Esta galería de autores contemporáneos se creo en 2004

lunes, junio 30, 2008

:::: Creación




Nopal-siflor
Fotogafía: Amélie Olaiz

Miriam Chepsy (España-Argentina)
Y un universo se creó en su interior. Las palabras se condensaron como galaxias narrativas que giraban atraídas por la fuerza de una Idea.

:::: Equilibrios internos

Impal (México)
El soldado sale de la pintura, dejando atrás el bombardeo en Guernica. Ansioso de contacto avanza hacia otros cuadros. Desde el pasillo ve a una mujer elegante salir de las “Meninas”. Al enlazar sus miradas se van palpando en silencio, se abrazan, se besan. Después ella se encamina hacia la obra de Picasso. Él sigue rumbo a la comodidad de la realeza.

viernes, junio 06, 2008

:::: La Cofradía


Cofradía natural, fotografía de Amélie Olaiz

Mercedes Van Santen (México)
Adicción, no a todos confesada; hilo conductor que se desmadeja como bola de estambre ya jugueteada por un gato, que une historias de amores, algunos irrecuperables y otros en puerta, de odios y penas, de fantasmas y muerte. Hilo suelto, laxo y a veces, las más, desordenado, pero siempre, al final, madeja.
Sus caras me siguen, me acompañan, en sueños, en vigilias: atentas a los sentimientos que provocan. Sus voces excitan, calman o desalientan, pero siempre acogen.
Todos ahí tenemos historias, cicatrices en el cuerpo y en el alma; dolores que son consolados por regazos amables, por pechos sensuales o maternales: bahías protectoras en las tormentas.
Conspiraciones y rituales, dichas y desdichas, vericuetos a enderezar. Metamorfosis.
¿Nos convertiremos en densidades etéreas, en nuestra migración al más allá, así reunidos con botella de vino y tapete verde?


Unosolo es solo, fotografía de Amélie Olaiz

jueves, mayo 22, 2008

:::: Es tarde


Víctor Pavón (México)
Rafael despierta por los golpes que su mamá le da a la puerta de su recámara; en seguida toca sus calzones, están mojados. Su madre insiste, pero está asustado y no se levanta. “Báñate”, le dice, “el agua está caliente”, tiene el tiempo justo para arreglarse y desayunar, es hora de ir a la escuela.
Como no sale de su habitación, su mamá entra y lo encuentra acostado, tapado con las cobijas; le grita, le dice que no sea flojo, que debe ir a la escuela, pero Rafael no se levanta, sólo la mira; entonces ella, como todos los días, de un tirón le jala las cobijas y descubre las sábanas mojadas, lo toma del pelo y le pega, le dice que no es un bebé, y lo lleva al baño, abre las llaves de la regadera y lo deja bañándose. Entre el sonido del agua aún alcanza a escuchar los gritos de su mamá desde la cocina, llora, el jabón entra en sus ojos.
Cuando sale observa a su madre maquillándose, también se prepara para ir a trabajar. Rafael se pone rápidamente el uniforme escolar y se arregla el pelo, aún le duele la cabeza por los jalones.
“Ya estás grande para seguirte orinando en la cama, ya tienes ocho años, imagínate que dirían tus compañeros de la escuela si saben que te mojas en la cama, a ver si no te da vergüenza, si tu maestra supiera que me das problemas, aparte de no trabajar en el salón de clases”, le dice, él se queda callado; ella le sirve la leche caliente, no le gusta, ni el huevo semicrudo de todas las mañanas, ni el pan ni nada.
Cuando salen del edificio para dirigirse a la escuela a unas cuantas calles, le hace mil recomedaciones, “debes estudiar para ser alguien en la vida, hazle caso a tu maestra y cuando terminen las clases ve con la vecina del cuatro para que te dé de comer, espérame cuando regrese, te quiero mucho, no me gusta pegarte, pero lo hago para educarte, cuídate”, le da un beso, lo deja en la puerta de la escuela y se va a su trabajo en la oficina.
Rafael observa a sus compañeros de cuarto año jugar futbol en el patio de la escuela, tiene unas ganas enormes de participar, pero no lo dejan, le dicen que es un tonto, que no sabe pegarle a la pelota, lo corren, le gritan que no moleste. Suena el timbre para entrar al salón de clases y corre a la fila de su grupo.
De reojo ve a su maestra al frente de la formación y se angustia porque siempre lo pone en ridículo. Ya en el salón de clases la profesora les revisa a cada uno la tarea. Cuando le toca el turno a Rafael le dice que sus cuadernos y sus libros son una porquería, que no le entiende a su letra y de castigo lo deja parado con otros compañeros en las mismas circunstancias. Se le hacen eternas las horas en la escuela, mientras los niños que están sentados se burlan.
Por fin suena el timbre anunciando la salida, toma su mochila y espera la orden para formarse; en ésas está cuando la maestra se le acerca y le dice que quiere hablar con su mamá y si no va que mejor ni se presente. Rafael permanece callado, toma sus cosas y se va.
Cuando sale de la escuela se dirige a su casa, pero sólo de pensar en la sopa de la vecina siente náuseas. Distraído se echa a caminar por calles distintas a las habituales. Camina y camina y pierde la conciencia del tiempo. Sin proponérselo llega a un deportivo, entra y se sienta en una banca, así pasa un buen rato hasta que llega un niño casi de su misma edad, trae una pelota y su mochila de la escuela.
El niño deja sus cosas en el piso y se pone a patear la pelota. Rafael lo observa. El niño también lo ve y le pregunta si quiere jugar con él, Rafael acepta en seguida. Deciden poner una portería con sus mochilas y se turnan los puestos de portero y tirador de penales. Pasan las horas y siguen jugando, a veces en los columpios, a veces con la pelota. De pronto el niño ve a lo lejos a su mamá, quien lo anda buscando, le dice a Rafael que se va porque si no le pegan, toma rápidamente su mochila y su pelota, huye. Rafael sólo atina a observarlo.
Rafael sale del deportivo y toma un rumbo desconocido; después de caminar varios minutos, descansa en el asiento de un parabús. Ve pasar los coches, van y vienen. Mira cuando las personas ascienden y descienden de los autobuses, ni las unas ni las otras deparan en su presencia, tampoco parece importarle. Al poco rato retoma su camino.
Así transcurre el tiempo, ya casi es de noche. A lo lejos observa en una calle a mucha gente y la curiosidad le anima a averiguar de qué se trata, se acerca, ve las casas adornadas, muchos juegos mecánicos, los niños con sus madres y sus padres, una banda de música y muchos puestos con luces, es la fiesta de un barrio a donde ha llegado.
Se mete entre la gente y como puede llega hasta la entrada de la iglesia, en donde los feligreses apenas caben, escucha la voz del cura. No entiende. Decide ir al costado del templo porque en ese lugar están encendiendo juegos pirotécnicos y mira cómo el cielo se llena de colores y las explosiones llaman su atención. Ahí se la pasa un buen rato.
Sale de la iglesia y camina con su mochila en la espalda entre la gente, ve puestos de buñuelos, de pan recién preparado, de dulces, de algodones, por aquí; de bebidas, de tiro al blanco, de boliches, de dardos, por acá.
Más adelante están los juegos mecánicos, escucha los gritos de quienes están en las alturas de la rueda de la fortuna, se emociona y echa a andar, la música se escucha cada vez más fuerte, la gente va y viene, él recorre a mirar todos los juegos, pero el que más le llama la atención es el de las sillas voladoras, ríe tan sólo por mirar cómo los demás niños están felices, siente como si fuera él el que viajara en una de esas sillas.
El encargado de ese juego lleva rato observándolo y le dice que si quiere subir, que él le regala la entrada. Rafael acepta y corre a subirse a una de las sillas voladoras, se pone el cinturón de seguridad y agarra las cadenas delanteras.
El juego empieza a girar poco a poco, el aire se estrella cada vez más violentamente en su rostro, sus gritos se confunden con los de los demás niños, el sonido de la música es cada vez más ensordecesor, el bullicio de la gente se confunde con los truenos de los cohetes que están lanzando desde la iglesia, la velocidad con que giran las sillas es más intensa, abre los brazos y siente que vuela, cierra los ojos y lejanamente escucha que le dicen que se levante, que es tarde, es hora de ir a la escuela.

