Esta galería de autores contemporáneos se creo en 2004

jueves, diciembre 22, 2011

Irene Sanchis

Tuiaví de Tuiavea

Carlos G. Traín
El pájaro tuiaví es el único de su especie que, contra su naturaleza, se niega por completo a volar.
Su rebeldía, legendaria, se constata por vez primera en la época del diluvio, cuando la caótica arca de Noé llegó a la isla de Tuiavea y estos pájaros fueron los únicos en oponerse a abandonarla. Se sugiere que a tal decisión deben su supervivencia.
Su celo por la intimidad provoca que al sentirse observados no sólo no vuelen, sino que incluso se inmovilicen, adoptando su plumaje el tono de la luz que los cubre.

El psicólogo y viajero Champton refiere el más hermoso e improbable nexo de los tuiavís con los humanos, según el cual los niños autistas serían los únicos capaces de reconocerlos e incluso de imaginar su vuelo.

martes, diciembre 06, 2011

Elisa Salas
Escultura con Zbrush.

El asesino anda suelto


José T. Espinosa Jácome
Dick Tomorrow se internó en la oscuridad. Andaba tras el asesino en serie, Nick, el Rompepantis. Y lo atrapó. El malvado se tornó cobarde, adherido a la pared lleno de pavor:



      —No, no me dispares. Soy un malhechor sí, travestido, pero no un asesino. No soy Rompepantis. No me hagas daño —alcanzó a musitar arrastrando con pavor las palabras.

 Mas de nada le sirvió. Dick Tomorrow le hizo cinco disparos que aseguraron su adiós sin retorno. Entonces lo sorprendí. Hacía semanas que le seguía los pasos. 

     —Tuve que matarlo –dijo mientras pretendía guardar la escuadra a un lado de la tetilla izquierda cuando en realidad sustraía un colt. 

     —Dame esas balas y el revólver –le ordené, pero fingió sorpresa con ojos desorbitados.

     —Lo tenía que matar. ¡Era él o yo, no me dejó alternativa! 

Le incrusté un tiro en la frente. Había sido  descubierto por mi desde su tercer asesinato. De inmediato fui arrastrado por la vorágine de sus delitos. Los últimos crímenes los cometí yo, no el guiñapo que yacía junto al muro a un lado de Dick.

martes, noviembre 15, 2011

La modista

José Luis Vasconcelos
Nadie más podía ser la culpable de aquellos crímenes: era la única modista del pueblo y todos los hombres estaban cortados por la misma tijera.

viernes, noviembre 11, 2011



Fotografía de Pedro Meyer

Oportunidades

Gabriel Bevilaqua
Como resulté ser idéntico a un magnate, me secuestraron por error. No obstante, la familia pagó el rescate sin chistar y me recibieron con los brazos abiertos tras la liberación. Pensé que aquel hombre tal vez había fallecido en un accidente y nadie lo sabía. Ambos hechos, concluí, habían coincidido fortuitamente. Me apena decir que rogué para que su cuerpo jamás apareciera. Pero la conciencia pudo conmigo, y una noche, tras hacer el amor, le confesé a la esposa que yo no era quién ella creía. Sonrió y me dijo:
―Lo que vos ignorás, es que ya no soportábamos al original.

