Esta galería de autores contemporáneos se creo en 2004

viernes, julio 29, 2011



Fotógrafa Amélie Olaiz

El mensaje de Leo

Sandy Celorio


“que cuando el corazón se salga del pecho, pueda encontrar su camino de regreso”

Mario Benedetti


Te habías ido ya cuando bajé a desayunar. Un sobre grande y amarillo sobre el tazón de cereal; atrajo mi atención. Reprimiendo la curiosidad lo puse a un lado mientras me servía el café, y sólo después de beber un sorbo lo abrí. Todo me esperaba menos un paquete de boletos de avión: México-Londres- ¿Atenas? Releí tratando de encajar aquella pieza en el rompecabezas que era en ese momento nuestro matrimonio. Pero no, no había duda, un boleto a mi nombre y el otro al tuyo con salida fechada tres días después. Sin atreverme a asumir lo que veía, llamé a tu oficina.
-¿Qué pasó? respondiste sin que tu tono de voz me diera alguna pista.
-Tengo en la mano los boletos que dejaste y me estoy preguntando si sueño o estoy despierta.
-Estás despierta y si me haces el honor de acompañarme, la salida es el próximo viernes a las ocho de la mañana por lo tanto hay que estar en el aeropuerto a las seis ¿estás dispuesta a madrugar?
-¿Es un viaje de trabajo?
-Es un viaje para el recuerdo.
-¿Estamos celebrando algo?
- Todo a su tiempo ¿Vienes o no?
-Voy ¡claro que voy! pero si salimos dentro de tres días tengo que colgar. Bye.

¡Dios! ¡Dios! ¡Dios! ¡Gracias! ¡thank you! ¡merci! Después de tanto hielo estaba convencida de que nuestro matrimonio iba en picada. Por lo visto reaccionaste y esta vez, no te la voy a poner difícil. Haré todo lo que pueda para que el viaje sea un reencuentro afortunado, como antes, como siempre antes de que… ¡Basta! Cero recriminaciones… Respiré profundamente para tranquilizarme antes de buscar lápiz y papel y mientras tomaba mi avena, anoté nerviosa:
-Pedir a mamá que se quede con los niños.
-Hablar con las señoras de la ronda para ver quién puede sustituirme.
-Cancelar la comida del sábado con mis amigas y todos los compromisos pendientes hasta nuevo aviso.
-Hacer cita para manicure y pedicure un día antes de salir. Arreglarme el pelo, tal vez me lo corte un poco… ¡chin! un día antes de salir es pasado mañana…
-Hacer un equipaje muy bien pensado, quiero que me veas chula de bonita a todas horas…
Faltaba mucho por anotar pero la inquietud me empujaba a la acción, y sin terminar el desayuno me levanté de la mesa.
Como estaba previsto, el viernes por la mañana abordamos puntualmente.
-¿A qué se debe tanto lujo? –Pregunté sorprendida cuando la azafata nos hizo pasar a la sección de primera clase.
-Quiero que este viaje sea memorable; respondiste.
Una vez instalados, brindamos con el jugo de lima que nos ofrecieron, y como si lo hubiéramos acordado, ambos nos esforzamos en mostrar nuestros mejores modos. Dejábamos atrás muchos meses de pleitos y recriminaciones, de palabras hirientes que una vez arrojadas no se pueden recoger; sin embargo confié en que con el paso de los días todo fluyera de manera natural.
Alerta para impedir que el recuerdo amargo de tu descarada infidelidad se reflejara en mi actitud; entre brindis, bocados y ratos de sueño desasosegado, trascurrieron las horas del vuelo. Era obvio para mí, que coincidíamos en el intento de conseguir que al calor de la cercanía, se derritiera poco a poco el glaciar en que se había convertido nuestra intimidad. Me propuse perdonar de verdad, después de todo estaban en juego veinte años de un matrimonio aceptable en el que si bien hubo conatos -los hubo de ambas partes lo reconozco- nunca me había enfrentado a una infidelidad contumaz… ¿habías terminado con eso? Me negué a pensar en ello y me dispuse a la felicidad. Días soleados y amables de navegación en el Egeo, largas caminatas por las laberínticas islas, cenas agradables en cualquier terraza, abundancia de brindis: “Por la vida” decías tú. “Por nosotros” decía yo. Al volver a Atenas, mientras tu gestionabas en recepción nuestro ingreso al hotel, yo me acerqué al aparador de la joyería del lobby, donde antes de embarcarnos hacia las islas, me había enamorado un anillo con mi signo zodiacal. El magnífico Leo, con ojillos de esmeralda me esperaba en el aparador.
-Me encanta ese anillo- Te dije señalándolo, cuando más tarde pasamos por ahí.
-Me requetegusta” insistía al entrar y salir del hotel, pero ante tu indiferencia a mis insinuaciones; un día antes de emprender el regreso decidí comprarlo yo.
A la mañana siguiente, mientras gestionabas la salida del hotel, entré en la joyería y le pedí a la encargada que me acompañara para mostrarle el anillo… ¡que ya no estaba en el aparador!
-Lo siento señora pero justo ayer por la noche lo vendimos; me informó la espectacular griega que atendía el lugar. ¡Chin! no debí esperar hasta el último momento… bueno, ni modo, no era para mí, además, hubiera sido demasiado, el viaje, el reencuentro, no hay que tentar al diablo…
Creí que la escala en Paris, era la cereza del pastel, ignoraba que la gran sorpresa era el vuelo de regreso en el novedoso “Concord”, de lo que sólo me enteré cuando en el aeropuerto nos recibieron en una lujosa sala de espera destinada exclusivamente a los pasajeros de esa nave. A partir de ese momento todo rebasó mis expectativas: obsequios, mimos y una profusión de exquisitos bocados, postres y vinos que mantuvo la misma intensidad durante las tres horas veinte que duró el vuelo a Washington donde nos esperaba la limosina de Air France para llevarnos al hotel donde pasaríamos la última noche de viaje. Digamos que yo te hice el amor porque lo tuyo fue más bien una batalla cuerpo a cuerpo, percibí en tus caricias cierta brusquedad, algo como agresión.
Al día siguiente, en el vuelo final que nos devolvería a la realidad, pusiste en la mesita del avión el último fragmento del sueño: un estuche de terciopelo negro con el Leo de ojitos de esmeralda.
-¡Canalla! Fuiste tú quien lo compró y no me dijiste nada, -te dije- y me acerqué a besarte. Fue en ese momento cuando me entregaste la hoja doblada que tenías en la mano.
-Léela por favor.
-Desdoblé el papel y leí:
El propósito de este viaje ha sido cerrar con broche de oro un matrimonio que tuvo mucho de bueno pero que hoy no tiene futuro. Asumo la responsabilidad del divorcio cuando tú quieras y en las condiciones que tú misma impongas. Cuento con tu cooperación. Me quedaré sólo unos días más en casa para hablar con nuestros hijos y empacar algunas cosas personales. Tu Ex.

