Esta galería de autores contemporáneos se creo en 2004

domingo, julio 10, 2011

Bajo el agua

Eusebio Ruvalcaba

No hace mucho, me invitaron a la presentación de un libro —“de la novela más ingeniosa de los últimos tiempos”, decía la publicidad que me llegó vía Internet. Confieso que en mi condición de enfermero no soy afecto a ir a presentación alguna, concierto, exposición ni nada que se le parezca. Pero esta vez la situación era diferente porque justo un paciente era el autor de la dichosa novela. Se había establecido un click entre él y yo, y cuando dejó el hospital me preguntó si tenía correo electrónico, se lo di —que su esposa apuntó con letra grande y de imprenta en una bolsa de papel estrasa—, y hete aquí que en un par de semanas me llegó el anuncio.
Fui a la presentación y me pareció lo más aburrido del mundo. Si la novela era tan ingeniosa, por qué los presentadores tenían que ser tan monótonos, me preguntaba yo, ¿o así serían todas las presentaciones? Tal vez.
Estaba a punto de ponerme de pie y marcharme cuando mis ojos se detuvieron en los ojos de una mujer que estaba sentada a un par de lugares, y que de casualidad se volvió a mirarme. Era evidente que venía sola.
Todo lo que para mí era aburrido, a ella parecía llamarle inmensamente la atención. ¿O no demostraba eso su cabeza que iba de un lado a otro, para no quitarle la mirada a quien en ese momento tuviera la palabra?, ¿o no delataban ese interés sus piernas, que las cruzaba de izquierda a derecha y a la inversa, con tal de tener una posición más cómoda?
En la misma medida sus facciones, su piel, su sedoso y brillante pelo me atrajo. Yo tengo 27 años —cinco de casado— y ella andaría por los 40 o los 45. No sé, siempre he sido malísimo para calcular edades. Pero de inmediato sentí el jalón de la carne —que fue exactamente lo que sentí cuando conocí a mi mujer, y que es exactamente lo que ha hecho que ella sea el monstruo de los celos personificado.
Decidí pues esperarme a que la presentación terminara y acercarme a la cuarentona. De vez en cuando un poco de adrenalina no está mal. Cada vez la veía más atractiva y deseable. Ella se percató de mi nerviosismo, se sonrió conmigo y me dirigió la palabra. Me preguntó si ya había leído la novela y le respondí que no —iba a responderle que en la vida había leído ni una sola, pero temí decepcionarla. Y enseguida investigó si el novelista era mi amigo. Claro que sí, hemos estado juntos en las buenas y en las malas. Oh, qué maravilla, ¿me contarías acerca de él?, estoy tomando un diplomado de literatura mexicana y me encantaría incluirlo. Por supuesto, yo te llamo, dije, extendí mi palma y escribí los números. Qué romántico, dijo ella, tenía siglos que no veía a nadie escribir en su propia piel.
Entonces la conversación comenzó a fluir. No soy casado, respondí. Y dije, muy quitado de la pena, que era subdirector de una clínica que se ubicaba en Polanco, exactamente en la esquina de Eugenio Sue y Ejército Nacional. Cuando me preguntó mi especialidad le dije que era ginecólogo, y que lo que yo perseguía era una suerte de misión imposible: atender a mujeres carentes de recursos que estuvieran embarazadas, que las había por miles en los cinturones de miseria de la ciudad de México. Qué maravilla, dijo, y entornó los ojos.
Pronto sirvieron el vino. Distinguí a lo lejos a la esposa del novelista. Ella también me vio, y a las claras me dio la espalda. Claro, mi profesión de enfermero seguramente no representaba para ella ningún atractivo. Yo tampoco insistí en mirarla. Al contrario, mejor que siguiera su vida y yo la mía. Lo único que me preocupaba era que mi acompañante tuviera su copa llena. Ser enfermero me permitía saber de las enfermedades. A simple vista identificaba a quien entraba con el coma diabético a punto de atacarlo, o con el infarto en puerta, o al que estaba a unos centímetros de la congestión alcohólica. Pero con la misma facilidad —cinco años de enfermero titulado y en activo me autorizaban— sabía las propensiones de cada quien. Y la mujer que estaba a mi lado —de nombre Alicia— no podía disimular su simpatía por el alcohol; ni creo que le hubiera interesado hacerlo.
Salí con el ánimo hasta arriba. Llegué a casa y mi esposa aún se encontraba despierta. Cuando me oyó salió a recibirme con la mejor cara. Te hice tu costilla a la mexicana, dijo. Quítate la chamarra y ve a lavarte las manos. Quiero que me cuentes todo, detalle por detalle.
Me miré al espejo mientras el agua escurría del grifo. ¿Ése era yo? ¿Un cobarde que pondría aquel teléfono bajo el chorro con tal de que su mujer no lo notara? Sí, ése era yo. Un antihéroe.
Los números finalmente habían desaparecido.

martes, julio 05, 2011

Um gato contemplador



Fotógrafo Francisco Botelho

Suzie

Gabriel Bevilaqua

Los gatos de Kaeronel son invisibles a los ojos de los perros. Resulta impagable ver cómo le toman el pelo a los más terribles e inicuos canes. Cuando concluyó mi trabajo en Kaeronel, pese a la prohibición de sacar a los gatos del país, no tuve corazón para renunciar a Suzie. Entonces no sabía que su invisibilidad se invierte fuera de Kaeronel; es decir, con el tiempo se vuelven invisibles a los ojos humanos y visibles a los de los perros. Día tras día, contemplé amargamente como Suzie ganaba esa trasparencia que uno supone sólo propia de los fantasmas. El día que finalmente desapareció, me recuerdo, frente al espejo, acariciando el fingido aire entre mis brazos. Para colmo con la invisibilidad vino el cambio de carácter. De silenciosa como un ángel pasó a alborotadora profesional. Conciliar el sueño se volvió una hazaña. Una noche, extrañado de no oírla salí en su busca. Hallé a un perro gruñéndole al vacío. Luego sobrevino un maullido, unas dentelladas, el silencio. Y, tras la oscuridad de un hilo de sangre, el regalo de verme por última vez en sus ojos.

lunes, junio 27, 2011

Manu



Autor Miguel Ruibal

:::: Un rompecabezas de tela y de papel

Yudi Kravzov

No es el otro el que duele,
sino nosotros borrándonos en otro:
borrándonos del mundo.

Vicente Quirarte

El día no acaba de amanecer y el insomnio me tiene despierta desde las cuatro de la mañana.
Para qué llamarte si tu voz refleja tedio, para qué escribirte si ya no contestas mis correos. Para qué insistir con los lentes de sol y el sostén negro que olvidé en tu casa, si pueden ser fácilmente restituidos. Estas cansado de esto que para mí apenas esta tomando textura, porque tu piel y la mía se llaman y tienen una conexión electrizante.
Decaída y malhumorada, cansada de no dormir y de borrar imágenes de venganza, imprimo cada uno de los correos que enviaste y formo un cuaderno de ochenta y seis páginas ordenadas por fecha y por hora. En unos me llamas valiente y auténtica, festejas mi franqueza. Me encantas, me alegras y hasta me das vida. Tus palabras son un bálsamo, tú mi torbellino, gracias por existir y me mandas besos en presente continuo, besos atrevidos y húmedos y yo al leerte me siento simplemente en un contigo.
Saco del armario la ropa con que me vestí esas contadas ocasiones en que nos encontramos frente a frente como un acto de valentía profunda, en que había que llevar el cuerpo del alma que había sido seducida. Hacerse presente. Mi falda negra, mi pantalón de mezclilla, la blusa color hueso y la verde que tanto te gusta, los tacones altos y el suéter color crema. El saco marrón que calentó mi cuerpo en ese último encuentro y por supuesto esa pulsera de latón que hace música y que compré mientras te esperaba en el centro comercial. Todo dentro de la maleta para releer nuestras cartas, vestirme para ti nuevamente, recrear nuestra historia encerrada en una habitación para descubrir dónde estuvo la falla, regresar al correo que no debí de haber enviado, a la mirada que te asustó, o quizás a esa palabra nunca dicha que nos aventó al vacío.

La exposición, la librería, dos veces en tu departamento; la fiesta en casa de Patricia y el café balcón de Coyoacán. Todo tan efímero. Y yo extrañándote. Veo el teléfono, ¿para qué llamo si no vas a responder?... y te pienso de nuevo, y me olvido por unos instantes en que escapo de mi cuerpo; y regreso a mí; lleno la maleta y tomo los correos impresos y lo meto todo dentro y huyo hacia el hotel de veinte pisos y me pregunto si de verdad, si alguna vez hubo algo, ¿por qué ya no te gusto ahora? Y no entiendo nada, y me pierdo en lo que creo que fue tu deseo... tú sacándome de tu vida, de tu mundo y yo instalada en que esto ya no tiene remedio.
Sin saber ni qué decir, encerrada y silenciosa, traicionada, claro que sí, llego en taxi hasta el hotel, pido la habitación en el piso más alto. Si te llamo sentiré que me repudias, dirás que estoy hostigado. Te sentirás una víctima, te arrepentirás de nuevo de haberme conocido y sentirás que te persigo, que no te dejo en paz. Yo la tonta sin remedio ¿Cuál fue la frase que te espantó? ¿Por qué dejaste de llamar si estábamos contentos?
Y rompo cada correo después de leer: eres auténtica y hermosa, crítica pero tierna, sabia hasta cabrona, y dices que mi voz es cálida , honda y entera. Y por eso rasgo la blusa que sintió tus dedos y destrozo la falda negra que mojé por tus caricias y la blusa verde escotada que desabrochaste lentamente y la playera guinda que con tanto halago modelé para ti.
Me dices que mi pasión te asusta, pero que también te ayuda a vivir, que me recuerdas siempre apasionada y leo que ilumino tus días: Mujer, admiro tu temple.
Y abro la ventana del vigésimo piso, me subo a la mesa y para mi sorpresa gritó: ¡ERES UN VAMPIRO!… y aviento primero los correos, después la ropa y cuando me voy a tirar yo, me detengo a mirar el vacío y veo volar nuestra historia en un rompecabezas de telas, y entonces despierto del trance y mi sangre tibia vuelve a correr por mi cuerpo. Mis labios dibujan una sonrisa, como hace mucho no lo hacían, y sin necesitar decir palabra prohíbo que sigas chupándote mi energía.
Desprendida de ti bajo de la mesa. Doy dos pasos para atrás y me acaricio el cuello. Respiro hondo, siento mi temperatura y el ritmo de mi respiración. Me miro al espejo, me visto y salgo por la puerta de la habitación, más valiente y más entera que nunca.