lunes, abril 21, 2008

:::: Cuarenta años

Diana Violeta Solares Pineda (México)

“Se está cayendo el cielo”, le dijo Pedro a manera de saludo mientras se quitaba el plástico que lo había cubierto de la lluvia. Ella apenas levantó la mirada del escritorio, vio de quién se trataba y, sin responder, siguió escribiendo.
Pedro colocó en un rincón sus herramientas de trabajo y se sentó en una silla. Consultó su reloj, todavía faltaba media hora para que acabara la misa. Se quitó el sombrero y empezó a darle vueltas entre las manos mientras observaba las paredes y los archiveros de la oficina parroquial.
La lluvia golpeaba el techo, algunas tejas cayeron estrellándose contra el piso, pero ni siquiera ese ruido distrajo a Esther de su tarea. Con una pluma fuente escribía los nombres de los niños y niñas que habían sido bautizados en la parroquia durante el último mes. Escribió “Dulce María Olivares” trazando líneas suaves, después, con rasgos burdos escribió “Wendy Peredo”. En seguida anotó los nombres de los padres, de los padrinos y la fecha del bautizo. El libro de registro de bodas, bautizos y confirmaciones de la parroquia era su tesoro, no sólo porque era la encargada de ponerlo al día desde hace un par de años, sino porque en ese libro tenía marcados, secretamente, sus nombres favoritos para el día en que tuviera que elegir alguno.
“Venga a cobrar mañana, el padre tiene que descansar”, le dijo sin mirarlo y sin dejar de escribir.
“Nomás cobro y me voy, no lo entretengo.” Le respondió con un tono amable, casi de súplica. “Es que la semana pasada corté el pasto y no me pagó y hoy podé el rosal y la bugambilia…”
Como Esther seguía sin levantar la mirada, Pedro prefirió guardar silencio y seguir esperando.
La mujer terminó de registrar al último bautizado, sopló suavemente sobre la hoja para secar la tinta, echó un vistazo a los nombres que estaban subrayados en color rojo y cerró con brusquedad el libro. “Como quiera”, dijo como si hubiera transcurrido apenas un segundo desde la última vez que Pedro le respondió. Se envolvió con un chal y tomó su bolso, pero al asomarse a la puerta se desanimó, el agua caía a cubetadas. Miró el reloj y luego a las nubes negras. De reojo alcanzó a ver al hombre que seguía sin moverse en la silla; hizo una mueca, se enredó más en su chal y se recargó en el marco de la puerta a esperar.
Sin darse cuenta se puso a contemplar las gotas que caían sobre los pedazos de tejas en el suelo. Poco a poco, el sonido de las gotas se fue metiendo en sus oídos. Cada gota era uno de sus nombres favoritos: mentalmente acarició el de “María Teresa”, sonrió al encontrarse con “Ángela”, pero al pensar en “Concepción" sintió una punzada.
“A la hortensia le va a caer bien el aguacero, trae muchos botones”, le dijo el jardinero con ganas de iniciar una plática. En lugar de responder, Esther se llevó la mano al lugar que le dolía, sus dedos se estremecieron al contacto con una cicatriz abultada en el abdomen.
Concepción fue el nombre con el que bautizó a la última niña que atendió cuando trabajaba en el sanatorio de la Arquidiócesis. Le puso así porque la niña se estaba muriendo, porque las monjas le habían dicho que debía hacerlo si algún niño estaba grave y no había sido bautizado. No era la única que lo hacía, también los médicos y otras enfermeras, aunque su orgullo era el de haber realizado el mayor número de bautizos en el hospital; de hecho, recorría las cunas para buscar alguna señal, alguna amenaza de muerte: niños boqueando con la respiración cortada, piel fría, colores pálidos o morados, cuerpos flácidos. Más de una vez le llamaron la atención, le dijeron que ése no era su trabajo, que alarmaba a las madres de los niños, quienes ya no querían que se acercara a las cunas porque la miraban como ave de mal agüero.
“También el durazno está bien cargado, el cura va a tener fruta a montones…” Pedro siguió con su monólogo para no sentir el silencio pesado de la mujer y porque le entusiasmaba hablar de las plantas que él cuidaba, mientras ella se restregaba las manos sin despegar los ojos de las gotas que se reventaban en el suelo.