domingo, julio 10, 2011

Escupe Lupe



Fotógrafa Amélie Olaiz

Bajo el agua

Eusebio Ruvalcaba

No hace mucho, me invitaron a la presentación de un libro —“de la novela más ingeniosa de los últimos tiempos”, decía la publicidad que me llegó vía Internet. Confieso que en mi condición de enfermero no soy afecto a ir a presentación alguna, concierto, exposición ni nada que se le parezca. Pero esta vez la situación era diferente porque justo un paciente era el autor de la dichosa novela. Se había establecido un click entre él y yo, y cuando dejó el hospital me preguntó si tenía correo electrónico, se lo di —que su esposa apuntó con letra grande y de imprenta en una bolsa de papel estrasa—, y hete aquí que en un par de semanas me llegó el anuncio.
Fui a la presentación y me pareció lo más aburrido del mundo. Si la novela era tan ingeniosa, por qué los presentadores tenían que ser tan monótonos, me preguntaba yo, ¿o así serían todas las presentaciones? Tal vez.
Estaba a punto de ponerme de pie y marcharme cuando mis ojos se detuvieron en los ojos de una mujer que estaba sentada a un par de lugares, y que de casualidad se volvió a mirarme. Era evidente que venía sola.
Todo lo que para mí era aburrido, a ella parecía llamarle inmensamente la atención. ¿O no demostraba eso su cabeza que iba de un lado a otro, para no quitarle la mirada a quien en ese momento tuviera la palabra?, ¿o no delataban ese interés sus piernas, que las cruzaba de izquierda a derecha y a la inversa, con tal de tener una posición más cómoda?
En la misma medida sus facciones, su piel, su sedoso y brillante pelo me atrajo. Yo tengo 27 años —cinco de casado— y ella andaría por los 40 o los 45. No sé, siempre he sido malísimo para calcular edades. Pero de inmediato sentí el jalón de la carne —que fue exactamente lo que sentí cuando conocí a mi mujer, y que es exactamente lo que ha hecho que ella sea el monstruo de los celos personificado.
Decidí pues esperarme a que la presentación terminara y acercarme a la cuarentona. De vez en cuando un poco de adrenalina no está mal. Cada vez la veía más atractiva y deseable. Ella se percató de mi nerviosismo, se sonrió conmigo y me dirigió la palabra. Me preguntó si ya había leído la novela y le respondí que no —iba a responderle que en la vida había leído ni una sola, pero temí decepcionarla. Y enseguida investigó si el novelista era mi amigo. Claro que sí, hemos estado juntos en las buenas y en las malas. Oh, qué maravilla, ¿me contarías acerca de él?, estoy tomando un diplomado de literatura mexicana y me encantaría incluirlo. Por supuesto, yo te llamo, dije, extendí mi palma y escribí los números. Qué romántico, dijo ella, tenía siglos que no veía a nadie escribir en su propia piel.
Entonces la conversación comenzó a fluir. No soy casado, respondí. Y dije, muy quitado de la pena, que era subdirector de una clínica que se ubicaba en Polanco, exactamente en la esquina de Eugenio Sue y Ejército Nacional. Cuando me preguntó mi especialidad le dije que era ginecólogo, y que lo que yo perseguía era una suerte de misión imposible: atender a mujeres carentes de recursos que estuvieran embarazadas, que las había por miles en los cinturones de miseria de la ciudad de México. Qué maravilla, dijo, y entornó los ojos.
Pronto sirvieron el vino. Distinguí a lo lejos a la esposa del novelista. Ella también me vio, y a las claras me dio la espalda. Claro, mi profesión de enfermero seguramente no representaba para ella ningún atractivo. Yo tampoco insistí en mirarla. Al contrario, mejor que siguiera su vida y yo la mía. Lo único que me preocupaba era que mi acompañante tuviera su copa llena. Ser enfermero me permitía saber de las enfermedades. A simple vista identificaba a quien entraba con el coma diabético a punto de atacarlo, o con el infarto en puerta, o al que estaba a unos centímetros de la congestión alcohólica. Pero con la misma facilidad —cinco años de enfermero titulado y en activo me autorizaban— sabía las propensiones de cada quien. Y la mujer que estaba a mi lado —de nombre Alicia— no podía disimular su simpatía por el alcohol; ni creo que le hubiera interesado hacerlo.
Salí con el ánimo hasta arriba. Llegué a casa y mi esposa aún se encontraba despierta. Cuando me oyó salió a recibirme con la mejor cara. Te hice tu costilla a la mexicana, dijo. Quítate la chamarra y ve a lavarte las manos. Quiero que me cuentes todo, detalle por detalle.
Me miré al espejo mientras el agua escurría del grifo. ¿Ése era yo? ¿Un cobarde que pondría aquel teléfono bajo el chorro con tal de que su mujer no lo notara? Sí, ése era yo. Un antihéroe.
Los números finalmente habían desaparecido.