miércoles, junio 15, 2011



Fotógrafo Pedro Meyer

:::: Relato de Bicho

Gilberto Marti

Una noche me encontré al “Rostro”. Se veía tan solo y frágil que me nació el deseo de partirle toda la cara, ahí mismo, en el callejón.
Era el niño perfecto: bueno para el deporte, para las matemáticas…. En la escuela cada mes salía su foto en el “cuadro de honor”. Cuando no estaba conversando con algún maestro o con el mismísimo director, lo veíamos en la cafetería rodeado de chicas.
Aprendí a odiarlo en silencio y a esperar el momento de la venganza. Esa noche había llegado. Me paré en su camino. “Hola, bicho”, dijo. No le contesté: ya estaba calculando el lugar de la cara donde encajaría mis puños, imaginando el crujido sublime de su nariz. No alcancé a levantar ni un dedo: tras un rápido chisporroteo de cables, la lámpara del alumbrado se apagó, dejándonos en completa oscuridad. No recuerdo quién gritó primero, pero luego todo fue correr, escapar atropellándonos, dando tumbos en las paredes.
Al otro día, en la escuela, nos encontramos varias veces, ignorándonos, evitando la vergüenza de mirarnos a los ojos. Nunca le conté a nadie el incidente. Salimos de la primaria y nunca más supe del “Rostro”. Eso sí, cuando lo recuerdo sonrío, porque estoy seguro de que los alaridos como de niña fueron los de él.

lunes, junio 13, 2011

miércoles, junio 08, 2011

:::: Jardín de nada

Gabriel Rodríguez

A este sujeto se le comenzaron a aparecer los fantasmas de las flores muertas. Al principio no le dio tanta importancia pero conforme dicho fenómeno se hacía más y más constante resultó imposible ignorarlo. Mañosas, las apariciones aprovechaban las impares noches de soltero para asomar sus telúricas cabecitas gachas. Si él se paraba de la cama con antojo de agua fría, en el pasillo se topaba con un enorme girasol cabizbajo y semitransparente, una magnolia flotando en la pieza o una docena de claveles danzando. Salían temblorosamente de los parques y ventanas. Macetas en el camino chorreaban caídos tallos atorados en la eterna pausa de su deshojada desdicha. Polinizaban que daba miedo. Sigilosos acordeones de distintas flores muertas lo seguían a donde fuera. En más de una cita amorosa, rosas con o sin espinas hacían acto de presencia jugando malas pasadas con la chica en turno. Tuvo que dejar la gustosa manía de pisar hojas secas de otoño no sólo porque cuando se disponía a quebrar una resultaba que no estaba ahí, sino porque sus espectros eran los peores y más recalcitrantes, reproduciendo por horas el escándalo de su quebranto. Se ensañaron las flores de ultratumba con el pobre sujeto que, espantado, dejó de visitar la tumba de su hermano porque apenas entraba a un panteón era atosigado por los incontables brotes de florecillas escupiendo pétalos en cada tumba. A veces el simple hecho de apagar la luz era rodearse de una lluvia irremediable de las delgadas letras que brotan al soplar un diente de león. En toda su vida, y dependiendo la época del año, siempre había flores sueltas y arreglos caros, amapolas, claveles, nochebuenas, ramos de boda, rosas que se llaman labios de mujer; marchitas, con sed.
Con el paso del tiempo el hombre se dio cuenta de que no eran muy ruidosas aquellas apariciones encapulladas, hasta podían llegar a verse hermosas en grupos de diversa índole a esa hora en que el sol hace que las cosas parezcan pinturas. Como fieras o nubes o marcas de agua, los fantasmas adornaban todo abrir de ojos, rostro de político y boca de lobo. Viejo y abandonado, optó por asimilar aquello como una señal y encontró apremiante la labor de jardinero. Aprovechó la proximidad de su jubilación para hacerse de un jardín pluricultural de colores que no todo mundo sabe existen. A cada dulce explosión le dedicó sus tardes últimas y enteras. Amándolas, atendiéndolas, platicándoles sus impresiones de la vida, prometiéndoles un lugar en su corazón y corona; consiguiendo así las visitas ulteriores de sus flores predilectas que en su jardín lograban entender y perder la belleza.

miércoles, mayo 25, 2011

En el borde de nada



Fotógrafa: Amélie Olaiz

:::: Al borde del Viaducto

Guillermo Samperio

Al salir de la cantina, se dieron cuenta de que ambos no traían dinero, no podrían tomar taxi e iniciaron el camino sin decirse nada. A Fer le dio por marchar como soldado, su gabán verde oscuro convenía a sus movimientos. Witold, de gabardina beige, imitó al amigo. La madrugada se había puesta neblinosa, húmeda, fría. Los autos pasaban lentos como evitando atropellar a algún fantasma extraviado. Fer y Witold se empujaron hombro con hombro y le dieron a su andar paso militar redoblado, aunque no lograban coordinar los pasos y a veces se ladeaban. Sin detenerse, Witold metió la mano en su gabardina y sacó una botella de mezcal, le dio un buen trago. Se la pasó a Fer, quien hizo lo mismo. Los dos echaron vaho hacia sus manos.
Iban por una zona, poco alumbrada, de casas de uno y dos pisos de los años cuarenta, y algunos comercios al menudeo que aún sobrevivían. Se detuvieron ante una cortina de fierro que tenía el letrero Sastrería La solapa elegante –con marcialidad, ambos se subieron el cuello– y, en letras más pequeñas bajo las otras, decía “zurzido invisible”.
–Dudo de la invisibilidad del sastre con tantas zetas –dijo Witold, se bajó el cuello y bebió de la botella–. Este sastrecillo no merece mi cuello levantado.
—Perdónalo —dijo Fer—, debe ser baturro.
—Si es así, me levantaré el cuello pero con “y” griega.
—La calle parece de juguete —dijo Fer—: sin ningún edificio. ¿Vivirán aquí puros chaparros? —le quitó la botella a Witold y, medio perdiendo el equilibrio, le dio un trago.
—Como si alguien hubiera jugado crucigrama y hubiera dejado varias casillas vacías e iluminadas —dijo Witold, quintándole la botella a Fer y la metió en su gabardina.
Reiniciaron la marcha militar.
—Siempre me he preguntado qué habrá detrás de una ventana prendida a estas horas —dijo Fer.
—Alguien que le reza a la Virgen de la Soledad antes de colgarse de una viga.
—Un tatarabuelo al que se le fue el sueño para siempre y se le descompuso la televisión.
—Bueno, como cadáver, te lo creo —repuso Witold—. ¿Te acuerdas que la mamá de Sergio tenía disecado a su abuelo en un sillón reposet en la sala? ¿Qué habrá sido de ellos?
—Ya ni la chingas —reviró Fer y levantó el brazo en forma rígida haciaWitold—. Me acuerdo de tus ojetadas... cuando le diste ron a la momia y el Sergio se te aventó a madrazos –bajó el brazo, metió la mano a su gabán, sacó unos cigarros y encendió uno; Witold lo secundó, pero le arrancó el filtro.
---Me gusta del tabaco fuerte.
El humo de los cigarrillos parecía detenerse en el aire, tal nubes breves en forma de listones. Los hombres llegaron a una esquina, se detuvieron a esperar a que una barredora pasara. La máquina, cuyo ruido era el de vasos que se quiebran, iba manejada por un hombre vestido de naranja. Witold y Fer detuvieron la plática. Aprovecharon para meterle otro rato a la botella y Fer se la ofreció al maquinista, quien negó con la cabeza con gorra naranja. Al cruzar la calle y ver perderse a la barredora en la bruma, el silencio se hizo más profundo. Tal vez por ello la voz de Witold resonó más que antes o tal vez por que era más potente que la de Fer:
—Sergio se sentía héroe como su abuelo –retomó la charla—. Se ponía las condecoraciones ecuestres y con ellas iba a la escuela.
—Yo diría que ellos, incluida la bella Alicia, eran una parábola de la vida lúgubre. La madre tenía siempre las cortinas cerradas y usaba lentes oscuros dentro de la casa.
—Creo que Alicia se hacia la loca. Tenia la malicia que le faltaba a su hermano. Le gustaba hacerse la vulnerable con la mamá.
—Pero era la que sacudía al abuelo —repuso Witold.
— Sólo para darle el avión a la pobre vieja —dijo Fer.
— Es una verdadera contradicción —dijo Witold en tono académico.
— ¿Fue tu novia , no, cabrón?
— Yo diría: amada, amante y amiga. Un día se la metí frente al abuelo.
Y ella se puso más cachonda.
—¿No que no estaba loca también? —se apuró a decir Fer.
—Sargento Manrique López Fernando, tome usted su ritmo.
Interrumpieron la charla y volvieron a tomar el paso redoblado medio en curva.
A un par de calles se veía la giba del paso a desnivel Viaducto Piedad. Tras los hilachos de la neblina, hacia el cielo oriente, se notaba un leve resplandor de luna llena. Bebieron otro poco y apresuraron el paso que iban perdiendo poco a poco cuando uno u otro se iba chueco, como si fueran a caerse o a tropezar.
—Te voy a confesar algo –dijo Fer ya con voz lenta.
—Ya lo sé —repuso Witold.
—¿Qué?
—También te cogiste a la mamá de Sergio.
—No. Un día le regalé un ramo de violetas y me mandó a la chingada
cuando le agarré una chiche.
—¿Ya viste? El verdadero héroe soy yo .
—No he terminado —repuso Fer—. Me dijo que su padre me estaba
viendo. Estaba loca, ¿no?
—Bueno, admito que había un tetraedro amoroso entre el abuelo, la mamá, Alicia y yo. Me gustan las locas. ¿Sabías que mi primera novia se suicidó?
—Si, ya me lo has contado mil veces, cabrón.
Se detuvieron antes de cruzar el Viaducto. Tomaron aire y mezcal. Empezaron a subir y llegaba hasta ellos el zumbido de los carros que pasaban a alta velocidad en las vías rápidas del paso a desnivel. De pronto, junto a la barda que protege a la gente para no caerse dentro del Viaducto, justo en la parte donde se curvea la giba, vieron a un teporocho acostado entre un montón de trapos y periódicos: era un promontorio de basura del que sólo asomaba un pie con zapato chueco y parte del rostro. Witold se le acercó de inmediato, se hincó y le echó un chorrito de mezcal en los labios. El teporocho ni se inmutó. Fer lo movió con el pie y el hombre empezó a roncar.
—Está más borracho que tu botella –dijo.
Witold lo destapó de un solo movimiento; un trapo voló hacia abajo, hacia los carriles de alta velocidad y se estampó en el parabrisas de un carro. El automóvil hizo un frenón, pero de inmediato siguió su camino veloz.
El teporocho era un hombre lleno de pelos en la barba y la cabeza, y el color de la piel era requemado, de perro callejero; traía guantes de estambre cafés agujerados. Witold lo agarró de los zapatos mugrosos sin calcetines.
—Agárrele las manos, sargento Manrique Fernado —ordenó Witold.
Fer siguió las instrucciones, lo elevaron y lo balancearon como columpio. Contaron uno, dos, tres y lo colocaron en el borde de la barda del paso a desnivel; el teporocho parecía un equilibrista o una moneda en el aire que podía caer de un lado o de otro. Vieron cómo los carros pasaban como si fuera a acabarse el mundo.
—Oye, cabrón —dijo Fer—; sigue durmiendo. Vamos a bajarlo ya, ¿no? Como broma ya estuvo bien. Se lo puede cargar la chingada.
—Sargento, no se insubordine –levantó la voz Witold, imitando el tono
de un general brigadier —.Paaaso redoblaaado, ¡ya! –agregó.
Terminaron de bajar la giba y atravesaron la calle y sólo Fer miró hacia atrás cuando le daba un trago al mezcal. Siguieron su camino marcial. Cuadras adelante, la silueta tambaleante de los dos se fue desvaneciendo entre la neblina de las cuatro de la madrugada. Sus voces y risas subían como eco de bufones hacia la leve luz de la luna.