viernes, noviembre 04, 2011

Aly de Villers
Grabato digital

La casa frente al parque


Agustín Monsreal
A Jorge Esma
Nunca conocí a mis padres ni supe quiénes fueron. Nada de familia, por lo tanto. Solo en el mundo, sin raíces. Pasé los primeros siete años de mi existencia entre las paredes de un gris orfelinato donde me enseñaron, entre otras cosas, lo que son las humillaciones, el desamor, la ruindad, la precariez; por mi parte, aprendí que debe uno vivir siempre con los ojos bien abiertos y no esperar jamás nada de nadie. Crecí y me hice, más que un hombre solitario, un hombre suspicaz, huraño, rencoroso y tal vez, triste. No lo sé. Es difícil pasar la infancia y la adolescencia en el núcleo de la tormenta. En una época, durante mi juventud, confundí los temerarios placeres de la carne con el amor, y esas experiencias periféricas, esos goces indefendibles de la epidermis sólo me arrastraron a la irritación, a la indolencia, al suplicio del hastío, a una sensación obstinada, irremediable de naufragio. En un par de ocasiones traté de modificar mi historia al lado de una mujer y de formar una familia (me perseguía en ciertas noches de insomnio la idea de tener hijos y, por medio de ellos, compensar el afán doliente, misterioso de ser padre de mí mismo), pero a la vez me defendí del propósito ya que veía en las relaciones de pareja una trampa, un hostigamiento sin remedio, una risa falsa. Así, los apremios y rigores de la soledad se me convirtieron en marchita costumbre, y transcurría por ella sin pasiones, con escasos impulsos de entusiasmo, alejado de cualquier esperanza. El día posterior no sería distinto de los innumerables días anteriores. Y un día los días acabarían, y ya. Por esto, las fiestas decembrinas me resultaban intolerables; la fortuna del resto de la gente me echaba en cara mi desventura, recrudecía el agravio amargo de mi desgracia. Sin embargo, el año pasado un hecho mudó por completo el rumbo de mi destino.
La noche del 29 de diciembre, al regresar a mi departamento, hallé una tarjeta que alguien había deslizado debajo de la puerta. Decía: "Querido Aurelio: Mucho nos honraremos si nos hace usted el favor de acompañarnos en nuestra cena de Año Nuevo. No sabe cuánto deseamos que así sea." Firmaban Rodolfo y Amelia Jaimes. Con letra más pequeña, venía anotada la dirección. Yo no tenía amigos propiamente dichos, de modo que pensé podría tratarse de una burla sangrienta por parte de mis compañeros de la oficina (hasta imaginaba oír sus carcajadas vulgares y estúpidas). No obstante a la mañana siguiente, para solventar la ingobernable aprensión que me acometió en cuanto desperté, me dirigí al sitio anotado en la tarjeta. Comprobé que el señor y la señora Jaimes realmente vivían ahí; el jardinero se encargó no sólo de confirmarlo sino de sorprenderme con su comentario: "Ya sabe usted que no suelen estar a estas horas." Y sin darme oportunidad de replicar nada, me preguntó si había recibido el sobre que por su conducto me habían mandado los señores. Le contesté vagamente que sí y al irme, atolondrado, apresurado, todavía lo escuché decir: "Les va a dar un gusto enorme saber que vino."
La noche del 31, impelido por un resorte ciego, aguijoneado por una oscura convicción, impaciente por descifrar las claves de ese juego ilegítimo y mitigar mi ansiedad, puntualmente me presenté en el domicilio de aquellas personas. Rodolfo abrió la puerta y me recibió con un abrazo hospitalario, perturbador; me condujo a la sala y me ofreció de beber; yo le respondí con una amabilidad forzada, incómoda. En eso apareció Amelia, que también me estrechó cálida, cariñosamente; pronunció mi nombre con una voz dulcísima, muy fina, y procurando retenerme en sus pupilas me contempló tan leal, tan limpiamente que me hizo estremecer. Su actitud sencilla, pulcra, emocionada, movía de lugar todas mis expectativas. Al principio me mostré evasivo, cauteloso y alerta para descubrir dónde estaba la estafa, cuál era el motivo oculto de esas atenciones, de ese afecto, de ese contento desbordante que doblegaba gradualmente mi frialdad y mis resistencias, ablandándome, aflojando las ligaduras que el recelo había anudado en mi garganta y en mi pecho; la satisfacción comenzó a dibujarse en mi rostro cada vez más amplia, más espontánea, más sincera. Al cabo de un par de copas de vino y un rato de relajada conversación, Amelia se levantó a poner algo de música y nos invitó a pasar a la mesa. Mi perplejidad, mi asombro, iban en aumento.
El comedor estaba inundado de luz. La atmósfera era de intimidad y de fiesta. A lo largo de la cena y después de ella, la plática estuvo concentrada en mí. Para los Jaimes era yo un viejo y querido amigo; se hallaban encantados con el reencuentro; como si en efecto nos conociéramos de tiempo atrás, preguntaban por mi salud, por mi trabajo, por mis relaciones personales, por mis planes para el futuro inmediato. Resultaban fascinantes la naturalidad, la calma, la buena disposición de su trato, su desenvoltura delicada y persuasiva; el abierto interés que ponían en mis cosas, mis pensamientos y mis sentimientos, me inducía a creer que aparte de mí no había otra persona en este mundo que pudiese importarles. En definitiva, no vislumbraba en su comportamiento ni una sola señal deshonesta o de intenciones agazapadas. Rodolfo poseía una expresión digna, seria, sensata; la de Amelia era serena, bondadosa; sus ojos resplandecían con un brillo claro, suave, lleno de admiración y fervor hacia mí; sus manos, breves y elegantes, de modales comedidos, tendían a tocar levemente mi brazo cuando me hablaba y detenía en mí su minuciosa sonrisa, demorándola como para que penetrara hasta mi alma. Por fin, cautivado, rendí mi última renuencia ante su dulzura; me dejé absorber por esa entrega colmada de auténtica generosidad y llegué a considerarlos mis amistades más entrañables.
Al momento de la despedida, que hubiese deseado posponer indefinidamente, me agradecieron el haberles permitido recuperar algo indispensable, insustituible, y yo, que ignoraba a qué se referían, les dije que la remembranza había sido aún más grata para mí y externé un alborozo genuino por aquella velada extraordinaria. Para entonces experimentaba en lo más hondo de mi ser, que de veras me unía a ellos un lazo afectivo muy cierto, una ternura muy antigua. Puesto que jamás había vivido nada semejante, adquiría mayor significado y representaba un privilegio, un regalo esencial e inmerecido. Sin comprometernos a fijar fecha, acordamos que pronto nos volveríamos a ver. La alegría inundaba de calor mi pecho, mi mente enfebrecida no ambicionaba comprender nada, era bastante adivinar en mi interior una plenitud tan grande, y dispuesto a disfrutarla por entero caminé hasta mi departamento.
Los días posteriores, mi cerebro continuó negándose al menor razonamiento, adormecido en esa placidez total e inesperada. Y, buscando cómo corresponder a la espléndida amistad que me habían brindado los Jaimes, les compré unos obsequios. Amparado en el pretexto del Día de Reyes y guiado por un anhelo de hijo pródigo, fui de nuevo a verlos. Con espanto, con horror, descubrí que la construcción donde había estado apenas seis días antes, ahora era un lote baldío, abandonado al parecer desde años atrás. Unos vecinos del lugar validaron esta suposición y añadieron que el predio andaba en líos judiciales pues sus propietarios, los hermanos Jaimes, que nunca se casaron, murieron intestados y sin descendencia. Estuve a punto de perder el juicio. Lo primero que pasó por mi cabeza fue que el continuo aislamiento había engendrado la mistificación; no tenía sentido esto que pasaba, ningún sentido. No sabía qué pensar, no encontraba un marco de referencia, un mínimo asidero que me sirviese para entender lo que sucedía. En algún lugar debía de haber un orden que se impusiera sobre lo se quebraba ante mí, dentro de mí. Víctima de un tenaz desvarío, mi voluntad adelgazada al máximo amagaba con saltar en pedazos. Una y otra vez iba a pararme frente al terreno huérfano, a verificar la ausencia de la casa inventada por la porción más engañosa de mi fantasía. No poca gente se mostraba inquieta por mi salud, y murmuraba a mis espaldas acerca del deterioro que padecía mi lucidez. Pero yo no lograba, ni quería, desprenderme de las imágenes de Amelia y Rodolfo Jaimes, me habían hecho tanto bien, los necesitaba tanto. Con frecuencia, ya fuera dormido o despierto, tenía la impresión de que estaban cerca de mí, de que hablaban conmigo, velaban mi sueño y me protegían con sus palabras, sus caricias, su amor. Más allá de lo que esta circunstancia pudiera suponer de desproporción y delirio, la sola idea de perderlos para siempre me provocaba un dolor seco, sordo. Su recuerdo en cambio me hacía sentir menos solo, amanecía y anochecía conmigo, aligeraba la carga de mi vigilia, era un reto del corazón más que de la inteligencia. Sin embargo, la repetida anestesia del trabajo, la sumisión a las ocupaciones triviales de la rutina, empezaron a rescatar de su fragilidad a mi espíritu. En vano, durante meses y meses me obsesioné por hallar una explicación a lo que carecía de ella. Había sufrido una pesadilla, un desajuste emocional severo, una alucinación que cobró apariencia de realidad. Nada más eso. Por terrible que pareciera, no pasaba de ser nada más que eso: una ofuscación, un trastorno pasajero. No obstante, como amenaza contra mi cordura, permanecía aquella tarjeta guardada en un cajón de mi escritorio.
Hoy, 29 de diciembre, a medianoche, redacto estas líneas, y lo hago porque dudo que mis facultades mentales soporten el nuevo encuentro. Hace escasamente una hora recibí una invitación idéntica a la del año anterior y he decidido, a pesar del riesgo que representa para la estabilidad de mi conciencia, ir a cenar con mis amigos. Lo que ellos me conceden es más grande que el aprecio por mi vida misma. Por eso mi determinación de asistir. Ignoro si todavía existe un mañana para mí. En todo caso, ya no importa. Lo único que sé es que agradezco la felicidad, y la acepto.

lunes, octubre 31, 2011

Torrencial

Fotógrafa: Amélie Olaiz

Logro

José Luis Vasconelos 
Le tomó años para lograrlo. Pruebas y más pruebas. Cientos de prados y jardines podrían atestiguarlo. Pero esta noche el viejo jardinero estaba feliz, realmente contento. Muy pocos podían darse el lujo de haber sembrado una planta de luz y ver la noche iluminada con sus frutos. 