martes, julio 05, 2011

Um gato contemplador



Fotógrafo Francisco Botelho

Suzie

Gabriel Bevilaqua

Los gatos de Kaeronel son invisibles a los ojos de los perros. Resulta impagable ver cómo le toman el pelo a los más terribles e inicuos canes. Cuando concluyó mi trabajo en Kaeronel, pese a la prohibición de sacar a los gatos del país, no tuve corazón para renunciar a Suzie. Entonces no sabía que su invisibilidad se invierte fuera de Kaeronel; es decir, con el tiempo se vuelven invisibles a los ojos humanos y visibles a los de los perros. Día tras día, contemplé amargamente como Suzie ganaba esa trasparencia que uno supone sólo propia de los fantasmas. El día que finalmente desapareció, me recuerdo, frente al espejo, acariciando el fingido aire entre mis brazos. Para colmo con la invisibilidad vino el cambio de carácter. De silenciosa como un ángel pasó a alborotadora profesional. Conciliar el sueño se volvió una hazaña. Una noche, extrañado de no oírla salí en su busca. Hallé a un perro gruñéndole al vacío. Luego sobrevino un maullido, unas dentelladas, el silencio. Y, tras la oscuridad de un hilo de sangre, el regalo de verme por última vez en sus ojos.

lunes, junio 27, 2011

Manu



Autor Miguel Ruibal

:::: Un rompecabezas de tela y de papel

Yudi Kravzov

No es el otro el que duele,
sino nosotros borrándonos en otro:
borrándonos del mundo.

Vicente Quirarte

El día no acaba de amanecer y el insomnio me tiene despierta desde las cuatro de la mañana.
Para qué llamarte si tu voz refleja tedio, para qué escribirte si ya no contestas mis correos. Para qué insistir con los lentes de sol y el sostén negro que olvidé en tu casa, si pueden ser fácilmente restituidos. Estas cansado de esto que para mí apenas esta tomando textura, porque tu piel y la mía se llaman y tienen una conexión electrizante.
Decaída y malhumorada, cansada de no dormir y de borrar imágenes de venganza, imprimo cada uno de los correos que enviaste y formo un cuaderno de ochenta y seis páginas ordenadas por fecha y por hora. En unos me llamas valiente y auténtica, festejas mi franqueza. Me encantas, me alegras y hasta me das vida. Tus palabras son un bálsamo, tú mi torbellino, gracias por existir y me mandas besos en presente continuo, besos atrevidos y húmedos y yo al leerte me siento simplemente en un contigo.
Saco del armario la ropa con que me vestí esas contadas ocasiones en que nos encontramos frente a frente como un acto de valentía profunda, en que había que llevar el cuerpo del alma que había sido seducida. Hacerse presente. Mi falda negra, mi pantalón de mezclilla, la blusa color hueso y la verde que tanto te gusta, los tacones altos y el suéter color crema. El saco marrón que calentó mi cuerpo en ese último encuentro y por supuesto esa pulsera de latón que hace música y que compré mientras te esperaba en el centro comercial. Todo dentro de la maleta para releer nuestras cartas, vestirme para ti nuevamente, recrear nuestra historia encerrada en una habitación para descubrir dónde estuvo la falla, regresar al correo que no debí de haber enviado, a la mirada que te asustó, o quizás a esa palabra nunca dicha que nos aventó al vacío.