miércoles, mayo 11, 2011

:::: Metamorfosis

Hernán Lara Zavala

Vivo atado a la cadena de mi fealdad. Soy de aspecto repulsivo: tengo la espalda dura como una coraza, del color del palo viejo y el vientre manchado de puntitos negros. Hay quien me toma por un cucarachón: estoy divido en dos segmentos que doblo a mi antojo. Tengo cuatro patas traseras y dos manos que se bifurcan en sus extremos; dos pequeñas antenas se mueven en mi cabeza, cerca de la boca. Y a pesar de esta apariencia soy dolorosamente inofensivo: no tengo aguijón, tenaza ni ponzoña. Si acaso emito un traquido cuando me doblo. Lento, avanzo por el mundo con mi monstruosidad a cuestas: mi poca energía proviene de los restos de vida que entrañan unas cuantas astillas. Vivo en los troncos añosos de árboles caídos en baldíos yermos y abandonados. Apenas y me muevo. Nunca bebo. Mis heces son casi invisibles y algunos dicen que me nutro de éter pues nunca me ven comer. Mi casa, mi alimento, mi aire y mis movimientos se limitan al espacio que ocupa el puño de una mano. De esa misma mano que ahora me amenaza, me sujeta, que me toma entre sus dedos, me manosea, me dobla y se burla abiertamente de mí, de mi docilidad, de los ruidos que emito. Soy demasiado insignificante, demasiado inerme para soportar tanta deformidad. Y sin embargo me toma prisionero. Para humillarme, para despojarme del único orgullo que poseo, el de mi repugnancia, me cargan el lomo de bisutería que brilla en ámbares, en rojos y en azules para atenuar el despropósito de mi pobre caparazón. Me atan una cadenilla en torno a la cintura. Y un día, después de tantas malas noches, de tantas pesadillas, de tanta grisura ocurre el milagro: me despierto, muy cerca del corazón de una mujer. La acaricio con manos.

miércoles, febrero 09, 2011

Fuego



Fotógrafa Amélie Olaiz
Primer lugar en el concurso de fotografía de Médica sur 2010

:::: III (el náufrago)

Odette Alonso
A plomo cae el sol. El mar es una planicie sobre la que se elevan algunos promontorios, algunas crestas blancas. No hay nada alrededor, sólo agua a la que quiero odiar pero no puedo. El mar que es padre y madre y maldición. Debajo está la Atlántida y ese poder no alcanza a absorberme ahora que lo cruzo.
Hace sólo unas horas aquella luz se hundía y emergía acompasadamente desde el último faro de la isla. Era señal de adiós. ¿De adiós definitivo?
A merced de las corrientes voy sobre esta tabla. La sal y el sol son enemigos, pero la noche es muerte. La oscuridad sin fin hasta el mar borra. Sólo queda el balanceo. Y el terror, ese hijo predilecto de lo oscuro.
¿Quién me ha dejado aquí? ¿Acaso yo y mi desesperación de mundo? ¿Acaso aquella luz que vislumbraba en la otra orilla? ¿Acaso el grito o el susurro de los otros? ¿Acaso él?
Tal vez allá, en el fondo, el atlante atesora toda su perfección y levanta ciudades de milagrosas pirámides. Tal vez soñarlo sea mi consuelo cuando el agua anega la incierta superficie y sé que las aletas me tenderán el cerco.
Atravesar el mar es como el purgatorio: no hay garantía alguna de superar la prueba. Y si aparece un puerto, allá en el horizonte, puede no ser la tierra para la salvación.
Cuando uno se echa al mar no piensa en el naufragio. Pero el naufragio es el único destino al que llevan las aguas y el resto de la vida, aunque llegue a la tierra, el hombre será un náufrago.


Fragmento de Visiones (México, NarrArte, 2000)

martes, diciembre 28, 2010

:::: La cruz del camellón

Judith Castañeda Suarí.

Hoy inicia noviembre. Abue tentalea en la mesa antes de localizar el ramo naranja, obsequio de algún vecino. El bastón, un chal índigo con varias puntadas sueltas. Y sale. Empieza el viaje de la mano por las paredes; hay una nueva fisura en la vecindad, cerca de la ventana izquierda. Abue frunce el ceño, deberá memorizarla si no quiere equivocarse de lugar cuando regrese.
Porque sigue yendo. No importa que desde finales del año pasado sea de noche. Abue llega a la gran avenida la primera mañana de cada mes. Camina como si no caminara, detrás del trozo de madera sin barnizar, y a veces recuerda cuando el río de los ocho carriles era de agua y no de asfalto, semáforos y carrocerías. Pero sólo a veces, porque la mayor parte de su oscuridad la ocupa la sensación rasposa de los muros en sus dedos, el reconocer por una grieta más larga y recta que faltan dos calles y cuatro carriles para la cruz del camellón.
Señora, escucha. Desde atrás interrumpen el recuento de aceras. No hace caso de la voz hasta sentir la tela afelpada, un brazo tomando el suyo. Permítame. Y Abue repite la fórmula de mañanas anteriores: gracias, Dios lo bendiga. Calla el señorita, el timbre de flauta podría pertenecer a un hombre muy joven. Señora; es como pasar la mano sobre un muro recién levantado. En la vecindad le dicen abue. Son sus nombres recientes y ella no puede exigir que la llamen por el real, el más largo que recuerda haber visto en papeles llenos de letras pequeñas, junto al de su esposo muerto o a solas. No puede porque ni ella misma lo sabe con claridad. Los años, luego la nube al principio blanca que fue apagándole los ojos, revolvieron las letras añadiendo unas, cambiando otras.
El brazo la abandona al otro lado del camino, sin darle tiempo de agradecer su tibieza de arena, su atención al detenerse para ayudarle a cruzar. Se aleja porque el reloj, porque la escuela, porque una puerta y la primera clase. Abue lo compara con otros brazos que la han llevado hasta la cruz del camellón. Esperan, recogen sus bendiciones, la devuelven al punto de partida, alguno deja una par de monedas en su palma.
Entonces Abue sonríe. No por calcular el monto, sino porque las cree el pago de un espectáculo. Y debe serlo: ver a una anciana gris acomodar su hatillo de flores dentro de una lata oxidada, ante una cruz, como si se tratara de rosas o alcatraces, un mausoleo y un jarrón de porcelana, bien merece dos o tres monedas.
De pronto un claxon, el silbato del de tránsito. Los dedos de Abue interrumpen su exploración. Se aferran, la ayudan a no caer. Hay una malla donde no debería haberla. El aroma de los girasoles. Abue trata de recordar: a veces cercan las calles para repararlas, cubrir baches, pintar o retocar los cruces peatonales, echar una capa nueva de asfalto. Menea la cabeza; seguro el brazo del joven o señorita le ayudó a cruzar hasta el camellón y ella no se dio cuenta, concentrada en memorizar la nueva fisura de la vecindad.
Y se inclina, no como antes, como lo haría delante del sepulcro de un príncipe, de un santo. La mano que usa para reconocer y memorizar esquinas, fachadas y lotes baldíos, la ayuda a identificar la forma y el tamaño de lo que la hizo tropezar. Su índice toca algo puntiagudo, un trozo de hielo esbelto, con vértices y una pieza transversal más corta. ¿Una cruz? O una cerca. Una cruz, concluye su dedo al terminar el recorrido: zonas lisas y curvas, una plancha rectangular, el final de los brazos y la cercanía de algo cilíndrico.
La cruz de su esposo era de metal, recuerda, metálica y negra, con su nombre y dos fechas grabadas a pincel y pintura blanca sobre el fondo oscuro. Es la primera mañana que la ve desde que anocheció. La había olvidado porque se agacha a la distancia justa para alcanzar la lata y poner las flores, siempre imaginando otra cruz sin atreverse a comprobarlo, plateada, de madera con un brazo trunco, o de aire –la original trasplantada a otra esquina, a otro camellón, a la memoria de otro muerto.
Abue ofrece al mediodía una sonrisa sin dientes frontales ni muelas. Ahí está. La huella de su Antonio. Uno de los atropellados de la avenida de los ocho carriles. Y retoma la actitud ceremoniosa de mucama en hotel cinco estrellas: acomoda el hatillo naranja dentro del espacio cilíndrico, abre los tallos, separa pétalos. Alcanzan los minutos para aspirar las últimas gotas del perfume.
Las manos a la malla. Con el paso, ellas también, de una persona ciega, buscan algún agujero, una zona de óxido que dé a la malla nombre y apellido ante otras mallas. Abue ha tardado mucho, en la vecindad deben extrañarla. Pero primero fue la grieta a la izquierda de la ventana y ahora se trata del terreno rodeado cercano a la cruz; no puede memorizar tanto en una sola mañana, es demasiado largo.
Un hueco pequeño, alcanza a tocar varias hojas cubiertas de una vellosidad áspera. Al fin. Abue aferra el bastón y recupera sus ciento cincuenta centímetros de estatura. Aún sonríe, aún tiene el perfume del hatillo en la nariz. Se hirió la mano con el filo del alambre, pero encontró el apellido necesario para reconocer la malla: aunque las hojas se sequen la señalará el círculo casi perfecto a la izquierda de la cruz, a la altura de su pecho.
Y desanda. Se despide. Hasta diciembre. Atrás, lejos, los cláxones y el oficial que a silbatazos desvía el tránsito. Más cerca la cruz, las letras que forman un Anselmo en tonos metálicos sobre fondo blanco.