Rodrigo Ayala
Chimpancé y zoológico, 2010.
Óleo / tela
80 x 100 cm.

el frío de los hombres


Adrián Roman (El Negro)

si es otra vez la puta angustia
mejor ni le abras
aunque llame a chiflidos
aunque lance tostones contra el zaguán
dile que no tienes
no
no tengo nada.
incluso si aparece con su rostro
de buey babeante.
no
ni le abras.
manolo
sé que jode estar en la calle
sin tener a dónde llegar
ni qué hacer
si no pasar una y otra vez
los zapatos flaquitos
por la piel rasposa del dolor
y nada de morralla para un trago
pa’  que lo amargo resbale
como cuerpo desnudo por las manos
ni una bacha que devuelva
la lucidez que perdemos en el exilio del alcohol
sentirse cansado
hambriento
pero sobre todo olvidado
y contagioso
la mugre
la falta de lana
siempre el mismo pantalón
eso espanta a la gente.
ya sé;
querías ser mi padre
pero no te salía
a mí tampoco
no sé ser hijo del hombre
somos parroquianos del mismo fracaso
de afilarle la espada al amigo que mañana nos mata
hijos de la rabia del macho alcohólico
de esos días con cara de
yatodochingóasumadre
cabrón dolor
perro viejo y jodón
perro sordo y necio como sólo dios
sordo, necio y soberbio.
manolo
compadre de profundas
y llegadoras parrandas
hoy no hay jale ni batalla
el parque ya se acabó
te digo que si es la pinche tristeza
mejor vámonos
no quiero andar cargando cascajo-
tienes razón:
pinches viejas que acusaban
y señalaban a tu padre
nada sabían del tuétano de la noche
del frío de los hombres
de estos tragos de a soldado
de despertar y ver el día;
por eso los ojos rojos
y el fresco vómito del desengaño
manolo
hijo del sentimiento
cabrón de fácil llanto
perdona y olvida
a los que borracho
y caído te ignoran.
bien dices: somos escuadrón
de nuestra propia muerte.

martes, octubre 25, 2011



Irene Sanchis
nigella
Mujeres defendiendo una fortaleza.
Engobes sobre barro y después cocido

Omnipotencia bien aplicada

Carlos de Bella

A: DAKY
— ¡Pedro!
—Sí Altísimo, aquí estoy.
—Que me ha salido una callosidad en este dedo y me molesta al caminar, llama a un pedicuro.
—Sí Altísimo—contesta Pedro y se afana en el computador buscando en los listados de “Profesiones y Oficios”; lentamente comienza a palidecer.
—Altísimo, lamentablemente no tenemos ningún pedicuro entre las huestes celestiales.
— ¿Y donde están?
—Pues... en el Infierno.
—Bien, llama a Lucifer y que nos envíe uno.
El Señor ya un poco molesto por la ineficiencia de gestión de sus huestes, ve a Pedro hablar por el teléfono rojo, gesticular y mover la cabeza. Al rato regresa.
—Altísimo, dice Lucifer que los seis pedicuros que tiene allí están muy ocupados en la tarea de arrancar uñas con tenazas ardientes y tienen turnos rotativos comprometidos hasta el 2005. No enviará a nadie salvo que... reciba algo a cambio—dijo Pedro bajando a cada momento la voz hasta quedar en murmullo.
— ¿Queeeeeeeeeeé?—tronó la voz del Señor
—... algo a cambio—repitió Pedro en tono inaudible.
— ¡Olvídalo!
—Sí Altísimo, sí Altísimo.
Pedro miraba al Señor moviendo su cabeza de un lado hacia otro y le oía refunfuñar pero no entendía que decía, tras un largo rato y como acto de su infinito amor para con él, se animó y le dirigió la palabra.
—Altísimo ¿porque no ordenáis que la callosidad desaparezca?
— ¿No crees tú que ello sería omnipotencia?
Pedro dudó un instante y rápidamente contestó 

—Altísimo, si ello fuera para curar un enfermo se diría que fue palabra de Dios.
—Bien, entonces haré como tú dices.
Él alzó su dedo índice, dijo las palabras necesarias, se oyó un trueno y a continuación los ángeles cantaron la Gloria del Señor.

jueves, octubre 20, 2011


Aly de Villers

Laberinto sin salida


Agustín Monsreal

Solo, completamente solo; triste, horriblemente triste; y desgraciado, pertinazmente desgraciado, Lázaro decidió morir.
            Y murió.
            Sin embargo, vino su primo, que según decían era chamán y tenía poderes y andaba haciendo prodigios sin mirar a quién y sin preguntar si la gente quería que los hiciera, y lo revivió.
            Solo, triste y desgraciado, Lázaro ya no soporta más la vida, pero tiene miedo de morir por segunda vez, y de volver a encontrarse con el milagrero de su primo.