La última niña que Esther bautizó fue a Concepción, porque a los pocos días a ella misma la metieron en un quirófano. Ya se lo habían dicho, matriz que a los cuarenta años no da hijos, da cáncer. La suya tuvieron que arrancársela cuando una hemorragia estuvo a punto de matarla. Desde entonces tiene ese sueño en el que se mira con cuerpo de gallina y alguien con brazos enormes la abre como al huacal de un pollo, oye cómo truenan sus huesos y escucha el sonido que hacen las tripas cuando el pollero las arranca de cuajo. Cuando se recuperó de la cirugía ya no quiso regresar al sanatorio y buscó acomodo en la parroquia de su pueblo. Al sacerdote no le interesó que fuera enfermera, pero sí que tuviera buena caligrafía. Ella se conformaba con asistir al cura en cada bautizo y con registrar nombres y apellidos.
“Las rosas de castilla ya abrieron pero las azaleas no. Yo creo que tienen plaga, como que se están secando...” Pedro se soltó hablando de lombrices, hormigas y demás bichos. Esther miró con desesperación el cielo que seguía gris, la lluvia no paraba y las punzadas en la cicatriz eran cada vez más fuertes.
“O le quitamos la plaga o mejor la arrancamos, no vaya a ser que contagie a las demás, ya ve que hay malas matas…” Pedro interrumpió su plática cuando vio salir a la mujer corriendo debajo del aguacero, por un momento se quedó inmóvil, pero cuando la vio resbalar al cruzar el jardín del atrio, tomó su impermeable de plástico y corrió hacia ella.
Cuando al fin estuvo cerca y escuchó su llanto, entendió que no era por la caída. Delicadamente y en silencio le puso el plástico encima y se fue despacio, dejándola ahí, llorando junto a las azaleas.

lunes, febrero 18, 2008

Ballenas en el mar de Cortés



Fotografías: Andy McCullog

Autor: Princesa Jñanachandra (Tara)

Aquí no hay hombre
allá no hay mujer
no hay yo, persona
ni consciencia.
La etiqueta de masculino femenino
no tiene esencia
Más engaña al mundo de mente perversa.

sábado, enero 26, 2008

:::: Falocefalia




Aglaia (España-México)
Es cosa conocida entre las mujeres que el hombre es un ser falocéfalo. Ello no indica - por más que a veces lo parezca - ningún rasgo de anormalidad cerebral en la especie masculina, aunque genere, con harta frecuencia, severos conflictos de personalidad. El hombre se escinde, se secciona, se rebana a sí mismo en dos mitades, y establece, entre ellas, un esquema de juego bicéfalo que enfrenta, y supedita, la cabeza principal –entiéndase aquella situada sobre los hombros- a la secundaria –ubicada hacia el borde inferior de la cadera, en lo que podría denominarse apéndice coxal-. De este modo, cada hombre se duplica a sí mismo y pone en marcha un sistema binario entre el seso y el sexo o, lo que es lo mismo, entre el cerebro y la testosterona. Así, él –el hombre- habla de él –el apéndice- en tercera persona, confiriéndole merced al distanciamiento lingüístico, vida, voluntad e independencia notables que restringen las suyas propias. Si él – el apéndice- no se comporta con la normalidad debida, es decir, con la movilidad y expansión adecuadas, él –el hombre- cae en una suerte de complejo de minimización personal que lo aboca, irremediablemente, a la más negra de las depresiones, con consecuencias lamentables que pueden, incluso, encaminarlo al suicidio. Cuando, por el contrario, él –el apéndice- cumple puntualmente su cometido, él –el hombre- se metamorfosea en un ser pleno, confiado, orgulloso de él –el apéndice- y, por extensión, de sí mismo, capaz de comentar , sin rubor alguno, los prodigios que él –el apéndice- realizó a través de él –el hombre- . Sortilegios singulares, récords inigualables, hazañas olímpicas que le confieren a él –el hombre- el grado de satisfacción necesario para poner a funcionar todos y cada uno de los esquemas del resto de su existencia con la seguridad absoluta de lograr el éxito. Por ello, señor mío, nosotras las mujeres –seres unívocos y unicéfalos- nos vemos obligadas a guardar en la mesilla de noche, en un frasco de aspirinas, pastillitas de viagra –conviene mezclarlas con el brandy los días que él se muestra remiso- y a asistir con mirada de madre tolerante a las muestras de complacencia que él le dirige a él en aquellas ocasiones en que él cumple sus obligaciones con la eficacia y la eficiencia debidas. Finalmente, mal que nos pese, somos incapaces de prescindir de él..., de ellos...