jueves, noviembre 25, 2010

lunes, noviembre 22, 2010

:::: El ángel

Marcial Fernández

Creíamos que había muerto, pero abrió los ojos. Su mirada fue de sorpresa y emanaba un sentimiento tan dulce que estremecía el alma. A los tres días la espalda se le cubrió de plumas negras, grises, cafés y, conforme pasaba el tiempo, blancas, espléndidas, largas. Una mañana, en vez de brazos, amaneció con un par de alas. Todo su cuerpo se transformaba: si bien antes era un joven callado, ahora parecía haber perdido el habla. También sus facciones se suavizaron. Dejó de ser hombre y no se podía decir que fuera mujer. Ganó en altura, en belleza. Cuando no tuvimos dudas sobre su nueva condición, lo vendimos a un circo. Nos dieron más dinero del que esperábamos.

miércoles, noviembre 10, 2010

:::: El chino chupiro (tragicomedia chafa)

Alfonso Pedraza (el Doc.)
—¡Chíspate chino que viene la chota! —cuchichea Chente.
El chino, chamaco chimuelo, machuca sus mechas con una cachucha chorreada como sus cachetes. Chamarra y huaraches que están pa´chillar. Es chupiro de banda que atraca por Chapultepec.
El Chente es chilango, un chef que chambea en la charcutería “El lechón choncho”. Chaleco chapeado de chaquira y choclos de charol. Es cuate del chino desde que lo cachó, de pura chiripa, chupando su chemo en una casucha de Chimalhuacán. No quiere que el chino se chingue el pulmón y le dice:
—Vuelve a la chinampa. Ponte a talachear. Allá en Xochimilco te esperan tu choza y los chongos de Chayo, esa chalupera que te afloja el chon, entre chuparrosas y cempasúchil en flor. Comerás chilaquiles, chayotes con chícharos, chichicuilotitos y cachos de amor.
Y el chino muy chispas —ya chole, mi chente. Mi abuelo muy chocho, teporocho el pá y sin lancha pa’ cachar la trucha. Mi madre chupada, sin leche en las chichis pa’ criar ocho chilpayates que chillan como cochinitos que van a achicharronear, lucha noche a noche matando las chinches que invaden su chal. Es mucho tu choro mi chente, déjame en la chorcha, pásame la bacha, déjame chemear.
El chino se marcha. Chente se queda chato, con dolor de choya y piensa —esta nochebuena ¿pa’ qué he de rezar?

viernes, noviembre 05, 2010

¿Víctima del consumismo o consumo de la víctima?

¿víctima del consumismo o consumo de la víctima?
Fotografía de Amélie Olaiz

:::: As seen on TV

Nadir Chacín

Si por mí fuera le dejo planita su pinche cabeza. Sí: golpear duro hasta ver sangre. A pesar de mí resulta que su cabeza ya es plana como la mesa de la TV… aplanar una mesa no tiene chiste. Pienso más. Arranco sus ojos con una pinza… corto su miembro a lo Lorena Bobbitt… finjo un orgasmo y al terminar aquello le suelto la neta con tono irónico: ¡pinche güey, ya ni puedes!
Nada me satisface. Una vez más: su prometido adiós. Yo en mi casa sin José. Puras mentiras. ¿Y mi TV de plasma?
No así. No. Estrategias poco efectivas. José hace rato que no mira ni piensa ni siente. Cómo hacerle daño a un ser tan ¿plástico?
Veo mi programa favorito, el tal Detective con F de Fierro, LLAME YA.
Ring.
—Averiguar el punto débil de José. Eso me urge, señor Fierro.
Fierro sigue día y noche a José, mientras yo le doy dinero y dinero. Camioneta negra tiene, claro, vidrios polarizados.
Martes, 8:30 am. Fierro toma las primeras fotos. 1. José con SU María viendo TV. Alerta: inútil cuarto conyugal. 2. Su estúpida María que lo despide en la puerta de su casa y se va a ver la telenovela. Alerta: mujer tonta en sala. 3. Su María haciendo la compra de lentes ojos de águila. Alerta: mujer ciega que verá… qué verá.
Mierda a la 1, mierda a las 2, mierda. Maldita sea.
José que sale el miércoles rumbo al canal de televisión. Entrevistas, fotos y preguntas de más entrevistados. Entran, salen.
¿Buena, mi pinche idea de las fotos? De la chingada, pero qué más da. Algún punto ha de tener el cabrón, algo que le duela, que lo mate… de dolor.
Noche del miércoles a su taller de periodismo, risas, de vuelta a su casa… sí, seguro ve Doctor House. El consentido de SU María. Ashh.
Jueves. Noche. Pinche José otra vez en TV como todos los jueves.
Entrevista a un psicoanalista famoso sobre la pasión. En vivo y en directo los comentarios de José oportunos, bien fundamentados. Mierda plástica. Su cabeza se ve más plana en mi todavía pantalla chica. ¿Y mi TV de plasma? Más mentiras.
Me lleva la chingada. La TV de plasma de SU casa, mañana me la da porque me la da. SU plasma es MI casa. No José, no María. Mío.
Yo pierdo, José pierde. Estamos “enamoraditos”. Ashhh.
Lo del video-orgasmo tal vez sí sirva. ¡Dios ssssí ah, ssssssssí no, no, ah!
Viernes. Mi casa, nosotros y el supuesto adiós definitivo. El prometido. Los adiós no tienen fecha.
(A veces sí.)
Esperar a José ensangrentada y casi muerta sobre mi cama. Suena fuerte, pero no podré ver su reacción. ¿Le dolerá verme muerta? Nada le duele, ¿o sí? Mejor el Acto, sí. Necesito más de Fierro. Que se luzca. Ring.
Otra vez 60$ el minuto.
Fierro instala cámaras en cada esquina de mi cuarto. Es un experto. ¡No son mamadas! Para mamadas sólo las mías. Luego dicen que son chafas los que se anuncian en los infomerciales: babosadas.
—Esperaré en la otra habitación. Todo saldrá bien. ¡Un video! Buena venganza por no apreciarla a usted, señorita.
—Claro, señor Fierro. Muy claro.
Arriba. José llega a mi casa. Mejor… José ARRIBA luego yo arriba. Dos de mis orgasmos fingidos para MI video. Una estocada a su maldita familia formal. Me CAGO en todas las familias. Su María me vale. Yo ni la conozco.
José se va. Mi casa ya está completa. Yo más. Sola finalmente.
—Al fin solos, querido.
Yo y el video, CHINGAO, qué momento. Yo disfrutando la escena recién grabada. La cabeza de José sigue plana en mi video, pero todo es maravilloso. Allí en el fondo de la imagen se ve mi Gran plasma mío, decorando mi súper casa. No todo es mentira. Los sueños sí se vuelven realidad. Apago el DVD. Veo el noticiario, click, noticiario, click, más noticiarios.
Escoger meticulosamente el sobre que contendrá el videovenganza. Me gana el color rojo. Dárselo a Fierro.
Fierro en el buzón de la casa de María y preparado, nuevamente, para sus clicks acostumbrados. Ring.
—Espero más fotos o videos, señor Fierro. Tengo que saber. Tome fotos, videos, lo que sea.
—Como usted mande, señorita. No se preocupe. Sabrá de mí.
10:30 pm. LA noche. María aguarda a José en la alcoba. Colonia Del Valle. Piso tres, depto 3. Tres. Tres.
Sobre rojo, qué idea tan buena. Rojo como cuando José está dentro de mí. Seguro lo veo triste el próximo jueves en la TV. ¿Ya habrá entrado? ¿Habrán visto el video?
Día siguiente.
Fotos realmente rojas me dejó Fierro en mi buzón y desapareció. Ring sin fondo. Nadie contestaba su celular. Contemplé cada imagen. Claro, hice zapping de fotos. Los adiós me laten.
La mujer de José hace rato tampoco miraba, no pensaba ni sentía pero igual lo mató esa noche de un solo batazo. Comprar un bate no fue buena idea, “amado” José. Allí estaba José en cada foto, las diferentes formas de su cabeza plana, plana muy muerta y plana. Su muerte no tuvo audiencia ni raiting alto como su pinche programa. Sólo estaba José en esas fotos, contenido allí. Como un hombre cualquiera. Como nosotras las Sin Rostro. Yo también lo hubiera matado, la neta. José plano. Su infidelidad conmigo no le pareció tan grave a su esposa María, pero regalarme SU plasma…

domingo, agosto 15, 2010

:::: Cambio de ruta

José Luis Sandín

Ahora que iba al centro comercial, no supe qué pasó. Tuve que tomar una desviación con el consecuente cambio de ruta, agarrar un tramo de carretera que, a esa hora, por fortuna estaba vacía, o debía estarlo.
Al tomar la oreja del trebol y mirar para incorporarme, no transitaba ningún coche. Justo al entrar en la carretera me sentí agobiado al verme rodeado por los automóviles, "pero ¿de dónde salieron todos estos?". Y continué atrapado entre la multitud que me llevaba con su corriente de metales y gomas negras.
Un pequeño hueco se abrió a mi derecha y pude colocarme de nuevo en el carril derecho y abandoné en la siguiente salida, varios kilómetros adelante. "Una nueva desviación", y lancé una mirada a la carretera que ahora lucía un vacío de desierto.
Al volver a casa, estabas mirando la tele. En tu cara se asomaba algo similar a la satisfacción mezclada con la sorpresa. Las noticias exhibían un coche como el mío que, tras perder el control, había ido a parar al fondo del río. Una toma rápida mostró la placa con letras y números. Palidecí, la sangre se me volvió de hielo, la piel se tensó con el crujido de un papel arrugado.
También entendías lo ocurrido, pero no mostrabas ningún dolor. ¿Mi dolor?, se transformó poco a poco en coraje e impotencia de hacer o decirte algo. Iba a reclamarte cuando cambiaste de canal; el sonido metálico de una llave al penetrar la cerradura, los giros, el golpeteo familiar del llavero, me alertaron y me hicieron mantener mi silencio.
—¡Ya estoy aquí!
Y era yo mismo entrando a casa, con una gran dicha en la cara. Cruzó —más bien, crucé— a mi lado sin verme y llegó (llegué) hasta ti.
—No vas a creer lo que me pasó, dijo (o dije).
—Pero ¿que te ha pasado que vienes hasta pálido?
—Ahora que iba al centro comercial —te empezó a decir—, no supe qué pasó. Tuve que tomar una desviación...

