Esta galería de autores contemporáneos se creo en 2004

viernes, noviembre 04, 2011

La casa frente al parque


Agustín Monsreal
A Jorge Esma
Nunca conocí a mis padres ni supe quiénes fueron. Nada de familia, por lo tanto. Solo en el mundo, sin raíces. Pasé los primeros siete años de mi existencia entre las paredes de un gris orfelinato donde me enseñaron, entre otras cosas, lo que son las humillaciones, el desamor, la ruindad, la precariez; por mi parte, aprendí que debe uno vivir siempre con los ojos bien abiertos y no esperar jamás nada de nadie. Crecí y me hice, más que un hombre solitario, un hombre suspicaz, huraño, rencoroso y tal vez, triste. No lo sé. Es difícil pasar la infancia y la adolescencia en el núcleo de la tormenta. En una época, durante mi juventud, confundí los temerarios placeres de la carne con el amor, y esas experiencias periféricas, esos goces indefendibles de la epidermis sólo me arrastraron a la irritación, a la indolencia, al suplicio del hastío, a una sensación obstinada, irremediable de naufragio. En un par de ocasiones traté de modificar mi historia al lado de una mujer y de formar una familia (me perseguía en ciertas noches de insomnio la idea de tener hijos y, por medio de ellos, compensar el afán doliente, misterioso de ser padre de mí mismo), pero a la vez me defendí del propósito ya que veía en las relaciones de pareja una trampa, un hostigamiento sin remedio, una risa falsa. Así, los apremios y rigores de la soledad se me convirtieron en marchita costumbre, y transcurría por ella sin pasiones, con escasos impulsos de entusiasmo, alejado de cualquier esperanza. El día posterior no sería distinto de los innumerables días anteriores. Y un día los días acabarían, y ya. Por esto, las fiestas decembrinas me resultaban intolerables; la fortuna del resto de la gente me echaba en cara mi desventura, recrudecía el agravio amargo de mi desgracia. Sin embargo, el año pasado un hecho mudó por completo el rumbo de mi destino.
La noche del 29 de diciembre, al regresar a mi departamento, hallé una tarjeta que alguien había deslizado debajo de la puerta. Decía: "Querido Aurelio: Mucho nos honraremos si nos hace usted el favor de acompañarnos en nuestra cena de Año Nuevo. No sabe cuánto deseamos que así sea." Firmaban Rodolfo y Amelia Jaimes. Con letra más pequeña, venía anotada la dirección. Yo no tenía amigos propiamente dichos, de modo que pensé podría tratarse de una burla sangrienta por parte de mis compañeros de la oficina (hasta imaginaba oír sus carcajadas vulgares y estúpidas). No obstante a la mañana siguiente, para solventar la ingobernable aprensión que me acometió en cuanto desperté, me dirigí al sitio anotado en la tarjeta. Comprobé que el señor y la señora Jaimes realmente vivían ahí; el jardinero se encargó no sólo de confirmarlo sino de sorprenderme con su comentario: "Ya sabe usted que no suelen estar a estas horas." Y sin darme oportunidad de replicar nada, me preguntó si había recibido el sobre que por su conducto me habían mandado los señores. Le contesté vagamente que sí y al irme, atolondrado, apresurado, todavía lo escuché decir: "Les va a dar un gusto enorme saber que vino."
La noche del 31, impelido por un resorte ciego, aguijoneado por una oscura convicción, impaciente por descifrar las claves de ese juego ilegítimo y mitigar mi ansiedad, puntualmente me presenté en el domicilio de aquellas personas. Rodolfo abrió la puerta y me recibió con un abrazo hospitalario, perturbador; me condujo a la sala y me ofreció de beber; yo le respondí con una amabilidad forzada, incómoda. En eso apareció Amelia, que también me estrechó cálida, cariñosamente; pronunció mi nombre con una voz dulcísima, muy fina, y procurando retenerme en sus pupilas me contempló tan leal, tan limpiamente que me hizo estremecer. Su actitud sencilla, pulcra, emocionada, movía de lugar todas mis expectativas. Al principio me mostré evasivo, cauteloso y alerta para descubrir dónde estaba la estafa, cuál era el motivo oculto de esas atenciones, de ese afecto, de ese contento desbordante que doblegaba gradualmente mi frialdad y mis resistencias, ablandándome, aflojando las ligaduras que el recelo había anudado en mi garganta y en mi pecho; la satisfacción comenzó a dibujarse en mi rostro cada vez más amplia, más espontánea, más sincera. Al cabo de un par de copas de vino y un rato de relajada conversación, Amelia se levantó a poner algo de música y nos invitó a pasar a la mesa. Mi perplejidad, mi asombro, iban en aumento.