Él está vacío



Fotografía de Amélie Olaiz

viernes, octubre 14, 2011

Atrinia

Jorge Borja

Los habitantes de Atrinia guardan una especial veneración por los monumentos. Cada generación de atrinitas erige cientos de ellos en memoria de sus coetáneos más ilustres. La ciudad capital ostenta en su avenida más importante, bustos conmemorativos de las gestas heroicas del año anterior. Provocan admiración y asombro entre los turistas las estatuas que representan a los expresidentes, sus simpáticas familias y su fiel servidumbre, que embellecen patios del Palacio de Gobierno.
En el jardín central pueden encontrarse monumentos dedicados: "Al Transeúnte Anónimo", "A la Suegra Prudente", "Al Político Honesto", "Al Policía Honrado" y a otros héroes desconocidos. Hasta el hogar más humilde de este vasto país tiene estatuas alusivas al cumpleaños, jubilación o fallecimiento de sus moradores.
A ninguna glorieta, plaza o jardín le faltan monumentos, y existe todo un ejército de guardianes especializados en su  cuidado. Para su conservación, los atrinitas, han promulgado una estricta serie de leyes que condenan con multas a quien los ensucie y con cárcel  a quien les inflinja el menor daño.
A pesar de sanciones tan severas, son frecuentes los vándalos nocturnos, quienes armados con mazos y barretas se dedican a mutilar y destruir los monumentos. La policía ha redoblado sus esfuerzos para capturarlos. Los resultados son mínimos en comparación a los destrozos ocasionados por esta turba de antisociales. Se logra sólo la detención diaria de dos o tres, sorprendidos en flagrante delito. El artículo séptimo del código penal de Atrinia los condena de inmediato y  sin apelación, a morir apedreados. Sin embargo y para que no quepa duda alguna de la memoria histórica atrinita, la multitud que ejecuta la sentencia es la encargada de levantar un "Monumento a los Caídos" con las mismas piedras con que los lapidaron.

martes, octubre 11, 2011

Chimpancé y desnudo (Erotismo), 2010.

Rodrigo Ayala

Óleo / madera
120 x 120 cm.

Yo maté a Letania de Moraes

José T. Espinoza Jácome

Eran las fiestas de carnaval en Río. Soy general y desempeñaba entonces una labor de inteligencia en la Operación Masacre para un país cuyo nombre he olvidado.
Ahí la conocí, tierna dulce, sensual. Bailé bossa nova lo mejor que pude. Ella me arrebató de inmediato. Danzaba mejor que Carmen Miranda y canturreaba.
—Papá yo quiero… – fue zureando durante todo el camino al hotel. La desnudé en la penumbra porque así lo quiso. Cuando la deshice de las bragas, la colisión casi me desmaya. Descubrir su miembro viril enhiesto se impuso tanto que sustraje una daga de la bota y se la hundí mil veces en el pecho. Todavía alcanzó a farfullar:
—Te amo.

domingo, octubre 02, 2011

Diálogo

Rodrigo Ayala

Condenaciones

José Luis Vasconcelos

Dicen que para Belcebú -después de escuchar de la hermana de Astaroth que jamás pasaría de ser un pobre diablo-, la vida se le ha vuelto un infierno.

domingo, agosto 14, 2011

Fuga en Mi... PC

Ponciano Palacios

Claramente vi surgir a aquella pulga por debajo del puño de la camisa mientras intentaba revisar mi tesis doctoral sobre patrones de conducta. Se detuvo un momento, observó a su alrededor, dio un salto describiendo una parábola perfecta y se perdió entre las letras en la pantalla de la computadora. La perseguí inútilmente por los reglones y páginas tratando de pillarla con el cursor, hasta que desistí. Ya la encontraría después y me haría cargo de ella. En el quinto capítulo la hallé, divertidísima, deslizándose por la pendiente de una línea y saltando una curva elástica, mientras un conjunto de números, primos todos ellos, le aplaudían. Tal era el espectáculo, que me sumé al festejo.

viernes, julio 29, 2011



Fotógrafa Amélie Olaiz

El mensaje de Leo

Sandy Celorio


“que cuando el corazón se salga del pecho, pueda encontrar su camino de regreso”

Mario Benedetti


Te habías ido ya cuando bajé a desayunar. Un sobre grande y amarillo sobre el tazón de cereal; atrajo mi atención. Reprimiendo la curiosidad lo puse a un lado mientras me servía el café, y sólo después de beber un sorbo lo abrí. Todo me esperaba menos un paquete de boletos de avión: México-Londres- ¿Atenas? Releí tratando de encajar aquella pieza en el rompecabezas que era en ese momento nuestro matrimonio. Pero no, no había duda, un boleto a mi nombre y el otro al tuyo con salida fechada tres días después. Sin atreverme a asumir lo que veía, llamé a tu oficina.
-¿Qué pasó? respondiste sin que tu tono de voz me diera alguna pista.
-Tengo en la mano los boletos que dejaste y me estoy preguntando si sueño o estoy despierta.
-Estás despierta y si me haces el honor de acompañarme, la salida es el próximo viernes a las ocho de la mañana por lo tanto hay que estar en el aeropuerto a las seis ¿estás dispuesta a madrugar?
-¿Es un viaje de trabajo?
-Es un viaje para el recuerdo.
-¿Estamos celebrando algo?
- Todo a su tiempo ¿Vienes o no?
-Voy ¡claro que voy! pero si salimos dentro de tres días tengo que colgar. Bye.