miércoles, junio 02, 2010

Mercado



Luis Feliciano

:::: El arte del zapatero

Nigella

He llevado a reparar unos zapatos que me proporcionaban una andadura muy cómoda. Son zapatos bajos, de corte masculino, con adornos de encaje muy femeninos. Hace cinco años que ando con ellos. La sorpresa ha sido dar con un zapatero joven, con gran sentido del oficio. Un taller pulcro, repleto de zapatos de todos los humores que esperaban pacientemente su turno en las estanterías.
Pasadas un par de semanas vuelvo por ellos.
—¿Están listos?, —le pregunto al joven —que hoy no lo parece tanto— mientras le entrego el carnet de identidad de los zapatos.
Cruza una puerta y vuelve tirando de un par de correas.
—Aquí los tiene. Realizaron su tempotránsito con provecho. Ahora procure cuidarlos. Es muy probable que tengan descendencia, —dice el zapatero guiñando un ojo.
Su aspecto me sorprendió así que los calcé de inmediato. Andaban solos, es más me llevaron hacía la calle animadamente no sin antes despedirse del zapatero haciéndome trastabillar.

miércoles, mayo 26, 2010

domingo, abril 11, 2010

Reflexión 1995


Aly De Villers

:::: Un domingo en Coyoacán

Ernesto Guzmán Lechuga

Al entrar una perra gorda se me acercó moviendo la cola. Estaba a punto de darle un puntapié al hocico que olfateaba mi zapato, cuando sonaron unos gritos femeninos: ¡Sabina, ven para acá!.
El animal corrió hacia el fondo del patio, en dirección a una casa de colores pastel rodeada de pasto que, si no fuera por una gigantesca antena parabólica en el techo, sería igual a la cabaña de Ricitos de oro. La perra se echó junto a una mujer que jugaba con una pareja de niños. Sin duda, supuse, mamá dedicando el domingo a los hijos mientras su esposo se distrae con el fútbol de la televisión.
Nunca imaginé que el Foro de la Conchita fuera un lugar mitad residencia familiar y mitad teatro. Tuve la desagradable impresión de asistir como invitado a una casa con teatro propio pero con sus infaltables perro y escuincles. En fin, lo importante estaba en la obra que, según algunos comentarios, seguramente me daría más que entretenimiento.
A un lado de la puerta que daba al pequeño foro, había una banca donde algunas personas también esperaban. Una pareja de jóvenes contemplaba a la mujer de los niños: Qué padre ¿no? Decía la muchacha metiendo la nariz en el cuello del novio.
Por fin un empleado, el mismo que atendía la taquilla, avisó que podíamos pasar al foro. Al iluminarse el escenario, para mi sorpresa, la perra apareció sobre éste.
Ahora formaba parte de otra familia en apariencia igual de armoniosa que la suya. Pero sólo en apariencia, porque ésta era una de las creaciones de un demiurgo que acostumbraba mostrar el infierno que siempre existe tras el maquillaje de la cotidianidad.
Un joven juega cariñosamente con su mascota y la hermana llega a molestarlo con apodos y a decirle que a los papás no les gusta que la perra esté dentro de la casa. Así iniciaba la obra teatral, dando la impresión de un hogar común y corriente; como el de afuera, como el que pretendían formar la pareja de novios a mi lado. No podía ser cierto, en seguida empezó a brotar una realidad de deseos incestuosos y de odios incontenibles. Me resigné a sumergirme en esa realidad oculta y a olvidarme de esas familias ideales e imposibles, donde únicamente hay lugar para la felicidad y el amor.
Fui el último en salir de la sala, aún con la imagen de la mujer que finalmente queda convertida en la esfinge creadora de maravillas; con el recuerdo de ese rostro feliz ya para siempre, gracias, en gran parte, a la magia de un fetiche. Un auténtico Pez-diablo que, según se decía, fue traído de Veracruz para darle más verosimilitud a la obra. Al final, el pescado abierto por la mitad (en verdad daba la apariencia de un rostro luciferino) quedó solitario en el escenario, recibiendo también los aplausos, como si supiera que él había sido el causante de que el antiguo orden que ahí imperaba se rompiera.
En la calle el ambiente de Domingo se hacía más evidente conforme me acercaba al centro. Ese día Coyoacán pertenecía a las familias. Los padres visitando la iglesia, los niños con sus algodones de azúcar y los más grandes alrededor de los músicos y pintores callejeros. Pensé que no sería raro que allí me encontrara a mis parientes también.
No, mi familia estaba en la casa cuando llegué: reunión dominical. Mi cuñado, acostado sobre el sofá de la sala, sólo me dirigió una mirada de fastidio cuando lo saludé. Vi a mi cuñadita pensando que cada día se ponía más buena y que por qué no, a lo mejor un día de estos... En la recámara mi esposa y mi mamá se callaron cuando iba a entrar. Deseé que hubieran seguido comiéndose mutuamente como cuando se conocieron; pero no, ahora estaban aliadas, ya tenían un enemigo en común. No entré, lo mejor y más seguro era la biblioteca. Mientras me alejaba alcancé a oír a mi esposa: ha de venir tomado otra vez, fíjese que...
En la biblioteca, como esperaba, no había nadie. Acomodé el saco en el respaldo de una silla. Me senté y mi vista se detuvo en él: quizás la felicidad sea posible. Recordé la obra de teatro y concluí que ahí la única que se salvaba era la madre; gracias a que ella había logrado realizar sus sueños mediante la magia de ese fetiche que apareció tras su altar, sin que nunca se supiera quién lo había colocado allí.
Sí, yo no necesitaría más que una ayuda de ese tipo para escapar al infierno que estaba justo en mi casa. Vivir lo que siempre había anhelado en compañía de alguien a quien en verdad quisiera; desaparecer de una buena vez a esa gente que me iba a volver loco. ¿Qué hacer? no podía esperar a que me metieran a un manicomio como querían hacer con la mujer de la obra. Afortunadamente siempre hay alternativas. Sí, seguro que las hay.
En ese momento de insólita esperanza, entró mi esposa, como si adivinando mi bienestar quisiera romperlo.
—Oye, menso, orita que iba a agarrar el coche vi una colilla pintada de rojo. ¿A quién subes al carro, eh?
—Cálmate ¿pues a quien quieres que suba? A veces le doy aventón a algunas compañeras, ya te lo he comentado—. Le contesté, sabiendo que lo que buscaba era armar una pelea ahora que sus parientes estaban allí.
—Nada más a eso sales ¿verdad? Pero ya te dije: yo también puedo pagarte con la misma moneda.
—Sí, sí. Haz lo que quieras. Y mejor ya déjame solo. Quiero descansar un poco. ¡Ah! y por ahí le dices a tu hermanita que me traiga un refresco ¿no?
—¿Qué? Ve tú. Mi hermana no está para servirte—. Agregó cuando salía, mirándome recelosa. Algún día cuñadita, volví a pensar, sucede en las mejores familias.
Decidido a terminar de una vez con todo aquello, en cuanto salió mi esposa azotando la puerta, me levanté para tomar mi saco. Respiré hondo antes de introducir mi mano en el bolsillo interior. Al sacarla contemplé con una mezcla de miedo y esperanza el fetiche de Pez-diablo, que ahora en el teatro nadie, tampoco, iba a saber quien se lo llevó.

martes, noviembre 17, 2009

teorema


Autor: Miguel Ruibal
http://miguelruibal.org/web/

:::: Aquí está tu cielo

Amélie Olaiz


Ayer, mientras recapitulaba lo nuestro, caí en la cuenta de todo lo que ha pasado desde que te fuiste. Las cosas han cambiado mucho, ya no tengo la agencia de viajes donde nos conocimos, la he transformado en una pequeña tienda de curiosidades para turistas espirituales. Vendo tankas de protectores como Mahakala y deidades femeninas como Tara verde. Tengo también a Chenresi, buda de la compasión, a Manjushri de la sabiduría y a Maitreya para el futuro. Hay gongs traídos de Boudha, mandalas que se hacen con polvo de mármol, estatuas de budas de Patán, catalejos que consigo en los mercados de pulgas y que nos sirven para ver, desde otra óptica, los acontecimientos que nos lastiman, esencias para aromaterapia, cajas con incrustaciones de concha nácar que se usan para guardar los sentimientos valiosos, malas de semillas de loto para unir la mente con el habla y telas con dragones custodios para los altares. Son especiales porque vienen de una tienda de la ruta de la seda. También vendo paisajes montañosos en miniatura. Se hacen con piedritas que encargo a mis amigos que viajan cada año al Tíbet y que coloco sobre arena de Cancún. Quien los compra debe hacer lo mismo hasta convertir la actividad en una pequeña meditación. Hace unos días me ofrecieron unas pachminas que compré sin dudarlo. Aunque aquí siempre hace calor, cuando la gente tiene frío en el alma, la sensación se cuela hasta los vellos. Es bueno cubrir los cuerpos dolidos con una tela suave, que les dé calidez.