La exposición, la librería, dos veces en tu departamento; la fiesta en casa de Patricia y el café balcón de Coyoacán. Todo tan efímero. Y yo extrañándote. Veo el teléfono, ¿para qué llamo si no vas a responder?... y te pienso de nuevo, y me olvido por unos instantes en que escapo de mi cuerpo; y regreso a mí; lleno la maleta y tomo los correos impresos y lo meto todo dentro y huyo hacia el hotel de veinte pisos y me pregunto si de verdad, si alguna vez hubo algo, ¿por qué ya no te gusto ahora? Y no entiendo nada, y me pierdo en lo que creo que fue tu deseo... tú sacándome de tu vida, de tu mundo y yo instalada en que esto ya no tiene remedio.
Sin saber ni qué decir, encerrada y silenciosa, traicionada, claro que sí, llego en taxi hasta el hotel, pido la habitación en el piso más alto. Si te llamo sentiré que me repudias, dirás que estoy hostigado. Te sentirás una víctima, te arrepentirás de nuevo de haberme conocido y sentirás que te persigo, que no te dejo en paz. Yo la tonta sin remedio ¿Cuál fue la frase que te espantó? ¿Por qué dejaste de llamar si estábamos contentos?
Y rompo cada correo después de leer: eres auténtica y hermosa, crítica pero tierna, sabia hasta cabrona, y dices que mi voz es cálida , honda y entera. Y por eso rasgo la blusa que sintió tus dedos y destrozo la falda negra que mojé por tus caricias y la blusa verde escotada que desabrochaste lentamente y la playera guinda que con tanto halago modelé para ti.
Me dices que mi pasión te asusta, pero que también te ayuda a vivir, que me recuerdas siempre apasionada y leo que ilumino tus días: Mujer, admiro tu temple.
Y abro la ventana del vigésimo piso, me subo a la mesa y para mi sorpresa gritó: ¡ERES UN VAMPIRO!… y aviento primero los correos, después la ropa y cuando me voy a tirar yo, me detengo a mirar el vacío y veo volar nuestra historia en un rompecabezas de telas, y entonces despierto del trance y mi sangre tibia vuelve a correr por mi cuerpo. Mis labios dibujan una sonrisa, como hace mucho no lo hacían, y sin necesitar decir palabra prohíbo que sigas chupándote mi energía.
Desprendida de ti bajo de la mesa. Doy dos pasos para atrás y me acaricio el cuello. Respiro hondo, siento mi temperatura y el ritmo de mi respiración. Me miro al espejo, me visto y salgo por la puerta de la habitación, más valiente y más entera que nunca.

miércoles, junio 15, 2011



Fotógrafo Pedro Meyer

:::: Relato de Bicho

Gilberto Marti

Una noche me encontré al “Rostro”. Se veía tan solo y frágil que me nació el deseo de partirle toda la cara, ahí mismo, en el callejón.
Era el niño perfecto: bueno para el deporte, para las matemáticas…. En la escuela cada mes salía su foto en el “cuadro de honor”. Cuando no estaba conversando con algún maestro o con el mismísimo director, lo veíamos en la cafetería rodeado de chicas.
Aprendí a odiarlo en silencio y a esperar el momento de la venganza. Esa noche había llegado. Me paré en su camino. “Hola, bicho”, dijo. No le contesté: ya estaba calculando el lugar de la cara donde encajaría mis puños, imaginando el crujido sublime de su nariz. No alcancé a levantar ni un dedo: tras un rápido chisporroteo de cables, la lámpara del alumbrado se apagó, dejándonos en completa oscuridad. No recuerdo quién gritó primero, pero luego todo fue correr, escapar atropellándonos, dando tumbos en las paredes.
Al otro día, en la escuela, nos encontramos varias veces, ignorándonos, evitando la vergüenza de mirarnos a los ojos. Nunca le conté a nadie el incidente. Salimos de la primaria y nunca más supe del “Rostro”. Eso sí, cuando lo recuerdo sonrío, porque estoy seguro de que los alaridos como de niña fueron los de él.