¡Dios! ¡Dios! ¡Dios! ¡Gracias! ¡thank you! ¡merci! Después de tanto hielo estaba convencida de que nuestro matrimonio iba en picada. Por lo visto reaccionaste y esta vez, no te la voy a poner difícil. Haré todo lo que pueda para que el viaje sea un reencuentro afortunado, como antes, como siempre antes de que… ¡Basta! Cero recriminaciones… Respiré profundamente para tranquilizarme antes de buscar lápiz y papel y mientras tomaba mi avena, anoté nerviosa:
-Pedir a mamá que se quede con los niños.
-Hablar con las señoras de la ronda para ver quién puede sustituirme.
-Cancelar la comida del sábado con mis amigas y todos los compromisos pendientes hasta nuevo aviso.
-Hacer cita para manicure y pedicure un día antes de salir. Arreglarme el pelo, tal vez me lo corte un poco… ¡chin! un día antes de salir es pasado mañana…
-Hacer un equipaje muy bien pensado, quiero que me veas chula de bonita a todas horas…
Faltaba mucho por anotar pero la inquietud me empujaba a la acción, y sin terminar el desayuno me levanté de la mesa.
Como estaba previsto, el viernes por la mañana abordamos puntualmente.
-¿A qué se debe tanto lujo? –Pregunté sorprendida cuando la azafata nos hizo pasar a la sección de primera clase.
-Quiero que este viaje sea memorable; respondiste.
Una vez instalados, brindamos con el jugo de lima que nos ofrecieron, y como si lo hubiéramos acordado, ambos nos esforzamos en mostrar nuestros mejores modos. Dejábamos atrás muchos meses de pleitos y recriminaciones, de palabras hirientes que una vez arrojadas no se pueden recoger; sin embargo confié en que con el paso de los días todo fluyera de manera natural.
Alerta para impedir que el recuerdo amargo de tu descarada infidelidad se reflejara en mi actitud; entre brindis, bocados y ratos de sueño desasosegado, trascurrieron las horas del vuelo. Era obvio para mí, que coincidíamos en el intento de conseguir que al calor de la cercanía, se derritiera poco a poco el glaciar en que se había convertido nuestra intimidad. Me propuse perdonar de verdad, después de todo estaban en juego veinte años de un matrimonio aceptable en el que si bien hubo conatos -los hubo de ambas partes lo reconozco- nunca me había enfrentado a una infidelidad contumaz… ¿habías terminado con eso? Me negué a pensar en ello y me dispuse a la felicidad. Días soleados y amables de navegación en el Egeo, largas caminatas por las laberínticas islas, cenas agradables en cualquier terraza, abundancia de brindis: “Por la vida” decías tú. “Por nosotros” decía yo. Al volver a Atenas, mientras tu gestionabas en recepción nuestro ingreso al hotel, yo me acerqué al aparador de la joyería del lobby, donde antes de embarcarnos hacia las islas, me había enamorado un anillo con mi signo zodiacal. El magnífico Leo, con ojillos de esmeralda me esperaba en el aparador.
-Me encanta ese anillo- Te dije señalándolo, cuando más tarde pasamos por ahí.
-Me requetegusta” insistía al entrar y salir del hotel, pero ante tu indiferencia a mis insinuaciones; un día antes de emprender el regreso decidí comprarlo yo.
A la mañana siguiente, mientras gestionabas la salida del hotel, entré en la joyería y le pedí a la encargada que me acompañara para mostrarle el anillo… ¡que ya no estaba en el aparador!
-Lo siento señora pero justo ayer por la noche lo vendimos; me informó la espectacular griega que atendía el lugar. ¡Chin! no debí esperar hasta el último momento… bueno, ni modo, no era para mí, además, hubiera sido demasiado, el viaje, el reencuentro, no hay que tentar al diablo…
Creí que la escala en Paris, era la cereza del pastel, ignoraba que la gran sorpresa era el vuelo de regreso en el novedoso “Concord”, de lo que sólo me enteré cuando en el aeropuerto nos recibieron en una lujosa sala de espera destinada exclusivamente a los pasajeros de esa nave. A partir de ese momento todo rebasó mis expectativas: obsequios, mimos y una profusión de exquisitos bocados, postres y vinos que mantuvo la misma intensidad durante las tres horas veinte que duró el vuelo a Washington donde nos esperaba la limosina de Air France para llevarnos al hotel donde pasaríamos la última noche de viaje. Digamos que yo te hice el amor porque lo tuyo fue más bien una batalla cuerpo a cuerpo, percibí en tus caricias cierta brusquedad, algo como agresión.
Al día siguiente, en el vuelo final que nos devolvería a la realidad, pusiste en la mesita del avión el último fragmento del sueño: un estuche de terciopelo negro con el Leo de ojitos de esmeralda.
-¡Canalla! Fuiste tú quien lo compró y no me dijiste nada, -te dije- y me acerqué a besarte. Fue en ese momento cuando me entregaste la hoja doblada que tenías en la mano.
-Léela por favor.
-Desdoblé el papel y leí:
El propósito de este viaje ha sido cerrar con broche de oro un matrimonio que tuvo mucho de bueno pero que hoy no tiene futuro. Asumo la responsabilidad del divorcio cuando tú quieras y en las condiciones que tú misma impongas. Cuento con tu cooperación. Me quedaré sólo unos días más en casa para hablar con nuestros hijos y empacar algunas cosas personales. Tu Ex.

domingo, julio 10, 2011

Escupe Lupe



Fotógrafa Amélie Olaiz

Bajo el agua

Eusebio Ruvalcaba

No hace mucho, me invitaron a la presentación de un libro —“de la novela más ingeniosa de los últimos tiempos”, decía la publicidad que me llegó vía Internet. Confieso que en mi condición de enfermero no soy afecto a ir a presentación alguna, concierto, exposición ni nada que se le parezca. Pero esta vez la situación era diferente porque justo un paciente era el autor de la dichosa novela. Se había establecido un click entre él y yo, y cuando dejó el hospital me preguntó si tenía correo electrónico, se lo di —que su esposa apuntó con letra grande y de imprenta en una bolsa de papel estrasa—, y hete aquí que en un par de semanas me llegó el anuncio.
Fui a la presentación y me pareció lo más aburrido del mundo. Si la novela era tan ingeniosa, por qué los presentadores tenían que ser tan monótonos, me preguntaba yo, ¿o así serían todas las presentaciones? Tal vez.
Estaba a punto de ponerme de pie y marcharme cuando mis ojos se detuvieron en los ojos de una mujer que estaba sentada a un par de lugares, y que de casualidad se volvió a mirarme. Era evidente que venía sola.
Todo lo que para mí era aburrido, a ella parecía llamarle inmensamente la atención. ¿O no demostraba eso su cabeza que iba de un lado a otro, para no quitarle la mirada a quien en ese momento tuviera la palabra?, ¿o no delataban ese interés sus piernas, que las cruzaba de izquierda a derecha y a la inversa, con tal de tener una posición más cómoda?
En la misma medida sus facciones, su piel, su sedoso y brillante pelo me atrajo. Yo tengo 27 años —cinco de casado— y ella andaría por los 40 o los 45. No sé, siempre he sido malísimo para calcular edades. Pero de inmediato sentí el jalón de la carne —que fue exactamente lo que sentí cuando conocí a mi mujer, y que es exactamente lo que ha hecho que ella sea el monstruo de los celos personificado.
Decidí pues esperarme a que la presentación terminara y acercarme a la cuarentona. De vez en cuando un poco de adrenalina no está mal. Cada vez la veía más atractiva y deseable. Ella se percató de mi nerviosismo, se sonrió conmigo y me dirigió la palabra. Me preguntó si ya había leído la novela y le respondí que no —iba a responderle que en la vida había leído ni una sola, pero temí decepcionarla. Y enseguida investigó si el novelista era mi amigo. Claro que sí, hemos estado juntos en las buenas y en las malas. Oh, qué maravilla, ¿me contarías acerca de él?, estoy tomando un diplomado de literatura mexicana y me encantaría incluirlo. Por supuesto, yo te llamo, dije, extendí mi palma y escribí los números. Qué romántico, dijo ella, tenía siglos que no veía a nadie escribir en su propia piel.
Entonces la conversación comenzó a fluir. No soy casado, respondí. Y dije, muy quitado de la pena, que era subdirector de una clínica que se ubicaba en Polanco, exactamente en la esquina de Eugenio Sue y Ejército Nacional. Cuando me preguntó mi especialidad le dije que era ginecólogo, y que lo que yo perseguía era una suerte de misión imposible: atender a mujeres carentes de recursos que estuvieran embarazadas, que las había por miles en los cinturones de miseria de la ciudad de México. Qué maravilla, dijo, y entornó los ojos.
Pronto sirvieron el vino. Distinguí a lo lejos a la esposa del novelista. Ella también me vio, y a las claras me dio la espalda. Claro, mi profesión de enfermero seguramente no representaba para ella ningún atractivo. Yo tampoco insistí en mirarla. Al contrario, mejor que siguiera su vida y yo la mía. Lo único que me preocupaba era que mi acompañante tuviera su copa llena. Ser enfermero me permitía saber de las enfermedades. A simple vista identificaba a quien entraba con el coma diabético a punto de atacarlo, o con el infarto en puerta, o al que estaba a unos centímetros de la congestión alcohólica. Pero con la misma facilidad —cinco años de enfermero titulado y en activo me autorizaban— sabía las propensiones de cada quien. Y la mujer que estaba a mi lado —de nombre Alicia— no podía disimular su simpatía por el alcohol; ni creo que le hubiera interesado hacerlo.
Salí con el ánimo hasta arriba. Llegué a casa y mi esposa aún se encontraba despierta. Cuando me oyó salió a recibirme con la mejor cara. Te hice tu costilla a la mexicana, dijo. Quítate la chamarra y ve a lavarte las manos. Quiero que me cuentes todo, detalle por detalle.
Me miré al espejo mientras el agua escurría del grifo. ¿Ése era yo? ¿Un cobarde que pondría aquel teléfono bajo el chorro con tal de que su mujer no lo notara? Sí, ése era yo. Un antihéroe.
Los números finalmente habían desaparecido.