Yo misma pinté el techo de azul y con una plantilla dibujé, basada en una constelación real, estrellas de cinco picos en diversos tamaños. En el fondo puse una luna creciente que se ve muy natural. ¿Sabes?, la gente ya no tiene tiempo en estos días de mirarla y cuando la descubren en la tienda salen a la calle para ver si localizan a la verdadera. También coloqué estrellas fugaces a la salida; si alguien no se siente muy a gusto aquí, puede, influido por la velocidad cósmica, salir más rápido de la tienda. Hay varios móviles de sistemas solares que no se parecen en nada al nuestro. Los hice pensando en mares limpios, atmósferas puras, tierras fértiles y ríos cristalinos. En el patio trasero sembré un laurel de buen tamaño y he dispuesto macetones con bugambilias y otros con gardenias para que perfumen el ambiente. Entre ellos hay algunas mesitas de madera con patas de hierro forjado que compré en Tlaquepaque. Encima puse manteles que deshilan, con paciencia infinita, las mujeres de Aguascalientes. Ahí sirvo café o té y pasteles a los comensales. Sí, me dio por la repostería y hace unos meses tomé un curso en una pastelería neoyorquina del Soho donde hacen los pasteles más finamente decorados que he visto en mi vida. Preparar cada uno es como hacer un cuento, cada cual tiene su historia. También me he especializado en las infusiones y puedo ofrecer desde un té de flores para relajar o de bergamota para vigorizar, hasta exóticos aromas con base de té negro. Preparo, sólo a los clientes más asiduos, infusiones especiales para curar amores imposibles, ilusiones perdidas, nostalgias arraigadas y vacíos que no se llenan. También puedo, con la combinación adecuada, calmar la ira excesiva, el ego exacerbado y los apegos que atormentan. Pero estos, los especiales, requieren de un tratamiento personalizado cuando se sirven. Muchas veces tengo que sentarme con el cliente mientras se toma la infusión. No tienes idea la cantidad de historias sorprendentes que he escuchado. Ya me conoces, me adentro tanto en ellas que al recordarlas no sé si las he vivido yo misma en otro tiempo. Por eso, en las noches, he vuelto a escribir; alguien tiene que guardarlas para que no se pierdan en el olvido. Además hay mucha gente que necesita ser escuchada y ya nadie tiene tiempo para los discursos ajenos. Hace unos días tuve que comprar jarras más grandes. Se requiere mucho té cuando los síntomas son profundos y sería grosero levantarse de la mesa si una persona tiene mucho que contar. Arturo, el de la tienda de antigüedades, me ha conseguido una variedad de jarras que vienen del Tíbet. Estoy convencida de que provocan un efecto adicional en el cliente porque desde que las tengo la gente sale prácticamente curada. Pienso que las jarras deben tener restos de mantequilla de yak, y que esta grasa animal no sólo calienta el cuerpo sino también el espíritu. Yo suelo hablar mucho con mis clientes. Claro, después de escucharlos, les hablo del Tíbet, de Katmandú y del Buda histórico. Me gusta retomar algunas historias de los sutras y otras que me han relatado mis maestros. Siento que les hace bien esta filosofía porque salen más contentos de lo que entraron.

Hoy, antes de cerrar el local, observé los cojines que me entregó el tapicero y que distribuí por el piso. Más que una tienda este espacio parece un salón para meditar. Por unos minutos me pregunté qué objetivo he perseguido al hacer todo esto. Si ha sido con un honesto deseo de ayudar a otros o para curar el dolor que me impone tu ausencia. Luego apagué la luz, bajé la cortina metálica y me fui caminando por la calle mojada, brillosa por el reflejo de los faroles nocturnos. Recordé tu voz diciendo palabras tiernas y llamándome “ mi cielo”. Fue en ese instante cuando por fin decidí el nombre del local. Mañana encargaré una marquesina bien grande que puedas ver el día que vuelvas: “Aquí está tu cielo”.

domingo, octubre 04, 2009

graffiti tears


originalmente cargada por ajpscs

:::: La niña de los besos

Pterocles Arenarius

El día que la besé eran las tres de la mañana y quince minutos antes ella iba corriendo como una zorrita que persigue la jauría y no llevaba más ropa que calzones y zapatos.
Era como ver un ángel o bien, por qué no, un demonio. Corría con desesperación, pero nadie la perseguía, o al menos no era visible.
Yo iba caminando por la gran avenida Troncoso y ella quizá salió de entre los múltiples condominios de por ahí. La vi desde lejos, tenía muy buena condición física o estaba drogada porque corrió unos dos minutos a la máxima velocidad que daba su cuerpo delgado, blanco, hermoso.
Al principio era un punto blanco. Luego me dije es una vieja encuerada. Me detuve a mirar. Venía sobre la acera en que yo caminaba. Y además está buenísima, me dije. Pero desde unos cien metros me percibiría porque desvió su trayectoria para no ir hacia mí.
Me atravesé la avenida tratando de que su trayectoria coincidiera con mi posición. Empecé a ver con claridad como se sacudían sus pechos a cada paso de su carrera. Era un deleite verlos sacudirse. Nadie, nada la perseguía. Me atravesé en su camino. Por allá lejos pasó un carro. No se dio cuenta de que la belleza corría desnuda por la avenida Troncoso.
Cuando estaba a diez metros de mí –que me fui centrando para que ella llegara hasta donde yo estaba–, habrá notado mi intención y gritó ¡aaaaaahhhhhh! como un kamikaze, colocó sus manitas al frente y se dirigió directamente contra mi pecho. Creo que intenté apartarme, me asustó el grito, la muchacha corría muy fuerte, pero entonces ella enfiló hacia mí.
El choque fue brutal. Me derribó y cayó encima de mí. Creo que me hizo volar pocos metros. Empezó a golpearme, arañarme, morderme. Dios santo.
Como pude me quité. Y traté de huir. Esperaba que llegaran los perseguidores o uno por lo menos. Nadie llegó.
Siguió golpeándome. Puñetazos, patadas, rasguñones. No supe qué hacer. Salvajes rasguños de gata, tarascadas de perra. Me protegí y le di la espalda. Se fue caminando. Vi sus bonitas nalgas dibujadas debajo del calzoncito, sus hombros estrechos respirando agitados. Vi uno de sus pechos pequeños desde atrás. Ella temblaba. Estaba desgreñada. Lloraba.
Estábamos en un estrecho camellón de la gran avenida.
–Qué pedo, manita… –Se volvió.
–Hijos de su puta madre. –Dijo al vacío.
Supuse que habrían intentado violarla. La madrearon, la encueraron, supuse. Pero es una perrita. Brava. Se les peló. Supuse. Se detuvo.
–Dame un cigarro. –Lo encendió después de arrebatarme el cricket, agitada, resoplando, temblorosa.
Me quité la chamarra y se la puse cuando ella me miraba como se mira a un marciano.
–Hijos de perra –dijo y metió las manos en las mangas de la chamarra–. Acompáñame, güey.
–¿A dónde vas?
–Aquí… Es aquí a dos calles.
Se me abrazó. Caminamos las dos calles abrazados. Fumando.
De pronto decía hijos de su puta madre.
–¿Qué te pasó, amiguita?
–Hijos de su perra madre.
Entramos en uno de los condominios.
–Carnalita, te dejo en tu casa.
Me miró con sus ojos de loca detrás de los cabellos que le caían sobre los ojos. Los rasguños me palpitaban, los madrazos eran como clavos en mi jeta.
–¿No quieres una chela? ¿Un toque? –Me metió al departamento jalando. Cerró la puerta. Aventó mi chamarra por donde sea. Se fue encuerada y regresó en camisón y con dos cervezas. Me dio una, estaba fría. No había muebles, pero sí gran cantidad de objetos con clasificación próxima a la de basura. Se puso a forjar luego de poner la chela sobre un bote de pintura. El cigarro estuvo listo muy pronto y le dio unas fumadas de prolongación sorprendente e intensidad amorosa.
–Jálale.
Fumé. Era buena mota.
Le devolví el cigarro y me abrazó.
Se puso a darme unos besos inolvidables. Largos. Pausados. Tiernos. Lentos. Era como si me ensalivara el completo rostro. Fumaba mariguana y me pasaba el humo en los besos.
Amor mío.
–Pásame el humo –dijo. Le jalé al cigarro de mota y ella me dio el beso más rabioso, el más violento de mi vida. Me quería sacar las anginas para llevarse el humo, me quería comer como si fuera yo la mota personificada. Me inclinaba para alcanzarla, se estiraba para sentirme. Mis brazos fueron a su cintura, los suyos sobre mi cuello. Repetimos el beso mariguano en la más enloquecida y deliciosa tanda de besos hasta que se acabó el cigarro. Y seguimos besándonos.
Me agarró descuidado y abrió la bragueta. Sacó mi verga. Se hincó y se puso a besarla. Luego se la metió en la boca. E hizo cosas divinas.
De pronto se puso de pie.
–¿Eso era lo que querías verdad, cabrón?
–Chiquita preciosa, ¿cómo te llamas, mi amor?
Se fue al fondo del cuarto y trajo un bote de pintura en espray de la que usan los grafiteros. Me roció el pecho, los hombros, el cuello, la cabeza y la verga parada, entre el insoportable olor a solvente químico actuaba minuciosa, como haciendo un trabajo especializado. Sólo dije sin demasiada convicción “No, espérame, no me pintes”.
Sonrió como demonio mientras apartaba el chorro de espray. Lo encendió con la flama del cricket.
Cuando dirigía la bocanada de fuego hacia mí salí corriendo. Tenía los pantalones hasta el suelo. En la desesperación no supe cómo me los quité. Alcancé a sentir la lumbre como el vaho de la dragona que me alcanzó a quemar un poco de cabello mientras salía vuelto madres y derrumbando cuanta madre.
Dos minutos después yo iba corriendo por Troncoso desesperadamente a las tres y media de la mañana. ¿Qué otra cosa puede hacer un encuerado en Troncoso a semejantes horas?
Una patrulla me dijo por su altavoz “deténgase, hombre desnudo que corre, deténgase…”.
Me detuve. Estaba temblando, jadeando, me ardía un poco la cara por la leve quemada; los rasguños no dejaban de palpitar, los putazos como clavos en la jeta; el cuello, el pecho, el bajo vientre, el calzón pintados de verde y los besos amargamente dulces, violentamente tiernos, dolorosamente suaves, la saliva con dulce sabor de mariguana continuaban en mis labios. No tenía sensaciones en el pene. Sino en los labios, los besos.
–Estás madreado, estás revolcado, estás encuerado, estás pintado de verde, ¿estás drogado? –diagnosticó el policía.
La luz de su lámpara en los ojos no me dejaba ver.


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domingo, agosto 02, 2009


Fotógrafo: Rafael Merino
http://www.flickr.com/photos/amadismx/

Buscador de Soledades

Jorge S. Luquin

Es mi corazón un cazador solitario
Carson McCullers


Nunca he sabido disuadirlo.
Yo quisiera sólo coger, comer y dormir
pero siempre termina llevándome
entre calles y libros.
Algunas noches me susurra al oído
que busca al espíritu.
La primera vez, me reí de él,
pero después me lo dijo llorando.
No supe qué decirle, me arrastró en su silencio.
Lo he visto brincar y saltar como niño
ante un aforismo y conmoverse con Gautama.