lunes, junio 13, 2011

miércoles, junio 08, 2011

:::: Jardín de nada

Gabriel Rodríguez

A este sujeto se le comenzaron a aparecer los fantasmas de las flores muertas. Al principio no le dio tanta importancia pero conforme dicho fenómeno se hacía más y más constante resultó imposible ignorarlo. Mañosas, las apariciones aprovechaban las impares noches de soltero para asomar sus telúricas cabecitas gachas. Si él se paraba de la cama con antojo de agua fría, en el pasillo se topaba con un enorme girasol cabizbajo y semitransparente, una magnolia flotando en la pieza o una docena de claveles danzando. Salían temblorosamente de los parques y ventanas. Macetas en el camino chorreaban caídos tallos atorados en la eterna pausa de su deshojada desdicha. Polinizaban que daba miedo. Sigilosos acordeones de distintas flores muertas lo seguían a donde fuera. En más de una cita amorosa, rosas con o sin espinas hacían acto de presencia jugando malas pasadas con la chica en turno. Tuvo que dejar la gustosa manía de pisar hojas secas de otoño no sólo porque cuando se disponía a quebrar una resultaba que no estaba ahí, sino porque sus espectros eran los peores y más recalcitrantes, reproduciendo por horas el escándalo de su quebranto. Se ensañaron las flores de ultratumba con el pobre sujeto que, espantado, dejó de visitar la tumba de su hermano porque apenas entraba a un panteón era atosigado por los incontables brotes de florecillas escupiendo pétalos en cada tumba. A veces el simple hecho de apagar la luz era rodearse de una lluvia irremediable de las delgadas letras que brotan al soplar un diente de león. En toda su vida, y dependiendo la época del año, siempre había flores sueltas y arreglos caros, amapolas, claveles, nochebuenas, ramos de boda, rosas que se llaman labios de mujer; marchitas, con sed.
Con el paso del tiempo el hombre se dio cuenta de que no eran muy ruidosas aquellas apariciones encapulladas, hasta podían llegar a verse hermosas en grupos de diversa índole a esa hora en que el sol hace que las cosas parezcan pinturas. Como fieras o nubes o marcas de agua, los fantasmas adornaban todo abrir de ojos, rostro de político y boca de lobo. Viejo y abandonado, optó por asimilar aquello como una señal y encontró apremiante la labor de jardinero. Aprovechó la proximidad de su jubilación para hacerse de un jardín pluricultural de colores que no todo mundo sabe existen. A cada dulce explosión le dedicó sus tardes últimas y enteras. Amándolas, atendiéndolas, platicándoles sus impresiones de la vida, prometiéndoles un lugar en su corazón y corona; consiguiendo así las visitas ulteriores de sus flores predilectas que en su jardín lograban entender y perder la belleza.