martes, julio 05, 2011

Um gato contemplador



Fotógrafo Francisco Botelho

Suzie

Gabriel Bevilaqua

Los gatos de Kaeronel son invisibles a los ojos de los perros. Resulta impagable ver cómo le toman el pelo a los más terribles e inicuos canes. Cuando concluyó mi trabajo en Kaeronel, pese a la prohibición de sacar a los gatos del país, no tuve corazón para renunciar a Suzie. Entonces no sabía que su invisibilidad se invierte fuera de Kaeronel; es decir, con el tiempo se vuelven invisibles a los ojos humanos y visibles a los de los perros. Día tras día, contemplé amargamente como Suzie ganaba esa trasparencia que uno supone sólo propia de los fantasmas. El día que finalmente desapareció, me recuerdo, frente al espejo, acariciando el fingido aire entre mis brazos. Para colmo con la invisibilidad vino el cambio de carácter. De silenciosa como un ángel pasó a alborotadora profesional. Conciliar el sueño se volvió una hazaña. Una noche, extrañado de no oírla salí en su busca. Hallé a un perro gruñéndole al vacío. Luego sobrevino un maullido, unas dentelladas, el silencio. Y, tras la oscuridad de un hilo de sangre, el regalo de verme por última vez en sus ojos.

lunes, junio 27, 2011

Manu



Autor Miguel Ruibal

:::: Un rompecabezas de tela y de papel

Yudi Kravzov

No es el otro el que duele,
sino nosotros borrándonos en otro:
borrándonos del mundo.

Vicente Quirarte

El día no acaba de amanecer y el insomnio me tiene despierta desde las cuatro de la mañana.
Para qué llamarte si tu voz refleja tedio, para qué escribirte si ya no contestas mis correos. Para qué insistir con los lentes de sol y el sostén negro que olvidé en tu casa, si pueden ser fácilmente restituidos. Estas cansado de esto que para mí apenas esta tomando textura, porque tu piel y la mía se llaman y tienen una conexión electrizante.
Decaída y malhumorada, cansada de no dormir y de borrar imágenes de venganza, imprimo cada uno de los correos que enviaste y formo un cuaderno de ochenta y seis páginas ordenadas por fecha y por hora. En unos me llamas valiente y auténtica, festejas mi franqueza. Me encantas, me alegras y hasta me das vida. Tus palabras son un bálsamo, tú mi torbellino, gracias por existir y me mandas besos en presente continuo, besos atrevidos y húmedos y yo al leerte me siento simplemente en un contigo.
Saco del armario la ropa con que me vestí esas contadas ocasiones en que nos encontramos frente a frente como un acto de valentía profunda, en que había que llevar el cuerpo del alma que había sido seducida. Hacerse presente. Mi falda negra, mi pantalón de mezclilla, la blusa color hueso y la verde que tanto te gusta, los tacones altos y el suéter color crema. El saco marrón que calentó mi cuerpo en ese último encuentro y por supuesto esa pulsera de latón que hace música y que compré mientras te esperaba en el centro comercial. Todo dentro de la maleta para releer nuestras cartas, vestirme para ti nuevamente, recrear nuestra historia encerrada en una habitación para descubrir dónde estuvo la falla, regresar al correo que no debí de haber enviado, a la mirada que te asustó, o quizás a esa palabra nunca dicha que nos aventó al vacío.

La exposición, la librería, dos veces en tu departamento; la fiesta en casa de Patricia y el café balcón de Coyoacán. Todo tan efímero. Y yo extrañándote. Veo el teléfono, ¿para qué llamo si no vas a responder?... y te pienso de nuevo, y me olvido por unos instantes en que escapo de mi cuerpo; y regreso a mí; lleno la maleta y tomo los correos impresos y lo meto todo dentro y huyo hacia el hotel de veinte pisos y me pregunto si de verdad, si alguna vez hubo algo, ¿por qué ya no te gusto ahora? Y no entiendo nada, y me pierdo en lo que creo que fue tu deseo... tú sacándome de tu vida, de tu mundo y yo instalada en que esto ya no tiene remedio.
Sin saber ni qué decir, encerrada y silenciosa, traicionada, claro que sí, llego en taxi hasta el hotel, pido la habitación en el piso más alto. Si te llamo sentiré que me repudias, dirás que estoy hostigado. Te sentirás una víctima, te arrepentirás de nuevo de haberme conocido y sentirás que te persigo, que no te dejo en paz. Yo la tonta sin remedio ¿Cuál fue la frase que te espantó? ¿Por qué dejaste de llamar si estábamos contentos?
Y rompo cada correo después de leer: eres auténtica y hermosa, crítica pero tierna, sabia hasta cabrona, y dices que mi voz es cálida , honda y entera. Y por eso rasgo la blusa que sintió tus dedos y destrozo la falda negra que mojé por tus caricias y la blusa verde escotada que desabrochaste lentamente y la playera guinda que con tanto halago modelé para ti.
Me dices que mi pasión te asusta, pero que también te ayuda a vivir, que me recuerdas siempre apasionada y leo que ilumino tus días: Mujer, admiro tu temple.
Y abro la ventana del vigésimo piso, me subo a la mesa y para mi sorpresa gritó: ¡ERES UN VAMPIRO!… y aviento primero los correos, después la ropa y cuando me voy a tirar yo, me detengo a mirar el vacío y veo volar nuestra historia en un rompecabezas de telas, y entonces despierto del trance y mi sangre tibia vuelve a correr por mi cuerpo. Mis labios dibujan una sonrisa, como hace mucho no lo hacían, y sin necesitar decir palabra prohíbo que sigas chupándote mi energía.
Desprendida de ti bajo de la mesa. Doy dos pasos para atrás y me acaricio el cuello. Respiro hondo, siento mi temperatura y el ritmo de mi respiración. Me miro al espejo, me visto y salgo por la puerta de la habitación, más valiente y más entera que nunca.