Le he mostrado mujeres hermosas y voltea
distraído.
Le he ofrecido del sexo de las putas y se ríe
melancólico.
Le he brindado del humus del alcohol y canta
jubiloso.

Prefiere la soledad, el silencio.
Se agazapa, observa desde su cueva
de huesos y carne ansiosa;
siempre listo para saltar sobre lo etéreo
contempla lo insondable, el misterio
y corre en pos de lo intangible.
Así es él. Vivimos distanciados.

lunes, junio 01, 2009

:::: Urbe

ciudad digital
Fotografía y tratamiento digital: Amélie Olaiz

Angélica Santa Olaya

Tiembla, camina y se contonea. Recoge por igual flores y escupitajos que le lanzan al pasar los trashumantes. Esos que al bajar la luna se meten bajo su falda de concreto y esconden la nerviosa risa de los temores. Al amparo de la oscuridad muerden las lentejuelas del negro vestido y recuerdan el olor agrio del pecho que una vez los amamantó. Duermen las farolas y ella se saca de encima a los hijos que salen, pululan y le echan en cara las afiladas uñas y las piernas al aire. Peligrosa, prostituta y dispuesta a todo, ella sonríe en un rojo escarlata y se prepara a envolverlos en sus brazos de carnívora y aromada madreselva. Ella sabe que la luz y la sombra vienen siempre de la mano.

martes, mayo 26, 2009

:::: Carta del exilio


Fotógrafo: Sigfrido Quiróz, Argentina.


Sigfrido Quiróz, Argentina.

Es esta esquina
que me recuerda otra
que existe acá
adentro,
en mis entrañas

Es este farol
pero también es otro
que habita
ese ajeno país de la memoria

Es ese olvido
con que me olvidan las baldosas
de un patio
resbaloso de recuerdos

Es todo eso lo que lastima
lo que duele en un lugar adonde nada duele
adonde nada consuela
adonde casi nada vive

Yo no quiero mirar esta luna
que me mira con otros ojos
no quiero que me vea el gesto
que vos me conocés,
ese
de casi lágrima

Dejame nomás
que se me apague la sombra
con la luz nocturna de otra noche,
la de Barracas,
que si debo morir
viviendo
quiero elegir el modo

Es que
¡Es esta esquina!
y también es otra que existe acá
afuera
en mis entrañas

martes, febrero 24, 2009

mago


Miguel Ruibal, España.

Bricia

Jorge Borja, México.
Dentro de los límites de Bricia, está estrictamente prohibido usar corbata o tener cara de burócrata. Sus habitantes acostumbran saludar el paso de la bandera con jubilosos espantasuegras y celebran a la patria con un gran carnaval. El Presidente de Bricia, disfrazado de arlequín, declama un poema satírico desde el balcón central mientras los miembros de su gabinete se afanan por conseguir el gesto más gracioso o el flato más estentóreo.

En este país, en vez de debates o plebiscitos para decidir el rumbo de la política económica o el gasto del Ministerio de Defensa, se llevan a cabo carreras de costales y competencias de beber cerveza. El Consejo de Asesores se reune en sesión solemne para contar cuentos colorados. El Ministro de Hacienda presenta su programa de emergencia vestido de bombero. Una carcajada vale más que un voto y un comediante es digno de mayor crédito que un Doctor en Economía.

Los Bricianos son personas de un fino humor a flor de labios que se refleja en todas las facetas de su vida social. Cuando formalizan un compromiso de matrimonio, suelen gastar bromas sobre el embarazo de la novia o las enfermedades venéreas del novio. Los funerales siempre son motivo de prolongadas fiestas donde tradicionalmente se saca a bailar al muerto. A las catástrofes naturales les encuentran su aspecto positivo: "gracias al terremoto apareció el tesoro de los abuelitos", "durante el huracán mi marido volvió a soplar" o "con la inundación se realizó un concurso de bikinis".

Sin embargo, a últimas fechas, han surgido falso
s rumores propagados por grupos clandestinos que buscan la estabilización y el orden. Estos peligrosos aguafiestas, han urdido apocalípticas versiones que por fortuna nadie cree. Con rencor sostienen que el humor y la risa sólo disimulan el tedio y el bostezo que invaden a los habitantes de Bricia y que poco a poco sofocan su gris existencia.

Las fuerzas estatales ya tienen identificado al venenoso sujeto que encabeza este grupo para que, apenas cumplida su aprehensión, sea decapitado sin mayor trámite, y con su calavera se juegue el primer partido del campeonato de fútbol.

martes, febrero 17, 2009

lunes, febrero 16, 2009

Un jardín de arroz entre los ojos

Alberto Ruy Sánchez, México.
En una ciudad de Bali entretejida de arrozales y jardines, una mujer bellísima, Ayú, cultiva el más extraño que yo he visto: con miel, entre ceja y ceja, se pegaba nueve granos de arroz. Pregunté a mi amigo Katut sobre esa extravagancia. Sonrió, suplicándome que yo nunca contara lo que él estaba a punto de mostrarme. Seguimos discretamente a Ayú, hasta una casa de masajes que se encuentra en la calle del Bosque de los monos. Se entra por un patio de muros bajos de ladrillo, que es un templo. Detrás de una columna escuchamos a otra mujer que le preguntó en tono de burla:
¿Ya regresó tu dios azul?
Ayú, indignada, no respondía. Pero cada tarde alquilaba una de las terrazas de masaje y esperaba…
¿A su amante?, pregunté.
No, está convencida de que Shiva mismo vino a hacerle un masaje la otra noche. Tan profundo que le tocó el corazón, por dentro.
¿Cómo, por dentro?
Sí, la semana antepasada, que hubo luna llena, Ayú vino a tomar un masaje. Se instaló desnuda en la sala que usa siempre pero se durmió esperando. Yo terminé mi trabajo en el arrozal, prosiguió Katut, y vine a tomar mi clase semanal de masaje. También olvidé que en luna llena todos los empleados aquí se van al templo principal de la ciudad. Cantan y bailan y hacen ofrendas por un par de horas. Entré por error a donde Ayú dormía y, sin mirarme, dio órdenes tan firmes que pensé que era mi nueva maestra. Las seguí con esmero. Tanto que los dos fuimos muy felices.
Nos amamos y nos quedamos dormidos. Cuando regresaban las masajistas, las escuche reír en el patio de entrada, me di cuenta del equívoco y escapé en silencio antes de que nadie me viera. Cuando Ayú despertó yo me había ido. Ellas le juraron que nadie estuvo ahí. Que había soñado. Pero Ayú tenía una prueba de la presencia que había hecho florecer sus deseos. De mi camisa habían caído sobre la cama varios granos de arroz y nueve, con mi sudor, quedaron pegados en su frente mientras dormía. Y eso, ella insiste, 'en la última luna llena de 1999, es un claro mensaje de Shiva. Una indicación de cómo dirigirse a él, de cómo hacerle ofrendas'. Desde entonces Ayú renueva y ofrece ese jardín entre sus ojos. Algunas mujeres en la ciudad ya la imitan. Y hasta algunos hombres también. En cada grano de arroz, observado verticalmente, Ayú ve la representación de un Lingam (el falo del dios Shiva) mágico y diminuto, para llevarlo en la mente y en la frente, y que así le recuerda sin falta su enorme felicidad.”

jueves, febrero 05, 2009

:::: Un hombre consciente de su sombra

Cada tarde cuando anochece Javier se pone su sombrero y sale a pasear. Le gusta sentir el aire de la noche en la cara, pero se cubre la cabeza para que las ideas se sientan seguras y se expresen abiertamente. Por la acera, junto al parque, iluminado por los faroles, se ve al hombre que camina acompañado por su sombra. Siempre ha sido un solitario y así quiere seguir viviendo; alejado del bullicio que perturba. Camina pendiente de su respiración y los pensamientos aparecen lentos en su mente, tan lentos que es capaz de desmenuzar su contenido y hacerlo mendrugos que suelta a su paso. Gracias a esos mendrugos su sombra lo ha seguido hasta hoy, con ellos se mantiene entretenida. Por el camino ven pasar las sombras de las personas, la mayoría van unidas; algunas en pareja mezclándose como si fueran una sola, otras juegan en grupo sobre el asfalto, algunas se reúnen en una esquina o parlotean con conocidas. A la sombra de Javier le hubiera gustado tener más contacto social, más relación con las sombras, bailar, conversar y observarse en un muro escondido dando un beso. Hasta tomar un par de tragos y caminar haciendo zig zag entre la luz y la sombra le hubiera divertido. Pero a Javier no y ella no ha tenido más remedio que seguirlo. Lo quiere bien aunque está un poco aburrida de la misma rutina y la silenciosa soledad que los rodea. Javier lo sabe, por eso cada noche la saca a pasear, para que se distraiga y viva un poco del bullicio citadino.
Hace varias noches Javier notó que las sombras de dos transeúntes, tan cotidianos como él en sus paseos, los miraban con insistencia, una insistencia que Javier calificó como grosera. También se percató de que su sombra, curiosa, miraba de hito en hito a los sombríos intrusos visuales. Por eso aceleró el paso y caminó con más firmeza, pero un pequeño jalón en el pie izquierdo lo hizo pensar que una parte de su sombra se había desprendido. A medio día, cuando el sol estaba en el cenit, se paró sobre ella y talló los pies contra el piso para que la sombra se adhiriera de nuevo con fuerza. Confiado salió la noche siguiente y varias más, hasta que hoy la sombra se desprendió por completo. Javier la vio correr calle arriba para reunirse con otras sombras, entre ellas la de una mujer de silueta fina y cuello largo. Dos grandes lágrimas cayeron de los ojos de Javier y se borraron en la oscuridad del pavimento. Antes de perderla de vista, las luces de un auto iluminaron un muro y la vio muy acompañada y contenta. Ya volverá, piensa Javier, que sabe lo importante que es para cualquiera balancear su luz y su sombra.

viernes, enero 30, 2009

Soldier's goodbye & Bobbie the cat, ca. 1925-ca. 1945 / by Sam Hood

Soldier's goodbye & Bobbie the cat, ca. 1925-ca. 1945 / by Sam Hood

El rincón de los hombres

Fernando C. Pérez Cárdenas, México

Las madres siempre creen saber qué es lo que te pasa. Sobre todo si tienes quince años. La semana pasada la mía se la pasó a dale y dale: "Vamos, háblale. Para que se contenten y ya quites esa cara." ¿Qué cara? "¿Cómo que qué cara? Crees que no me doy cuenta..." Hasta que me hizo sonreír y menear la cabeza. "Esta bien, le hablaré." Pero tendría que ser más tarde, porque a esa hora me había quedado de ver con los muchachos en la casa de Juan para tratar de echar a andar su carcacha. Rápidamente fui a mi cuarto a recoger mi chamarra y a paso apresurado me dirigí a la puerta de salida. Antes de cerrarla todavía alcancé a oír:

-¡Piénsalo bien, Claudia es una buena chica! ¡Pero en fin, es tu vida!