Ballenas en el mar de Cortés
Fotógrafo: Andy McCullog

:::: “Metempsicois”

Mariví Cerisola (México)

Te marchaste el último día del año y las primeras horas, de los primeros soles, no pude encontrar consuelo en ningún sitio. Rabia y desconcierto hurgaron mi interior abriéndoseme un hueco como de bala que fluía a raudales y, cual loba herida, me arrinconaba para lamer la lesión de ingenuidad. Maldecía por haber confiado en una piel que imaginaba igual a la mía y, mientras los ojos se me hundían con los recuerdos, escalofríos de dolor laceraban mi dermis.
Rastreaba con ansia los escondites en busca de tu aliento, de tus caricias, de mi vida con tu vida. Todo fue en vano.
Una mañana, al despertar, me descubrí con los rasgos afilados, los ojos enrojecidos y un morro babeante que iba ensuciando con espumajos blancuzcos el suelo por donde empezaba a agazapar mi encorvado cuerpo. Confundida, lanzaba zarpazos a los incautos que no podían comprender mi trance y me oculté de la luz dentro de una zanja que cavé en un apartado del jardín.
Por las noches deambulaba en solitario mi tristeza y en rotación aullaba a tu persona que, a manera de luna menguante me despreciaba irónica en medio de las tinieblas.
Varios amaneceres los caminé sin rumbo con la esperanza de cazar alguna otra esencia semejante a la tuya. Sin embargo, al olfatear otros humores me fustigaba el terror a lo inexplorado y con gemidos lastimeros retornaba a mi refugio.
Concebí el verdadero espanto de tu ausencia un anochecer cuando el instinto nubló por completo mi ya menguada conciencia y tuve el deseo de desgarrar tu carne, empapar mi dolor con tu sanguaza, matarme las ansias con tu agonía y, a modo de contrición, extirparte las entrañas para comérmelas como carroña.
Anduve perdida dentro de un bosque de locura y tormento en donde manadas de depredadores rugían para que me uniera a su delirio, pero, tan débil me hallaba que mi extenuado espíritu no pudo encontrar el llamado de mis iguales.
Cargué intemporal un pelaje dolorido mirando el mundo a través de rojos centelleantes.
Una mañana, de las últimas horas, de estos últimos días, desperté para escudriñarme en manos, cuerpo y cara algún rastro de la bestia que hacía horas y estrellas habitaba en mí. No descubrí huellas ni lamentos. El exorcismo del olvido me había regresado a mi forma original.

sábado, agosto 04, 2007

:::: Si gusta sentarse aqui, Licenciado


Fotógrafo: Amélie Olaiz


Eusebio Ruvalcaba (México)

Su andar es nervioso, cuando no atropellado. A todas luces se advierte que lleva prisa. Se entiende con el mesero a grandes voces. Lo llama, gesticula, hace aspavientos formidables, que irritan de sólo verlos. Por fin le dan una mesa. Cuenta los lugares y, por el gesto de labios y ojos, es claro que evoca el nombre de los invitados. La mesa es redonda y pronto ocupa su sitio. Ordena una bebida acompañada de coca cola, con seguridad un brandy Don Pedro. Da el primer sorbo tan abruptamente, que un hilito de bebida le escurre por la comisura de la boca. De pronto, hace su aparición un grupo de personas: cuatro hombres y una mujer. Es el grupo que él espera. Todos vestidos con el riguroso traje oscuro y la corbata salpicada de colores, marchan en forma compacta, salvo por uno de ellos, el líder, que va dos pasos adelante.

Él se pone de pie y jala la silla que está a su derecha. "Si gusta sentarse aquí, licenciado", dice con los ojos revestidos de clemencia hacia su superior. El licenciado lo duda un poco; mira los demás lugares, mira hacia la barra, mira a la mujer. Acepta, toma asiento y a la vez le hace una indicación a la mujer para que se siente a su lado. Una indicación, por cierto, sutil, apenas visible para los atentos.

¿Qué quiere tomar, licenciado?, pregunta el hombre, cuando el mesero se ha acercado. Un Presidente con agua mineral, dice. Y él repite la orden, como si el mesero fuera sordo, o como si hubiera estado distraído: Un Presidente con agua mineral para el licenciado, insiste. El mesero termina de tomar la orden y se retira.

Son las dos de la tarde, justo la hora en que el calor parece depositarse como una gran concha que lo cubriera todo. Quedan pocas mesas vacías en la cantina. En realidad se trata de una de esas cantinas convertidas -a fuerza de una mano de gato en la decoración, de instalar su valet parking en la entrada y de dotarla de iluminación indirecta- en restaurante de lujo para burócratas o yupis de bajos vuelos. La clientela parece cortada con la misma tijera: piden lo mismo, se visten igual, hablan de temas semejantes. En cada vértice de la estancia yace un monitor encendido: cuatro televisiones transmitiendo videoclips por cable. El barullo es grande, se escuchan vasos que chocan entre sí, voces llamando a los meseros, ruidos de cubiertos, conversaciones inconexas. Pero sobre todo, el sonido inconfundible de un conjunto musical: dos guitarras y un arpa rubricando sones jarochos. El conjunto va de un lado a otro, por lo que la música parece estar en todas partes.