miércoles, junio 15, 2011



Fotógrafo Pedro Meyer

:::: Relato de Bicho

Gilberto Marti

Una noche me encontré al “Rostro”. Se veía tan solo y frágil que me nació el deseo de partirle toda la cara, ahí mismo, en el callejón.
Era el niño perfecto: bueno para el deporte, para las matemáticas…. En la escuela cada mes salía su foto en el “cuadro de honor”. Cuando no estaba conversando con algún maestro o con el mismísimo director, lo veíamos en la cafetería rodeado de chicas.
Aprendí a odiarlo en silencio y a esperar el momento de la venganza. Esa noche había llegado. Me paré en su camino. “Hola, bicho”, dijo. No le contesté: ya estaba calculando el lugar de la cara donde encajaría mis puños, imaginando el crujido sublime de su nariz. No alcancé a levantar ni un dedo: tras un rápido chisporroteo de cables, la lámpara del alumbrado se apagó, dejándonos en completa oscuridad. No recuerdo quién gritó primero, pero luego todo fue correr, escapar atropellándonos, dando tumbos en las paredes.
Al otro día, en la escuela, nos encontramos varias veces, ignorándonos, evitando la vergüenza de mirarnos a los ojos. Nunca le conté a nadie el incidente. Salimos de la primaria y nunca más supe del “Rostro”. Eso sí, cuando lo recuerdo sonrío, porque estoy seguro de que los alaridos como de niña fueron los de él.

lunes, junio 13, 2011

miércoles, junio 08, 2011

:::: Jardín de nada

Gabriel Rodríguez

A este sujeto se le comenzaron a aparecer los fantasmas de las flores muertas. Al principio no le dio tanta importancia pero conforme dicho fenómeno se hacía más y más constante resultó imposible ignorarlo. Mañosas, las apariciones aprovechaban las impares noches de soltero para asomar sus telúricas cabecitas gachas. Si él se paraba de la cama con antojo de agua fría, en el pasillo se topaba con un enorme girasol cabizbajo y semitransparente, una magnolia flotando en la pieza o una docena de claveles danzando. Salían temblorosamente de los parques y ventanas. Macetas en el camino chorreaban caídos tallos atorados en la eterna pausa de su deshojada desdicha. Polinizaban que daba miedo. Sigilosos acordeones de distintas flores muertas lo seguían a donde fuera. En más de una cita amorosa, rosas con o sin espinas hacían acto de presencia jugando malas pasadas con la chica en turno. Tuvo que dejar la gustosa manía de pisar hojas secas de otoño no sólo porque cuando se disponía a quebrar una resultaba que no estaba ahí, sino porque sus espectros eran los peores y más recalcitrantes, reproduciendo por horas el escándalo de su quebranto. Se ensañaron las flores de ultratumba con el pobre sujeto que, espantado, dejó de visitar la tumba de su hermano porque apenas entraba a un panteón era atosigado por los incontables brotes de florecillas escupiendo pétalos en cada tumba. A veces el simple hecho de apagar la luz era rodearse de una lluvia irremediable de las delgadas letras que brotan al soplar un diente de león. En toda su vida, y dependiendo la época del año, siempre había flores sueltas y arreglos caros, amapolas, claveles, nochebuenas, ramos de boda, rosas que se llaman labios de mujer; marchitas, con sed.
Con el paso del tiempo el hombre se dio cuenta de que no eran muy ruidosas aquellas apariciones encapulladas, hasta podían llegar a verse hermosas en grupos de diversa índole a esa hora en que el sol hace que las cosas parezcan pinturas. Como fieras o nubes o marcas de agua, los fantasmas adornaban todo abrir de ojos, rostro de político y boca de lobo. Viejo y abandonado, optó por asimilar aquello como una señal y encontró apremiante la labor de jardinero. Aprovechó la proximidad de su jubilación para hacerse de un jardín pluricultural de colores que no todo mundo sabe existen. A cada dulce explosión le dedicó sus tardes últimas y enteras. Amándolas, atendiéndolas, platicándoles sus impresiones de la vida, prometiéndoles un lugar en su corazón y corona; consiguiendo así las visitas ulteriores de sus flores predilectas que en su jardín lograban entender y perder la belleza.

