho años, imagínate que dirían tus compañeros de la escuela si saben que te mojas en la cama, a ver si no te da vergüenza, si tu maestra supiera que me das problemas, aparte de no trabajar en el salón de clases”, le dice, él se queda callado; ella le sirve la leche caliente, no le gusta, ni el huevo semicrudo de todas las mañanas, ni el pan ni nada.
Cuando salen del edificio para dirigirse a la escuela a unas cuantas calles, le hace mil recomedaciones, “debes estudiar para ser alguien en la vida, hazle caso a tu maestra y cuando terminen las clases ve con la vecina del cuatro para que te dé de comer, espérame cuando regrese, te quiero mucho, no me gusta pegarte, pero lo hago para educarte, cuídate”, le da un beso, lo deja en la puerta de la escuela y se va a su trabajo en la oficina.
Rafael observa a sus compañeros de cuarto año jugar futbol en el patio de la escuela, tiene unas ganas enormes de participar, pero no lo dejan, le dicen que es un tonto, que no sabe pegarle a la pelota, lo corren, le gritan que no moleste. Suena el timbre para entrar al salón de clases y corre a la fila de su grupo.
De reojo ve a su maestra al frente de la formación y se angustia porque siempre lo pone en ridículo. Ya en el salón de clases la profesora les revisa a cada uno la tarea. Cuando le toca el turno a Rafael le dice que sus cuadernos y sus libros son una porquería, que no le entiende a su letra y de castigo lo deja parado con otros compañeros en las mismas circunstancias. Se le hacen eternas las horas en la escuela, mientras los niños que están sentados se burlan.
Por fin suena el timbre anunciando la salida, toma su mochila y espera la orden para formarse; en ésas está cuando la maestra se le acerca y le dice que quiere hablar con su mamá y si no va que mejor ni se presente. Rafael permanece callado, toma sus cosas y se va.
Cuando sale de la escuela se dirige a su casa, pero sólo de pensar en la sopa de la vecina siente náuseas. Distraído se echa a caminar por calles distintas a las habituales. Camina y camina y pierde la conciencia del tiempo. Sin proponérselo llega a un deportivo, entra y se sienta en una banca, así pasa un buen rato hasta que llega un niño casi de su misma edad, trae una pelota y su mochila de la escuela.
El niño deja sus cosas en el piso y se pone a patear la pelota. Rafael lo observa. El niño también lo ve y le pregunta si quiere jugar con él, Rafael acepta en seguida. Deciden poner una portería con sus mochilas y se turnan los puestos de portero y tirador de penales. Pasan las horas y siguen jugando, a veces en los columpios, a veces con la pelota. De pronto el niño ve a lo lejos a su mamá, quien lo anda buscando, le dice a Rafael que se va porque si no le pegan, toma rápidamente su mochila y su pelota, huye. Rafael sólo atina a observarlo.
Rafael sale del deportivo y toma un rumbo desconocido; después de caminar varios minutos, descansa en el asiento de un parabús. Ve pasar los coches, van y vienen. Mira cuando las personas ascienden y descienden de los autobuses, ni las unas ni las otras deparan en su presencia, tampoco parece importarle. Al poco rato retoma su camino.
Así transcurre el tiempo, ya casi es de noche. A lo lejos observa en una calle a mucha gente y la curiosidad le anima a averiguar de qué se trata, se acerca, ve las casas adornadas, muchos juegos mecánicos, los niños con sus madres y sus padres, una banda de música y muchos puestos con luces, es la fiesta de un barrio a donde ha llegado.
Se mete entre la gente y como puede llega hasta la entrada de la iglesia, en donde los feligreses apenas caben, escucha la voz del cura. No entiende. Decide ir al costado del templo porque en ese lugar están encendiendo juegos pirotécnicos y mira cómo el cielo se llena de colores y las explosiones llaman su atención. Ahí se la pasa un buen rato.
Sale de la iglesia y camina con su mochila en la espalda entre la gente, ve puestos de buñuelos, de pan recién preparado, de dulces, de algodones, por aquí; de bebidas, de tiro al blanco, de boliches, de dardos, por acá.
Más adelante están los juegos mecánicos, escucha los gritos de quienes están en las alturas de la rueda de la fortuna, se emociona y echa a andar, la música se escucha cada vez más fuerte, la gente va y viene, él recorre a mirar todos los juegos, pero el que más le llama la atención es el de las sillas voladoras, ríe tan sólo por mirar cómo los demás niños están felices, siente como si fuera él el que viajara en una de esas sillas.
El encargado de ese juego lleva rato observándolo y le dice que si quiere subir, que él le regala la entrada. Rafael acepta y corre a subirse a una de las sillas voladoras, se pone el cinturón de seguridad y agarra las cadenas delanteras.
El juego empieza a girar poco a poco, el aire se estrella cada vez más violentamente en su rostro, sus gritos se confunden con los de los demás niños, el sonido de la música es cada vez más ensordecesor, el bullicio de la gente se confunde con los truenos de los cohetes que están lanzando desde la iglesia, la velocidad con que giran las sillas es más intensa, abre los brazos y siente que vuela, cierra los ojos y lejanamente escucha que le dicen que se levante, que es tarde, es hora de ir a la escuela.