Gruesas gotas de sudor escurren por la frente del hombre, por su nuca, por el cuello. No se da abasto con el pañuelo, pese a que parece un pañuelo más grande de lo normal. Qué calor, dice, y mira el enorme ventilador que cuelga del techo pero que, para desgracia de todos, permanece apagado. Pero el calor de mi tierra no se compara. Es un calor seco, añade. Y, una vez más, se enjuaga el sudor con el enorme pañuelo. Entonces levanta el vaso y brinda con el licenciado.

No es un calor seco, aclara el licenciado cuando levanta el vaso, es calor húmedo. El calor de Hermosillo es calor húmedo, no seco, de cuándo acá. Dice y bebe. El licenciado es gordo. Una descomunal panza da idea de un apetito excesivo, de comilonas abominables, de tragos acumulados a través de los años. Sus ojos son pequeños, como dos diminutas alcancías horizontales puestas ahí por un demonio. Apenas brillan sus pupilas en medio de esas ranuras; pero brillan lo suficiente como para remarcar su pensamiento.

Usted será de Hermosillo, apunta, pero está confundido. Para calores secos, el de Apatzingán. Ése sí.

El hombre lo mira detenidamente. En sus ojos se adivina la réplica, que está a punto de sobrevenir; pero también la prudencia, o algo parecido. Tiene razón, licenciado, se escucha decir. Las palabras salieron débiles pero claras, casi a tirabuzón pero dichas con la precisión indispensable, para que no hubiera lugar a dudas. Pero no es nada nuevo para el hombre hablar así. Tan no lo es que el tono lo tiene ensayado a la perfección. Es como si hablara con sordina, como si no dejara que su propia voz fuera a delatarlo. Desde niño había escuchado a su padre hablar así cuando lo hacía por teléfono. Parecía que hablaba y no hablaba. Como si tuviera miedo por anticipado. Así había sido su padre y así era él, se repetía cuando se descubría haciendo lo mismo.

¿Gustan la botana?, preguntó el mesero. Todos dijeron que sí. O casi todos, porque antes de ordenar la suya, el hombre le preguntó al licenciado: ¿Le pido su botanita?

Pronto la mesa se vio colmada de la siguiente ronda -la tercera- y la botana: consomé de carnero, al que siguió arroz con tortillas a granel. El consomé hizo que todos sudaran profusamente, incluso la mujer, que al pasar la servilleta por sus sienes dejó en el papel una buena dosis de maquillaje color carne. Llévese estos platos, límpiele su lugar al licenciado, le gritó el hombre al botanero cuando lo tuvo cerca. Y por ahí nos sirve otra, ordenó, buscando la aprobación del licenciado. Pero al licenciado no le fue posible responder porque en ese momento besaba la mano de la mujer. Con suma delicadeza, depositó la punta de su lengua en la piel más o menos blanca, más o menos morena, de la dama. La mujer sintió la superficie acuosa, tenuemente rasposa, de la lengua, y, con el pretexto de que había gente alrededor, retiró la mano con estudiada discreción.

Todos los demás parecieron no darse cuenta. Sirvieron la siguiente ronda, y el hombre espetó a boca de jarro si podía hacer un brindis; lo prospuso, desde luego, con el vaso en la mano. Cuando el licenciado dio su aprobación, el hombre dijo que brindaba por el gusto de estar ahí, por la señorita Griselda que compartía con ellos la mesa, pero sobre todo por el licenciado, porque trabajar a su lado significaba la oportunidad que muchos mediocres envidiarían; aseguró, en un tono más de pelea que de fiesta, que para él era un motivo de agradecimiento y que por eso estaba ahí, precisamente por estar al lado del licenciado. Y que aunque esto no era la primera vez que ocurría y seguramente seguiría repitiéndose muchas veces más, él siempre lo ponderaría lo mismo.

Ponderaría. Le gustaba decir ponderaría o palabras semejantes, palabras que le permitieran exagerar lo que decía y que le hacían parecer elegante. Habría continuado su brindis, pero el licenciado jaló hacia sí las tortillas y se preparó un abultado taco de barbacoa, con tan mala surte que la salsa se escurrió y fue a caer exactamente en su corbata. ¡Con un carajo, me lleva la chingada!, gritó, arrojando, por exabrupto, un pedacito de tortilla ensalivada; nadie supo qué hacer, salvo el hombre que, con extremo cuidado y pidiéndole permiso al licenciado, tomó el salero y espolvoreó la mancha que había dejado la salsa en la corbata. Así se corta la grasa, de lo contrario la mancha nunca se quita, hizo la aclaración cuando vio sobre sí la mirada del grupo.

Se percató entonces -aunque acaso por un segundo-, con cierto asombro y cierta tristeza, de que aún no concluía su brindis; pero le pareció inoportuno levantar la copa y continuarlo; a la primera oportunidad lo haría. Tarde o temprano, quizás la próxima semana, quizás en quince días, comerían una vez más. Se dijo.


Siéntese aquí, por favor. Tibet.
Fotógrafo: Amélie Olaiz

domingo, julio 29, 2007

:::: Coito, ergo sum

Manuel Vila (España)
Los habitantes del planeta I. D. A., atrofiados sus genitales tras miles de mutaciones, se reproducen mediante la transmisión del pensamiento.