El comedor estaba inundado de luz. La atmósfera era de intimidad y de fiesta. A lo largo de la cena y después de ella, la plática estuvo concentrada en mí. Para los Jaimes era yo un viejo y querido amigo; se hallaban encantados con el reencuentro; como si en efecto nos conociéramos de tiempo atrás, preguntaban por mi salud, por mi trabajo, por mis relaciones personales, por mis planes para el futuro inmediato. Resultaban fascinantes la naturalidad, la calma, la buena disposición de su trato, su desenvoltura delicada y persuasiva; el abierto interés que ponían en mis cosas, mis pensamientos y mis sentimientos, me inducía a creer que aparte de mí no había otra persona en este mundo que pudiese importarles. En definitiva, no vislumbraba en su comportamiento ni una sola señal deshonesta o de intenciones agazapadas. Rodolfo poseía una expresión digna, seria, sensata; la de Amelia era serena, bondadosa; sus ojos resplandecían con un brillo claro, suave, lleno de admiración y fervor hacia mí; sus manos, breves y elegantes, de modales comedidos, tendían a tocar levemente mi brazo cuando me hablaba y detenía en mí su minuciosa sonrisa, demorándola como para que penetrara hasta mi alma. Por fin, cautivado, rendí mi última renuencia ante su dulzura; me dejé absorber por esa entrega colmada de auténtica generosidad y llegué a considerarlos mis amistades más entrañables.
Al momento de la despedida, que hubiese deseado posponer indefinidamente, me agradecieron el haberles permitido recuperar algo indispensable, insustituible, y yo, que ignoraba a qué se referían, les dije que la remembranza había sido aún más grata para mí y externé un alborozo genuino por aquella velada extraordinaria. Para entonces experimentaba en lo más hondo de mi ser, que de veras me unía a ellos un lazo afectivo muy cierto, una ternura muy antigua. Puesto que jamás había vivido nada semejante, adquiría mayor significado y representaba un privilegio, un regalo esencial e inmerecido. Sin comprometernos a fijar fecha, acordamos que pronto nos volveríamos a ver. La alegría inundaba de calor mi pecho, mi mente enfebrecida no ambicionaba comprender nada, era bastante adivinar en mi interior una plenitud tan grande, y dispuesto a disfrutarla por entero caminé hasta mi departamento.
Los días posteriores, mi cerebro continuó negándose al menor razonamiento, adormecido en esa placidez total e inesperada. Y, buscando cómo corresponder a la espléndida amistad que me habían brindado los Jaimes, les compré unos obsequios. Amparado en el pretexto del Día de Reyes y guiado por un anhelo de hijo pródigo, fui de nuevo a verlos. Con espanto, con horror, descubrí que la construcción donde había estado apenas seis días antes, ahora era un lote baldío, abandonado al parecer desde años atrás. Unos vecinos del lugar validaron esta suposición y añadieron que el predio andaba en líos judiciales pues sus propietarios, los hermanos Jaimes, que nunca se casaron, murieron intestados y sin descendencia. Estuve a punto de perder el juicio. Lo primero que pasó por mi cabeza fue que el continuo aislamiento había engendrado la mistificación; no tenía sentido esto que pasaba, ningún sentido. No sabía qué pensar, no encontraba un marco de referencia, un mínimo asidero que me sirviese para entender lo que sucedía. En algún lugar debía de haber un orden que se impusiera sobre lo se quebraba ante mí, dentro de mí. Víctima de un tenaz desvarío, mi voluntad adelgazada al máximo amagaba con saltar en pedazos. Una y otra vez iba a pararme frente al terreno huérfano, a verificar la ausencia de la casa inventada por la porción más engañosa de mi fantasía. No poca gente se mostraba inquieta por mi salud, y murmuraba a mis espaldas acerca del deterioro que padecía mi lucidez. Pero yo no lograba, ni quería, desprenderme de las imágenes de Amelia y Rodolfo Jaimes, me habían hecho tanto bien, los necesitaba tanto. Con frecuencia, ya fuera dormido o despierto, tenía la impresión de que estaban cerca de mí, de que hablaban conmigo, velaban mi sueño y me protegían con sus palabras, sus caricias, su amor. Más allá de lo que esta circunstancia pudiera suponer de desproporción y delirio, la sola idea de perderlos para siempre me provocaba un dolor seco, sordo. Su recuerdo en cambio me hacía sentir menos solo, amanecía y anochecía conmigo, aligeraba la carga de mi vigilia, era un reto del corazón más que de la inteligencia. Sin embargo, la repetida anestesia del trabajo, la sumisión a las ocupaciones triviales de la rutina, empezaron a rescatar de su fragilidad a mi espíritu. En vano, durante meses y meses me obsesioné por hallar una explicación a lo que carecía de ella. Había sufrido una pesadilla, un desajuste emocional severo, una alucinación que cobró apariencia de realidad. Nada más eso. Por terrible que pareciera, no pasaba de ser nada más que eso: una ofuscación, un trastorno pasajero. No obstante, como amenaza contra mi cordura, permanecía aquella tarjeta guardada en un cajón de mi escritorio.
Hoy, 29 de diciembre, a medianoche, redacto estas líneas, y lo hago porque dudo que mis facultades mentales soporten el nuevo encuentro. Hace escasamente una hora recibí una invitación idéntica a la del año anterior y he decidido, a pesar del riesgo que representa para la estabilidad de mi conciencia, ir a cenar con mis amigos. Lo que ellos me conceden es más grande que el aprecio por mi vida misma. Por eso mi determinación de asistir. Ignoro si todavía existe un mañana para mí. En todo caso, ya no importa. Lo único que sé es que agradezco la felicidad, y la acepto.

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