Con las manos en los bolsillos, me encaminé enfrentando el viento que soplaba sobre mi cara, respirando hondo esos aires templados de septiembre, decidido a concentrar todas mis fuerzas en obras que realmente valieran la pena, sin permitir que insignificancias amainaran mi determinación.

Al llegar a casa de Juan, los muchachos ya tenían en el suelo las piezas del carburador. Dos horas más tarde, todos esperábamos ansiosos mientras Juan, sentado en el asiento del conductor, se disponía a encender la marcha. Una verdadera ansia por conocer el resultado de nuestro esfuerzo colectivo nos embargaba. El escape emitió una espesa nube de humo en señal de triunfo.

-Ya ve, mi buen, y usted que insiste en que las cosas no salen a la primera-, me dijo Octavio, apoyando su mano en mi hombro derecho.

En la noche, para celebrar nuestra proeza, fuimos al supermercado a comprar cervezas. Bebimos algunas en el auto, recorriendo la ciudad. El resto lo consumimos en la casa de Octavio, aprovechando la ausencia de sus padres. Tirados en la alfombra de la amplia sala, bebíamos y devorábamos el fruto de furtivos asaltos al refrigerador. Cerca de las diez y media, el recuerdo de Claudia empezó a rondar en mis pensamientos. ¿Por qué fregados no me deja en paz? Varias veces pensé en hablarle, pero consideré que se vería extraño, como un signo de flaqueza, el apartarme del grupo para hacer la llamada. Podría retirarme y hablarle desde mi casa. No, eso sería darle demasiada importancia al asunto. Al final me sentí satisfecho de haber encontrado la mejor solución: que se fuera al diablo.

A la mañana siguiente, unos toquidos en la puerta de mi recámara me despertaron:

-¡Teléfono! ¡Apúrate, es ella, no la hagas esperar!

Casi me levanto de prisa, pero reprimí ese impulso. Sentado en la cama, bostecé y me tallé los ojos. Una pausa.

-¡Dile que le hablo más tarde!-. Por respuesta sólo escuche el caminar de mi madre al alejarse.

A las cinco de la tarde me sentía bastante satisfecho de no haber cedido a la tentación de hablarle. Pero consideré que había llegado el momento oportuno de llamar e invitarla, no sé, quizás a caminar o a tomar un café... Después de todo, no tenía caso seguir disgustados. Lo malo fue que su hermana contestó, y me informó que Claudia no se encontraba en casa y que no sabía cuándo regresaría. Lo bueno fue que una llamada salvadora de Juan llegó casi al colgar. Con el ánimo de nuevo en alto, mientras esperaba a que los muchachos pasaran por mí, volví a hablar a casa de Claudia para decir que le hablaría como a eso de las diez.

Sentado en la parte trasera del auto, con una cerveza entre las piernas y las manos en la nuca, veía pasar las calles y los jardines con niños corriendo. Abrí un poco más la ventana para mejorar el efecto que aquel clima delicioso y el alcohol producían en mí. Poco después, topamos con tráfico. Me dediqué a estudiar a la gente que deambulaba por la acera. Bruscamente salí de mi letargo cuando creí divisar a Claudia con compañía. Los demás no la vieron. De reojo, disimuladamente, comprobé que sí, efectivamente, caminaba junto a un tipo alto. ¿Qué tan cerca? No lo pude saber porque mi desconcierto me obligó a agachar mi cabeza y permanecer así. Juan notó mi silencio. En un alto me lanzó una interrogante mirada:

-¿Qué pasó, pensando en la Claudia, eh?

-¡Ni madres! Lo que pasa es que me puse triste al ver mi botella vacía...-risas-. Además, ella ya es cosa del pasado... ¡Hey, Tulio, pásame otra cerveza, que se calientan, güey!

Nueve de la noche. De vuelta en casa. Me encerré en mi cuarto. ¿Qué tan cerca? ¿Tomados de la mano? No creo... ¿De dónde salió ese imbécil? Con tantas dudas decidí que lo más conveniente sería no hacer la llamada: que se fuera mucho al infierno.

***

Hoy fue el primer día de clases en la prepa y regresé a casa con un renovado espíritu. Había iniciado una nueva etapa de mi vida. Qué alivio, Claudia era en realidad cosa del pasado, pensé. Pero algo surgió demasiado pronto. Mi madre me informó en la cena que Claudia había hablado para decir que nos visitaría para regresarme unos discos y libros. "Ah, yo conozco bien esa treta. Seguro quiere aprovechar ese encuentro para reanudar lo nuestro."

Cerca de las diez de la noche el timbre de la calle sonó mientras yo me encontraba en la sala, enfrente del televisor, absorto en mis pensamientos. Mi madre salió, para regresar diez minutos después con una caja en las manos. Luego se sentó en la mesa del comedor a revisar la correspondencia. Antes de retirarse a dormir, me indicó despreocupadamente:

-Ah, tus libros y discos están en esa caja sobre la repisa. Buenas noches.

Una jugada inesperada en el ajedrez de la vida, de esas que nos sacan de balance y obligan a que nos preguntemos por qué a veces evaluamos tan mal nuestra situación. Pero hay que tener siempre en mente que los grandes jugadores se distinguen por su entereza en esos momentos difíciles. Sin percatarme, algo interior en mí había encontrado, no una solución a mis problemas, pero sí una actitud diferente para enfrentar la vida. Era un impulso desconocido para mí. Un descubrimiento liberador.

Me levanté del sillón para dirigirme a mi cuarto y cerrar con violencia la puerta. Mamá tocó insistentemente y yo no respondí. Volverá a tocar varias veces y no responderé. Pero estoy bien. Como no he estado en mucho tiempo. Estoy llorando.

martes, enero 27, 2009

Sombras en Yuma

Fotógrafo: Pedro Meyer, México

Esperanzado

Olga A. de Linares

Me pregunto por qué me ha dejado de este modo abrupto.
No había, que yo supiera, ningún problema entre nosotros.
Solo ahora pienso que debí prestarle más atención, no dar todo por sentado. Quizás fue la costumbre de tenerla siempre cerca, a mano, lo que me hizo ignorar eventuales señales de advertencia.
Mi única certeza en estos momentos es que, desde que se arrojó por el acantilado, no he vuelto a verla.
No les extrañe que aún aguarde su regreso, sana y salva.
Por lo que sé, las sombras sobreviven sin problemas a este tipo de accidentes, y no suelen tener éxito sus intentos de suicidio.

martes, enero 13, 2009

:::: Maria Siempre Virgen

Jorge Oropeza

Poco a poco, María comenzó a regresar del sueño. El calor en la entrepierna aún permanecía. Los recuerdos borrosos y húmedos de la noche anterior la hicieron sonreír, mientras su mano quincuagenaria acariciaba, temblorosa de pasión, el gallardo y apuesto rostro de San Gabriel en su buró. Al abrir las sábanas, algunas plumas blancas enormes volaron por la habitación.

lunes, enero 12, 2009

:::: Pandemonium


Fotógrafa: Amélie Olaiz

Jorge Borja

Después de cientos de miles de años, la armonía de esta galaxia se rompió abruptamente. Una súbita luz rasgó el obscuro velo del espacio. Ante los atónitos telescopios de incrédulos astrónomos, Saturno se estrelló contra Júpiter.
De inmediato fueron convocados los científicos más prestigiosos para discutir las posibles consecuencias. Su diagnóstico fue unánime: Júpiter ha alterado su órbita y se dirige hacia la Tierra. La noticia causó panico y confusión. Hubo saqueos, suicidios en masa, motines en cárceles y oficinas, eyaculaciones precoces, divorcios y bodas urgentes, orgías en colegios de monjas, partos prematuros, ataúdes y servicios funerarios en oferta.
Los jefes de estado de las naciones más poderosas, acordaron lanzar sus misiles atómicos sobre el planeta desbocado. Su esfuerzo fue en vano. Júpiter no cambió su curso. La Asociación Mundial de ateos, emitió una última declaración: "sólo nos queda rezar". Y multitudes de arrepentidos atestaron los templos. Nunca antes se oró con más fervor... entonces Dios, ardiendo de ira, rompió el taco contra la rodilla derecha mientras el Diablo exclamaba con frialdad: carambola.

jueves, enero 08, 2009

:::: Fudekuyô



Fudekuyô (筆供養, ふでくよう) ceremony, when brushes of calligraphers and writers, who offered them in gratitude for last year accomplishments and in hopes of better penmanship ability, were reduced to ashes on November 23 at Shogaku-an (正覚庵), a sub-temple of Tofuku-ji Zen complex.
Fotógrafo: Aurelio Asiain

:::: La imprecisión del silencio es la solidez de la palabra

Fausto Larraguível


Llueve, pasos leves, rumor de sílabas,
aire y agua, palabras que no pesan

Octavio Paz. Como quien oye llover.

Aprieto un puñado de palabras,
de esas que asoman a otras lejanías,
las que devastan orillas solitarias.
Danza del fuego
que consume los papeles en que escribo.
Voces en procesión.
Ojalá pudiese grabarlas en piedra
y rodar lunas por el jardín del otoño,
para que mis palabras
conforten a los desamparados
y agobien a quienes envuelve el júbilo.
Construyan con madera sólida
escaleras para subir
y descender de nosotros mismos,
escalarse y derribarse,
acercarnos y alejarnos.
Pero también tallar sillas, camas y féretros:
para sentar a la espera y ofrecerle un café,
dormir a los miedos y amar sin mesura,
morir, habiéndolo dicho todo.
Así,
sin provocaciones
ni lamentos.



Fotógrafo: Aurelio Asiain