Analizadas las posibilidades de instalar una colonia en La Tierra, han desestimado compartir el planeta con seres que, atrofiado su cerebro tras miles de mutaciones, toman las grandes decisiones con los genitales.



Fotógrafo: Andy McCullog

jueves, julio 12, 2007

:::: Soledad






La soledad de uno es la de bandada
Fotógrafo: Mendoza-Olaiz


Ester Ortega (México)

La soledad es lo que me une a ti, lo único,
el lazo, la cadena, el nudo ciego,
lo que me diste y lo que me dejaste.
La soledad es lo que me habitó contigo.

domingo, junio 10, 2007

:::: Fragmento de Jardín errante


Juan Rulfo



Alberto Vital (México)

"Y es de aquellos actos de los que, antes de ejecutarlos, estuvimos más seguros, confiando en su cordura, pueden llegar a ser precisamente los más dolorosos de nuestra vida"

sábado, junio 09, 2007

Ciberpasión


Man, man, y man con uvas.
Ilustración: Amélie Olaiz



José T. Espinosa Jácome (México- EU)

Te confieso
cantábile morena
que me place en abril
jugar contigo
porque hueles a fresco y yerbabuena
y en tu océano de ideas
siento el abrigo
de tu mente voraz
que me persigue en laberintos
de virtual imagen

Aunque electrónicas
mis flores viajen
y el crucigrama de mi beite te intrigue
amo mirarte
hurgando en la alacena
e imaginar que un ángel te persigue
o cuando en fantasías
te lamo un higo

Y amaneciendo
hacia el Ajusco sigo
tu paso de gimnasta que me ordena
quedarme en casa
sin tu charla amena

viernes, junio 01, 2007

:::: Huellas


Y aún hay más
Fotógrafo: Amélie Olaiz

Marcial Fernández (México)

Dimos con el autor del monumental crimen, dijo el detective. Y su obra, su gran creación, no quedará impune. ¿De quién se trata?, preguntó entonces un periodista. De Dios. ¿De Dios? ¿Y cómo lo sabe? Dejó sus huellas digitales por doquier. ¿En dónde? En esos equinos llamados cebras.

miércoles, mayo 30, 2007

:::: Una de fantasmas




L´heure de manger avec la grand mère.
Fotógrafo: Arturo Mendoza


Josep Nuévalos (España)

El estornudo le hacer perder al fantasma su contorno. Desnudo, sin la sábana, ignora que su esencia vuelve a ser la de todos y con un automatismo antiguo, ejecuta inútiles apariciones y desapariciones que apenas harán algo más que impulsar una ligera brisa.
Sin su cubierta, ya no quedan de él más que el terror y esas ganas de huir de los vivos que siempre, siempre, están ahí.
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Javi, un brujo de Tíbet
Fotógrafo: Prieto

lunes, enero 15, 2007

:::: El amor


Puerto Vallarta, México
Fotógrafo: Arturo Mendoza



Ma. Esther Núñez (México)


Desde muy niño supe que yo era un ser mortal, que cualquier día la gente se enferma y luego muere. O no: se enferma y luego sana para más tarde enfermar de nuevo hasta que una mañana o una noche comprende que ésa será su última enfermedad. Yo estaba apenas convaleciente de un padecimiento leve pero prolongado cuando la conocí. Ella era una chica pálida y relamida que tomaba café en la mesa de junto. No había llamado mi atención hasta que después de terminar su café se puso de pie y se encaminó hacia la puerta con los movimientos rápidos y definitivos de un animal salvaje. Como si su andar no le perteneciera. Al pasar a mi lado percibí el peligro de su pelo, de su olor, pero no pude evitar ir tras ella. Me levanté y la seguí. La cacofonía de la calle crecía ensordecedora mientras, caminando a prudente distancia, veía las salientes óseas de su cuerpo a través de la delgada tela floreada en amarillos. Imaginé su cuerpo largo, duro, hecho de varas delgadas y macizas articuladas en ángulos agudos dando forma a ese enorme insecto que de alguna manera me sometía. Una enfermedad fatalmente dulce despertaba en mi interior.
La joven se detuvo en la esquina a esperar el cruce de los autos. Me paré a su lado y se volvió hacia mí. Le sonreí con discreción, luego miré al cielo en actitud indiferente y dije: parece que va a llover. Ella me devolvió la sonrisa en una mueca que no dejaba lugar a dudas; alzó el rostro hacia la deshilachada musculatura de una nube violácea y en seguida le escuché decir: ¿usted cree?
Lo que en realidad le dije fue: parece que hubieras nacido para encontrarte aquí, hoy, conmigo, anunciándome una lluvia de llanto que, sin embargo, deberé enfrentar. Sé que intentarás matarme, siento tus aguijones de hueso cargados de amor envenenado dirigidos al centro de mi centro. Pero sábelo, voy a luchar. Estoy preparado y sé que sobreviviré.
Lo que ella en realidad contestó fue: ¿Tú crees?
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martes, julio 04, 2006

:::: Tú estás bien... yo tampoco


Fotografía: Amélie Olaiz


Eve Gil

Todo se hace en silencio. Como
se hace la luz dentro del ojo.
El amor une cuerpos en Silencio se
van llenando el uno al otro.
Jaime Sabines