lunes, abril 21, 2008

:::: Cuarenta años

Diana Violeta Solares Pineda (México)

“Se está cayendo el cielo”, le dijo Pedro a manera de saludo mientras se quitaba el plástico que lo había cubierto de la lluvia. Ella apenas levantó la mirada del escritorio, vio de quién se trataba y, sin responder, siguió escribiendo.
Pedro colocó en un rincón sus herramientas de trabajo y se sentó en una silla. Consultó su reloj, todavía faltaba media hora para que acabara la misa. Se quitó el sombrero y empezó a darle vueltas entre las manos mientras observaba las paredes y los archiveros de la oficina parroquial.
La lluvia golpeaba el techo, algunas tejas cayeron estrellándose contra el piso, pero ni siquiera ese ruido distrajo a Esther de su tarea. Con una pluma fuente escribía los nombres de los niños y niñas que habían sido bautizados en la parroquia durante el último mes. Escribió “Dulce María Olivares” trazando líneas suaves, después, con rasgos burdos escribió “Wendy Peredo”. En seguida anotó los nombres de los padres, de los padrinos y la fecha del bautizo. El libro de registro de bodas, bautizos y confirmaciones de la parroquia era su tesoro, no sólo porque era la encargada de ponerlo al día desde hace un par de años, sino porque en ese libro tenía marcados, secretamente, sus nombres favoritos para el día en que tuviera que elegir alguno.
“Venga a cobrar mañana, el padre tiene que descansar”, le dijo sin mirarlo y sin dejar de escribir.
“Nomás cobro y me voy, no lo entretengo.” Le respondió con un tono amable, casi de súplica. “Es que la semana pasada corté el pasto y no me pagó y hoy podé el rosal y la bugambilia…”
Como Esther seguía sin levantar la mirada, Pedro prefirió guardar silencio y seguir esperando.
La mujer terminó de registrar al último bautizado, sopló suavemente sobre la hoja para secar la tinta, echó un vistazo a los nombres que estaban subrayados en color rojo y cerró con brusquedad el libro. “Como quiera”, dijo como si hubiera transcurrido apenas un segundo desde la última vez que Pedro le respondió. Se envolvió con un chal y tomó su bolso, pero al asomarse a la puerta se desanimó, el agua caía a cubetadas. Miró el reloj y luego a las nubes negras. De reojo alcanzó a ver al hombre que seguía sin moverse en la silla; hizo una mueca, se enredó más en su chal y se recargó en el marco de la puerta a esperar.
Sin darse cuenta se puso a contemplar las gotas que caían sobre los pedazos de tejas en el suelo. Poco a poco, el sonido de las gotas se fue metiendo en sus oídos. Cada gota era uno de sus nombres favoritos: mentalmente acarició el de “María Teresa”, sonrió al encontrarse con “Ángela”, pero al pensar en “Concepción" sintió una punzada.
“A la hortensia le va a caer bien el aguacero, trae muchos botones”, le dijo el jardinero con ganas de iniciar una plática. En lugar de responder, Esther se llevó la mano al lugar que le dolía, sus dedos se estremecieron al contacto con una cicatriz abultada en el abdomen.