miércoles, mayo 25, 2011

En el borde de nada



Fotógrafa: Amélie Olaiz

:::: Al borde del Viaducto

Guillermo Samperio

Al salir de la cantina, se dieron cuenta de que ambos no traían dinero, no podrían tomar taxi e iniciaron el camino sin decirse nada. A Fer le dio por marchar como soldado, su gabán verde oscuro convenía a sus movimientos. Witold, de gabardina beige, imitó al amigo. La madrugada se había puesta neblinosa, húmeda, fría. Los autos pasaban lentos como evitando atropellar a algún fantasma extraviado. Fer y Witold se empujaron hombro con hombro y le dieron a su andar paso militar redoblado, aunque no lograban coordinar los pasos y a veces se ladeaban. Sin detenerse, Witold metió la mano en su gabardina y sacó una botella de mezcal, le dio un buen trago. Se la pasó a Fer, quien hizo lo mismo. Los dos echaron vaho hacia sus manos.
Iban por una zona, poco alumbrada, de casas de uno y dos pisos de los años cuarenta, y algunos comercios al menudeo que aún sobrevivían. Se detuvieron ante una cortina de fierro que tenía el letrero Sastrería La solapa elegante –con marcialidad, ambos se subieron el cuello– y, en letras más pequeñas bajo las otras, decía “zurzido invisible”.
–Dudo de la invisibilidad del sastre con tantas zetas –dijo Witold, se bajó el cuello y bebió de la botella–. Este sastrecillo no merece mi cuello levantado.
—Perdónalo —dijo Fer—, debe ser baturro.
—Si es así, me levantaré el cuello pero con “y” griega.
—La calle parece de juguete —dijo Fer—: sin ningún edificio. ¿Vivirán aquí puros chaparros? —le quitó la botella a Witold y, medio perdiendo el equilibrio, le dio un trago.
—Como si alguien hubiera jugado crucigrama y hubiera dejado varias casillas vacías e iluminadas —dijo Witold, quintándole la botella a Fer y la metió en su gabardina.
Reiniciaron la marcha militar.
—Siempre me he preguntado qué habrá detrás de una ventana prendida a estas horas —dijo Fer.
—Alguien que le reza a la Virgen de la Soledad antes de colgarse de una viga.
—Un tatarabuelo al que se le fue el sueño para siempre y se le descompuso la televisión.
—Bueno, como cadáver, te lo creo —repuso Witold—. ¿Te acuerdas que la mamá de Sergio tenía disecado a su abuelo en un sillón reposet en la sala? ¿Qué habrá sido de ellos?
—Ya ni la chingas —reviró Fer y levantó el brazo en forma rígida haciaWitold—. Me acuerdo de tus ojetadas... cuando le diste ron a la momia y el Sergio se te aventó a madrazos –bajó el brazo, metió la mano a su gabán, sacó unos cigarros y encendió uno; Witold lo secundó, pero le arrancó el filtro.
---Me gusta del tabaco fuerte.
El humo de los cigarrillos parecía detenerse en el aire, tal nubes breves en forma de listones. Los hombres llegaron a una esquina, se detuvieron a esperar a que una barredora pasara. La máquina, cuyo ruido era el de vasos que se quiebran, iba manejada por un hombre vestido de naranja. Witold y Fer detuvieron la plática. Aprovecharon para meterle otro rato a la botella y Fer se la ofreció al maquinista, quien negó con la cabeza con gorra naranja. Al cruzar la calle y ver perderse a la barredora en la bruma, el silencio se hizo más profundo. Tal vez por ello la voz de Witold resonó más que antes o tal vez por que era más potente que la de Fer:
—Sergio se sentía héroe como su abuelo –retomó la charla—. Se ponía las condecoraciones ecuestres y con ellas iba a la escuela.
—Yo diría que ellos, incluida la bella Alicia, eran una parábola de la vida lúgubre. La madre tenía siempre las cortinas cerradas y usaba lentes oscuros dentro de la casa.
—Creo que Alicia se hacia la loca. Tenia la malicia que le faltaba a su hermano. Le gustaba hacerse la vulnerable con la mamá.
—Pero era la que sacudía al abuelo —repuso Witold.
— Sólo para darle el avión a la pobre vieja —dijo Fer.
— Es una verdadera contradicción —dijo Witold en tono académico.
— ¿Fue tu novia , no, cabrón?
— Yo diría: amada, amante y amiga. Un día se la metí frente al abuelo.
Y ella se puso más cachonda.
—¿No que no estaba loca también? —se apuró a decir Fer.
—Sargento Manrique López Fernando, tome usted su ritmo.
Interrumpieron la charla y volvieron a tomar el paso redoblado medio en curva.
A un par de calles se veía la giba del paso a desnivel Viaducto Piedad. Tras los hilachos de la neblina, hacia el cielo oriente, se notaba un leve resplandor de luna llena. Bebieron otro poco y apresuraron el paso que iban perdiendo poco a poco cuando uno u otro se iba chueco, como si fueran a caerse o a tropezar.
—Te voy a confesar algo –dijo Fer ya con voz lenta.
—Ya lo sé —repuso Witold.
—¿Qué?
—También te cogiste a la mamá de Sergio.
—No. Un día le regalé un ramo de violetas y me mandó a la chingada
cuando le agarré una chiche.
—¿Ya viste? El verdadero héroe soy yo .
—No he terminado —repuso Fer—. Me dijo que su padre me estaba
viendo. Estaba loca, ¿no?
—Bueno, admito que había un tetraedro amoroso entre el abuelo, la mamá, Alicia y yo. Me gustan las locas. ¿Sabías que mi primera novia se suicidó?
—Si, ya me lo has contado mil veces, cabrón.
Se detuvieron antes de cruzar el Viaducto. Tomaron aire y mezcal. Empezaron a subir y llegaba hasta ellos el zumbido de los carros que pasaban a alta velocidad en las vías rápidas del paso a desnivel. De pronto, junto a la barda que protege a la gente para no caerse dentro del Viaducto, justo en la parte donde se curvea la giba, vieron a un teporocho acostado entre un montón de trapos y periódicos: era un promontorio de basura del que sólo asomaba un pie con zapato chueco y parte del rostro. Witold se le acercó de inmediato, se hincó y le echó un chorrito de mezcal en los labios. El teporocho ni se inmutó. Fer lo movió con el pie y el hombre empezó a roncar.
—Está más borracho que tu botella –dijo.
Witold lo destapó de un solo movimiento; un trapo voló hacia abajo, hacia los carriles de alta velocidad y se estampó en el parabrisas de un carro. El automóvil hizo un frenón, pero de inmediato siguió su camino veloz.
El teporocho era un hombre lleno de pelos en la barba y la cabeza, y el color de la piel era requemado, de perro callejero; traía guantes de estambre cafés agujerados. Witold lo agarró de los zapatos mugrosos sin calcetines.
—Agárrele las manos, sargento Manrique Fernado —ordenó Witold.
Fer siguió las instrucciones, lo elevaron y lo balancearon como columpio. Contaron uno, dos, tres y lo colocaron en el borde de la barda del paso a desnivel; el teporocho parecía un equilibrista o una moneda en el aire que podía caer de un lado o de otro. Vieron cómo los carros pasaban como si fuera a acabarse el mundo.
—Oye, cabrón —dijo Fer—; sigue durmiendo. Vamos a bajarlo ya, ¿no? Como broma ya estuvo bien. Se lo puede cargar la chingada.
—Sargento, no se insubordine –levantó la voz Witold, imitando el tono
de un general brigadier —.Paaaso redoblaaado, ¡ya! –agregó.
Terminaron de bajar la giba y atravesaron la calle y sólo Fer miró hacia atrás cuando le daba un trago al mezcal. Siguieron su camino marcial. Cuadras adelante, la silueta tambaleante de los dos se fue desvaneciendo entre la neblina de las cuatro de la madrugada. Sus voces y risas subían como eco de bufones hacia la leve luz de la luna.