Ambos exiliados: él, de una isla que no quiere saber nada del resto del mundo; ella, de las noches dulces apenas intuidas dentro de una armadura cuya ausencia todavía le causa frío. Él no quiere volver allá, prefiere fingir que su nombre no está sujeto a extradición. Ella desearía volver a experimentar la dulzura del arak, pero no…
Y se topan, una y otra vez, dentro del mismo café, él, con la mochila turística a cuestas, jalando de sus amiguitas púberes, ésas con las que puede hacer gala de su acento de galán de radionovela antigua, de su erudición cimentada en rollos de títulos universitarios; ella, con una libreta, sola, ocasionalmente escoltada por ese amigo suyo que habla su lengua (el francés le cansa) y que el isleño cree su amante, pero no. Los amantes, pensaba ella, se guardan en un baúl sagrado.
Y así transcurre la vida para ambos: él ejerciendo su hipnotismo de sangre caliente, la más caliente de todas las sangres, encantando escolapias como el flautista a las serpientes. Ella, su justa antítesis y tan igual al mismo tiempo; tan oscura ella como rubio él, enarbolando cigarrillos baratos, de estanquillo… ondeando ella sus king Edward que fuma nada más para hacer uso de la recién adquirida libertad… y de pronto las miradas coinciden en la columna de espejos, situada justo en la división entre sus mesas (¿por qué siempre buscan su mutua cercanía?).
Él no ha dejado de parlotear con la escolapia en turno, feuchita pero carne fresca, intelecto virgen. Ella está sola ahora, su amigo de café ha llegado con su esposa, una gorda monumental, sin dirigirle el saludo pues las esposas no toleran amigas como aquella, emancipada del velo. Él ha advertido la maniobra. Piensa que ella es hermosa –no su tipo, procura convencerse-; su tez de un dorado incendiario, copia exacta de la tonalidad de las arenas del Sahara; sus ojos tan grandes que a veces no parecen humanos, sobre todo cuando lo miran como venada herida; su boca, una rosa que quiere reventar pero muere en el intento; el pelo, carnavalesco desorden en tres castaños. Por momentos le recuerda a las mujeres de su isla, pero no, las hijas del desierto están educadas para inclinar la mirada, no para sacudir las caderas.
Y mientras ella, la mujer en el espejo, oscura, solitaria, enigmática, no habituada aún a la exposición a la luz, garrapatea sin cesar en su libreta unos signos que, sabe, él no podría descifrar. Él no denuncia su verdadera nacionalidad, más bien parece francés (ella creyó que lo era hasta que lo escuchó hablar en español); el pelo fino, de un dorado crepuscular, los rasgos angulosos, el porte altanero. Ella escribe versos de odio al hombre rubio, peste de Alá.
Ella ya va por el quinto puro. Fuma sin saborear, como si se tratara de un maratón. Él saborea apenas el segundo cigarrillo y sus ojos no dejan de buscarla en el espejo. Manipulan sus tazas con tan perfecta sincronía hacia sus bocas que es prácticamente un beso, una orquesta virtual que interpreta la nota final de cualquier composición de Stravinsky. Él se siente solo de repente, recuerda que la escolapia narigona que babea ante sus ojos es apenas un instante, acaso otra virginidad por descoser. Al rato llegaría otra, la del celular pegado a la oreja: la de los pantaloncitos entallados a un culito alto; la de la apariencia de Barbie de metro sesenta y las tres revolotearían en torno suyo, en un especie de aquelarre que a ella se le antoja demoníaco, insultante, pero al mismo tiempo le recuerda a su padre cargado de regalos clandestinos para ella. Él vuelve a sentirse un niño de pelo rojizo, descalzo, erigiendo colosales mundos a la orilla del mar, garrapateando sobre la arena versos que le ha escuchado honrar a su abuelo.
Ella escucha a sus espaldas las tonterías que él parlotea sobre Lovecraft. Datos imprecisos, con una cierta dosis de invención, pero que mantienen bobas a las colegialas a las que naturalmente les importa un pepino quien es el tal Lovecraft mientras lo escuchan hablar con esa voz grave y con acento de otro mundo. Sus miradas vuelven a converger en el espejo y por un momento, pillada en su envidia, ella arrastra los ojos hacia el vacío (ayer fue él quien los apartó al verla salir del sanitario, con sus rotundas caderas y su pelo de carnaval) y se odia a sí misma por permitir que eso suceda.
Ella solicita que le colmen la taza de nuevo, café con leche descremada. Él ha ordenado croissants con mermelada… ¿cómo puede mantener ese aspecto atlético comiendo semejante chatarra? A él le ha sido cumplido el capricho en cuestión de segundos por una rubia y sonriente camarera a la que, naturalmente, le entrega la propina enrollada en un papelito con su número telefónico. Ella sigue esperando la leche descremada. Lo ve masticar en forma singular, como si la mantequilla fuera un elixir resbaladizo. En realidad, él está imaginando la textura de la piel de ella, la mujer en el espejo, y finge que no ha imaginado mil cosas, y coge la mermelada con el dedo –“¡qué pésima educación tienen estos latinos!”-, y esa inocente acción los envuelve en una misma electricidad.
Después lo mismo: ella se levantará y los ojos de él perseguirán ávidamente las caderas que se niegan a ondear, y la ensartará con la pura mirada como a una mariposa, hasta verla desaparecer dentro de un impermeable azul que le cubre la boca… y otra vez lamentará ser lo que es, pues supone que ella lo desprecia –ha desarrollado complejo de culpa por ser un eterno extranjero- y por consiguiente no se atrevería a abordarla… si acaso volverá a pasar a su lado para tocarle disimuladamente el hombro, sin imaginar como ella se estremece cada vez que lo hace. Ella irá entonces al tocador para contemplar desanimada su propia belleza, temerosa de que esta sea apenas una ilusión que quede aplastada en el cristal, que él no pueda verla…
Esa noche dormirán solos… incluso él. Otra vez solos, acompañados apenas por sus mutuas miradas en el espejo, añorando inexplicablemente esa otra mitad que insisten en alejar. Ella y él se desean, se logran una en los ojos del otro, se añoran de un lado a otro de las mesas, se tornan dulzura en el paladar, rosca de anís, pan con mantequilla, fresa y chocolate, incapaces sin embargo de derribar la barrera del odio y volverla escombros de cristal para fundirse en el abrazo para el cual fueron creados, café con leche. Apagan sincronizadamente la luz de sus respectivas lámparas. Buenas noches, Sheherezade; Buenas noches Leandro. Quizá algún día, él y ella….
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lunes, junio 12, 2006