Concepción fue el nombre con el que bautizó a la última niña que atendió cuando trabajaba en el sanatorio de la Arquidiócesis. Le puso así porque la niña se estaba muriendo, porque las monjas le habían dicho que debía hacerlo si algún niño estaba grave y no había sido bautizado. No era la única que lo hacía, también los médicos y otras enfermeras, aunque su orgullo era el de haber realizado el mayor número de bautizos en el hospital; de hecho, recorría las cunas para buscar alguna señal, alguna amenaza de muerte: niños boqueando con la respiración cortada, piel fría, colores pálidos o morados, cuerpos flácidos. Más de una vez le llamaron la atención, le dijeron que ése no era su trabajo, que alarmaba a las madres de los niños, quienes ya no querían que se acercara a las cunas porque la miraban como ave de mal agüero.
“También el durazno está bien cargado, el cura va a tener fruta a montones…” Pedro siguió con su monólogo para no sentir el silencio pesado de la mujer y porque le entusiasmaba hablar de las plantas que él cuidaba, mientras ella se restregaba las manos sin despegar los ojos de las gotas que se reventaban en el suelo.
La última niña que Esther bautizó fue a Concepción, porque a los pocos días a ella misma la metieron en un quirófano. Ya se lo habían dicho, matriz que a los cuarenta años no da hijos, da cáncer. La suya tuvieron que arrancársela cuando una hemorragia estuvo a punto de matarla. Desde entonces tiene ese sueño en el que se mira con cuerpo de gallina y alguien con brazos enormes la abre como al huacal de un pollo, oye cómo truenan sus huesos y escucha el sonido que hacen las tripas cuando el pollero las arranca de cuajo. Cuando se recuperó de la cirugía ya no quiso regresar al sanatorio y buscó acomodo en la parroquia de su pueblo. Al sacerdote no le interesó que fuera enfermera, pero sí que tuviera buena caligrafía. Ella se conformaba con asistir al cura en cada bautizo y con registrar nombres y apellidos.
“Las rosas de castilla ya abrieron pero las azaleas no. Yo creo que tienen plaga, como que se están secando...” Pedro se soltó hablando de lombrices, hormigas y demás bichos. Esther miró con desesperación el cielo que seguía gris, la lluvia no paraba y las punzadas en la cicatriz eran cada vez más fuertes.
“O le quitamos la plaga o mejor la arrancamos, no vaya a ser que contagie a las demás, ya ve que hay malas matas…” Pedro interrumpió su plática cuando vio salir a la mujer corriendo debajo del aguacero, por un momento se quedó inmóvil, pero cuando la vio resbalar al cruzar el jardín del atrio, tomó su impermeable de plástico y corrió hacia ella.
Cuando al fin estuvo cerca y escuchó su llanto, entendió que no era por la caída. Delicadamente y en silencio le puso el plástico encima y se fue despacio, dejándola ahí, llorando junto a las azaleas.

lunes, febrero 18, 2008

Ballenas en el mar de Cortés



Fotografías: Andy McCullog

Autor: Princesa Jñanachandra (Tara)

Aquí no hay hombre
allá no hay mujer
no hay yo, persona
ni consciencia.
La etiqueta de masculino femenino
no tiene esencia
Más engaña al mundo de mente perversa.