miércoles, mayo 11, 2011

:::: Metamorfosis

Hernán Lara Zavala

Vivo atado a la cadena de mi fealdad. Soy de aspecto repulsivo: tengo la espalda dura como una coraza, del color del palo viejo y el vientre manchado de puntitos negros. Hay quien me toma por un cucarachón: estoy divido en dos segmentos que doblo a mi antojo. Tengo cuatro patas traseras y dos manos que se bifurcan en sus extremos; dos pequeñas antenas se mueven en mi cabeza, cerca de la boca. Y a pesar de esta apariencia soy dolorosamente inofensivo: no tengo aguijón, tenaza ni ponzoña. Si acaso emito un traquido cuando me doblo. Lento, avanzo por el mundo con mi monstruosidad a cuestas: mi poca energía proviene de los restos de vida que entrañan unas cuantas astillas. Vivo en los troncos añosos de árboles caídos en baldíos yermos y abandonados. Apenas y me muevo. Nunca bebo. Mis heces son casi invisibles y algunos dicen que me nutro de éter pues nunca me ven comer. Mi casa, mi alimento, mi aire y mis movimientos se limitan al espacio que ocupa el puño de una mano. De esa misma mano que ahora me amenaza, me sujeta, que me toma entre sus dedos, me manosea, me dobla y se burla abiertamente de mí, de mi docilidad, de los ruidos que emito. Soy demasiado insignificante, demasiado inerme para soportar tanta deformidad. Y sin embargo me toma prisionero. Para humillarme, para despojarme del único orgullo que poseo, el de mi repugnancia, me cargan el lomo de bisutería que brilla en ámbares, en rojos y en azules para atenuar el despropósito de mi pobre caparazón. Me atan una cadenilla en torno a la cintura. Y un día, después de tantas malas noches, de tantas pesadillas, de tanta grisura ocurre el milagro: me despierto, muy cerca del corazón de una mujer. La acaricio con manos.

miércoles, febrero 09, 2011

Fuego



Fotógrafa Amélie Olaiz
Primer lugar en el concurso de fotografía de Médica sur 2010

:::: III (el náufrago)

Odette Alonso
A plomo cae el sol. El mar es una planicie sobre la que se elevan algunos promontorios, algunas crestas blancas. No hay nada alrededor, sólo agua a la que quiero odiar pero no puedo. El mar que es padre y madre y maldición. Debajo está la Atlántida y ese poder no alcanza a absorberme ahora que lo cruzo.
Hace sólo unas horas aquella luz se hundía y emergía acompasadamente desde el último faro de la isla. Era señal de adiós. ¿De adiós definitivo?
A merced de las corrientes voy sobre esta tabla. La sal y el sol son enemigos, pero la noche es muerte. La oscuridad sin fin hasta el mar borra. Sólo queda el balanceo. Y el terror, ese hijo predilecto de lo oscuro.
¿Quién me ha dejado aquí? ¿Acaso yo y mi desesperación de mundo? ¿Acaso aquella luz que vislumbraba en la otra orilla? ¿Acaso el grito o el susurro de los otros? ¿Acaso él?
Tal vez allá, en el fondo, el atlante atesora toda su perfección y levanta ciudades de milagrosas pirámides. Tal vez soñarlo sea mi consuelo cuando el agua anega la incierta superficie y sé que las aletas me tenderán el cerco.
Atravesar el mar es como el purgatorio: no hay garantía alguna de superar la prueba. Y si aparece un puerto, allá en el horizonte, puede no ser la tierra para la salvación.
Cuando uno se echa al mar no piensa en el naufragio. Pero el naufragio es el único destino al que llevan las aguas y el resto de la vida, aunque llegue a la tierra, el hombre será un náufrago.


Fragmento de Visiones (México, NarrArte, 2000)

martes, diciembre 28, 2010

:::: La cruz del camellón

Judith Castañeda Suarí.