miércoles, mayo 25, 2011

En el borde de nada



Fotógrafa: Amélie Olaiz

:::: Al borde del Viaducto

Guillermo Samperio

Al salir de la cantina, se dieron cuenta de que ambos no traían dinero, no podrían tomar taxi e iniciaron el camino sin decirse nada. A Fer le dio por marchar como soldado, su gabán verde oscuro convenía a sus movimientos. Witold, de gabardina beige, imitó al amigo. La madrugada se había puesta neblinosa, húmeda, fría. Los autos pasaban lentos como evitando atropellar a algún fantasma extraviado. Fer y Witold se empujaron hombro con hombro y le dieron a su andar paso militar redoblado, aunque no lograban coordinar los pasos y a veces se ladeaban. Sin detenerse, Witold metió la mano en su gabardina y sacó una botella de mezcal, le dio un buen trago. Se la pasó a Fer, quien hizo lo mismo. Los dos echaron vaho hacia sus manos.
Iban por una zona, poco alumbrada, de casas de uno y dos pisos de los años cuarenta, y algunos comercios al menudeo que aún sobrevivían. Se detuvieron ante una cortina de fierro que tenía el letrero Sastrería La solapa elegante –con marcialidad, ambos se subieron el cuello– y, en letras más pequeñas bajo las otras, decía “zurzido invisible”.
–Dudo de la invisibilidad del sastre con tantas zetas –dijo Witold, se bajó el cuello y bebió de la botella–. Este sastrecillo no merece mi cuello levantado.
—Perdónalo —dijo Fer—, debe ser baturro.
—Si es así, me levantaré el cuello pero con “y” griega.
—La calle parece de juguete —dijo Fer—: sin ningún edificio. ¿Vivirán aquí puros chaparros? —le quitó la botella a Witold y, medio perdiendo el equilibrio, le dio un trago.
—Como si alguien hubiera jugado crucigrama y hubiera dejado varias casillas vacías e iluminadas —dijo Witold, quintándole la botella a Fer y la metió en su gabardina.
Reiniciaron la marcha militar.
—Siempre me he preguntado qué habrá detrás de una ventana prendida a estas horas —dijo Fer.
—Alguien que le reza a la Virgen de la Soledad antes de colgarse de una viga.
—Un tatarabuelo al que se le fue el sueño para siempre y se le descompuso la televisión.
—Bueno, como cadáver, te lo creo —repuso Witold—. ¿Te acuerdas que la mamá de Sergio tenía disecado a su abuelo en un sillón reposet en la sala? ¿Qué habrá sido de ellos?
—Ya ni la chingas —reviró Fer y levantó el brazo en forma rígida haciaWitold—. Me acuerdo de tus ojetadas... cuando le diste ron a la momia y el Sergio se te aventó a madrazos –bajó el brazo, metió la mano a su gabán, sacó unos cigarros y encendió uno; Witold lo secundó, pero le arrancó el filtro.
---Me gusta del tabaco fuerte.
El humo de los cigarrillos parecía detenerse en el aire, tal nubes breves en forma de listones. Los hombres llegaron a una esquina, se detuvieron a esperar a que una barredora pasara. La máquina, cuyo ruido era el de vasos que se quiebran, iba manejada por un hombre vestido de naranja. Witold y Fer detuvieron la plática. Aprovecharon para meterle otro rato a la botella y Fer se la ofreció al maquinista, quien negó con la cabeza con gorra naranja. Al cruzar la calle y ver perderse a la barredora en la bruma, el silencio se hizo más profundo. Tal vez por ello la voz de Witold resonó más que antes o tal vez por que era más potente que la de Fer:
—Sergio se sentía héroe como su abuelo –retomó la charla—. Se ponía las condecoraciones ecuestres y con ellas iba a la escuela.
—Yo diría que ellos, incluida la bella Alicia, eran una parábola de la vida lúgubre. La madre tenía siempre las cortinas cerradas y usaba lentes oscuros dentro de la casa.
—Creo que Alicia se hacia la loca. Tenia la malicia que le faltaba a su hermano. Le gustaba hacerse la vulnerable con la mamá.
—Pero era la que sacudía al abuelo —repuso Witold.
— Sólo para darle el avión a la pobre vieja —dijo Fer.
— Es una verdadera contradicción —dijo Witold en tono académico.
— ¿Fue tu novia , no, cabrón?
— Yo diría: amada, amante y amiga. Un día se la metí frente al abuelo.
Y ella se puso más cachonda.
—¿No que no estaba loca también? —se apuró a decir Fer.
—Sargento Manrique López Fernando, tome usted su ritmo.
Interrumpieron la charla y volvieron a tomar el paso redoblado medio en curva.
A un par de calles se veía la giba del paso a desnivel Viaducto Piedad. Tras los hilachos de la neblina, hacia el cielo oriente, se notaba un leve resplandor de luna llena. Bebieron otro poco y apresuraron el paso que iban perdiendo poco a poco cuando uno u otro se iba chueco, como si fueran a caerse o a tropezar.
—Te voy a confesar algo –dijo Fer ya con voz lenta.
—Ya lo sé —repuso Witold.
—¿Qué?
—También te cogiste a la mamá de Sergio.
—No. Un día le regalé un ramo de violetas y me mandó a la chingada
cuando le agarré una chiche.
—¿Ya viste? El verdadero héroe soy yo .
—No he terminado —repuso Fer—. Me dijo que su padre me estaba
viendo. Estaba loca, ¿no?
—Bueno, admito que había un tetraedro amoroso entre el abuelo, la mamá, Alicia y yo. Me gustan las locas. ¿Sabías que mi primera novia se suicidó?
—Si, ya me lo has contado mil veces, cabrón.
Se detuvieron antes de cruzar el Viaducto. Tomaron aire y mezcal. Empezaron a subir y llegaba hasta ellos el zumbido de los carros que pasaban a alta velocidad en las vías rápidas del paso a desnivel. De pronto, junto a la barda que protege a la gente para no caerse dentro del Viaducto, justo en la parte donde se curvea la giba, vieron a un teporocho acostado entre un montón de trapos y periódicos: era un promontorio de basura del que sólo asomaba un pie con zapato chueco y parte del rostro. Witold se le acercó de inmediato, se hincó y le echó un chorrito de mezcal en los labios. El teporocho ni se inmutó. Fer lo movió con el pie y el hombre empezó a roncar.
—Está más borracho que tu botella –dijo.
Witold lo destapó de un solo movimiento; un trapo voló hacia abajo, hacia los carriles de alta velocidad y se estampó en el parabrisas de un carro. El automóvil hizo un frenón, pero de inmediato siguió su camino veloz.
El teporocho era un hombre lleno de pelos en la barba y la cabeza, y el color de la piel era requemado, de perro callejero; traía guantes de estambre cafés agujerados. Witold lo agarró de los zapatos mugrosos sin calcetines.
—Agárrele las manos, sargento Manrique Fernado —ordenó Witold.
Fer siguió las instrucciones, lo elevaron y lo balancearon como columpio. Contaron uno, dos, tres y lo colocaron en el borde de la barda del paso a desnivel; el teporocho parecía un equilibrista o una moneda en el aire que podía caer de un lado o de otro. Vieron cómo los carros pasaban como si fuera a acabarse el mundo.
—Oye, cabrón —dijo Fer—; sigue durmiendo. Vamos a bajarlo ya, ¿no? Como broma ya estuvo bien. Se lo puede cargar la chingada.
—Sargento, no se insubordine –levantó la voz Witold, imitando el tono
de un general brigadier —.Paaaso redoblaaado, ¡ya! –agregó.
Terminaron de bajar la giba y atravesaron la calle y sólo Fer miró hacia atrás cuando le daba un trago al mezcal. Siguieron su camino marcial. Cuadras adelante, la silueta tambaleante de los dos se fue desvaneciendo entre la neblina de las cuatro de la madrugada. Sus voces y risas subían como eco de bufones hacia la leve luz de la luna.