El funeral


Dublín
Fotógrafo: Amélie Olaiz


Ma. Esther Nuñez

Hoy sábado escuché el silencio de Dios. Asistí al funeral del hermano de una amiga muy querida y vi de nuevo a la muerte. La observé en su rostro atristado, en los ojos transparentes, en esa mueca que aparece en sus labios cuando tiene ganas de llorar. Percibí la vida como un breve espacio que transcurre calmo o encrespado sobre un enorme trasatlántico que navega tan lento que no nos damos cuenta de que el suelo es movedizo. ¿Cómo será esa muerte que Dios nos prometió? He vivido muchas muertes y, sin embargo, mi cuerpo aún tiene corazón. De día casi siempre lo olvido, pero a veces aparece escandaloso fuera de sitio: en mi oído pegado a la almohada, en mi pecho, en mis sienes, en un párpado que de pronto aletea con un palpitar uniforme y misterioso que hace evidente el espíritu obstinado del corazón.
Mi cuerpo ha resistido varias muertes. Mi última visita al quirófano fue un trayecto de mi génesis a mi apocalipsis: antes de perder del todo la conciencia, con miedo no a morir sino a sufrir, hendí como Moisés el mar de mi vida con mi carne desnuda hasta llegar a la otra orilla y, al despertar, me encontré viva pero confusa, sin saber si eso era la resurrección.
Vivía permanentemente con dolor desde hace tanto, que se acostumbró a vivir con él, comentó mi amiga acerca de su hermano. Doloroso el dolor, pensé. Cada dolor es un remedo de muerte que ahuyenta a la muerte misma por la gran carga de vida que sustenta. Los muertos no lo padecen. El dolor nos cubre de insomnio, de cansancio, de desesperanza, pero también hace ostensibles los instintos más primarios. El de supervivencia surge como una contundente inclinación a buscar el vigor y la fortaleza que anidan a veces adormecidos dentro de nosotros. Tánatos también aflora, con su seductora promesa de reposo. Nunca antes había pensado en la muerte como el sitio de mayor serenidad.
Hay muchos tipo de dolor: el del alma, el del cuerpo, el que se da por el solo hecho de existir. Pero descubro que a mayor intensidad del dolor, mayor aliento hacia la vida: una pastilla, una caricia, un cambio de posición, toda una gama de habilidades que, bien usadas, nos permitirán disfrutar del estado primigenio: estar simplemente vivos.
Recuerdo la primera vez que vi El regreso del hijo pródigo de Rembrandt cómo agonicé mansamente cubriéndome de oscuridad en un creciente estado doloroso. Desperté cuando casi sucumbía a mi muerte gracias a un gesto cotidiano. ¡Me alegré tanto de estar viva! La apacible agonía ante una pintura exquisita o una melodía sagrada no es más que un acercamiento al sufrimiento, al llanto que brota inexplicable ante la belleza. A mayor dolor, parecería, mayor plenitud de vida; incomprensiblemente nos aleja del agobio de tedios y grises cotidianos: justo ahí es donde aparece Dios con su rostro de león y de cordero.
Cuando murió papá me sorprendió que el mundo continuara: ¿cómo pueden seguir viviendo los pájaros, los niños? ¿Cómo es que la humanidad entera no está de luto, como yo? ¿Cómo es que él, mi padre, fuera tan poca cosa que su muerte no paralizara a las estrellas? ¿Cómo es que lo soporto y sigo conduciendo un automóvil, hablo por teléfono, compro la comida? Era algo inexplicable. Lo único que le sobrevivió fue mi carne. Y mi cuerpo -hoy sé insignificante- un día también va a desaparecer y entonces podré mirar a Dios con ojos azorados. Gracias a este saber es que puedo continuar echada a andar hacia delante. Gracias a este saber es que puedo convivir conmigo misma y sufrir con un goce de vida que antes no tenía.
Esa tarde pocos se acercaban al féretro; la gente congregada alrededor de los deudos hablábamos, queríamos oírnos para no escuchar el silencio de Dios que rodeaba la pequeña caja al fondo del salón. De pronto mi amiga evocó anécdotas familiares con una sonrisa: se abría paso el consuelo: la ausencia del hermano se configuraba -como un sueño que se recupera en la mañana- en otro modo de presencia.
En la funeraria, este sábado, tendidos él y yo un cuerpo al lado de otro, navegando lentamente en la barcaza gigantesca donde juega Dios a las apuestas, he ganado. Qué jubilosa vergüenza escuchar mi corazón: viva yo y muerto él. Perdón, amiga.
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Dolores, 3a sección
Fotógrafo: Amélie Olaiz