Hoy inicia noviembre. Abue tentalea en la mesa antes de localizar el ramo naranja, obsequio de algún vecino. El bastón, un chal índigo con varias puntadas sueltas. Y sale. Empieza el viaje de la mano por las paredes; hay una nueva fisura en la vecindad, cerca de la ventana izquierda. Abue frunce el ceño, deberá memorizarla si no quiere equivocarse de lugar cuando regrese.
Porque sigue yendo. No importa que desde finales del año pasado sea de noche. Abue llega a la gran avenida la primera mañana de cada mes. Camina como si no caminara, detrás del trozo de madera sin barnizar, y a veces recuerda cuando el río de los ocho carriles era de agua y no de asfalto, semáforos y carrocerías. Pero sólo a veces, porque la mayor parte de su oscuridad la ocupa la sensación rasposa de los muros en sus dedos, el reconocer por una grieta más larga y recta que faltan dos calles y cuatro carriles para la cruz del camellón.
Señora, escucha. Desde atrás interrumpen el recuento de aceras. No hace caso de la voz hasta sentir la tela afelpada, un brazo tomando el suyo. Permítame. Y Abue repite la fórmula de mañanas anteriores: gracias, Dios lo bendiga. Calla el señorita, el timbre de flauta podría pertenecer a un hombre muy joven. Señora; es como pasar la mano sobre un muro recién levantado. En la vecindad le dicen abue. Son sus nombres recientes y ella no puede exigir que la llamen por el real, el más largo que recuerda haber visto en papeles llenos de letras pequeñas, junto al de su esposo muerto o a solas. No puede porque ni ella misma lo sabe con claridad. Los años, luego la nube al principio blanca que fue apagándole los ojos, revolvieron las letras añadiendo unas, cambiando otras.
El brazo la abandona al otro lado del camino, sin darle tiempo de agradecer su tibieza de arena, su atención al detenerse para ayudarle a cruzar. Se aleja porque el reloj, porque la escuela, porque una puerta y la primera clase. Abue lo compara con otros brazos que la han llevado hasta la cruz del camellón. Esperan, recogen sus bendiciones, la devuelven al punto de partida, alguno deja una par de monedas en su palma.
Entonces Abue sonríe. No por calcular el monto, sino porque las cree el pago de un espectáculo. Y debe serlo: ver a una anciana gris acomodar su hatillo de flores dentro de una lata oxidada, ante una cruz, como si se tratara de rosas o alcatraces, un mausoleo y un jarrón de porcelana, bien merece dos o tres monedas.
De pronto un claxon, el silbato del de tránsito. Los dedos de Abue interrumpen su exploración. Se aferran, la ayudan a no caer. Hay una malla donde no debería haberla. El aroma de los girasoles. Abue trata de recordar: a veces cercan las calles para repararlas, cubrir baches, pintar o retocar los cruces peatonales, echar una capa nueva de asfalto. Menea la cabeza; seguro el brazo del joven o señorita le ayudó a cruzar hasta el camellón y ella no se dio cuenta, concentrada en memorizar la nueva fisura de la vecindad.
Y se inclina, no como antes, como lo haría delante del sepulcro de un príncipe, de un santo. La mano que usa para reconocer y memorizar esquinas, fachadas y lotes baldíos, la ayuda a identificar la forma y el tamaño de lo que la hizo tropezar. Su índice toca algo puntiagudo, un trozo de hielo esbelto, con vértices y una pieza transversal más corta. ¿Una cruz? O una cerca. Una cruz, concluye su dedo al terminar el recorrido: zonas lisas y curvas, una plancha rectangular, el final de los brazos y la cercanía de algo cilíndrico.
La cruz de su esposo era de metal, recuerda, metálica y negra, con su nombre y dos fechas grabadas a pincel y pintura blanca sobre el fondo oscuro. Es la primera mañana que la ve desde que anocheció. La había olvidado porque se agacha a la distancia justa para alcanzar la lata y poner las flores, siempre imaginando otra cruz sin atreverse a comprobarlo, plateada, de madera con un brazo trunco, o de aire –la original trasplantada a otra esquina, a otro camellón, a la memoria de otro muerto.
Abue ofrece al mediodía una sonrisa sin dientes frontales ni muelas. Ahí está. La huella de su Antonio. Uno de los atropellados de la avenida de los ocho carriles. Y retoma la actitud ceremoniosa de mucama en hotel cinco estrellas: acomoda el hatillo naranja dentro del espacio cilíndrico, abre los tallos, separa pétalos. Alcanzan los minutos para aspirar las últimas gotas del perfume.
Las manos a la malla. Con el paso, ellas también, de una persona ciega, buscan algún agujero, una zona de óxido que dé a la malla nombre y apellido ante otras mallas. Abue ha tardado mucho, en la vecindad deben extrañarla. Pero primero fue la grieta a la izquierda de la ventana y ahora se trata del terreno rodeado cercano a la cruz; no puede memorizar tanto en una sola mañana, es demasiado largo.
Un hueco pequeño, alcanza a tocar varias hojas cubiertas de una vellosidad áspera. Al fin. Abue aferra el bastón y recupera sus ciento cincuenta centímetros de estatura. Aún sonríe, aún tiene el perfume del hatillo en la nariz. Se hirió la mano con el filo del alambre, pero encontró el apellido necesario para reconocer la malla: aunque las hojas se sequen la señalará el círculo casi perfecto a la izquierda de la cruz, a la altura de su pecho.
Y desanda. Se despide. Hasta diciembre. Atrás, lejos, los cláxones y el oficial que a silbatazos desvía el tránsito. Más cerca la cruz, las letras que forman un Anselmo en tonos metálicos sobre fondo blanco.