Esta galería de autores contemporáneos se creo en 2004

jueves, octubre 24, 2013

Camas separadas


Bertha Jacobson

Eneida llegó a la carnicería haciendo aspavientos para que la vieran sus padres.  Lacho y Justina sin volverse, miraron el reflejo de su hija mayor en el espejo de pared a pared que anunciaba las ofertas del día.
―Ya van a cumplir cuarenta años de casados ―dijo Eneida sonriente ―, y como esa cama que tienen es de dar lástima, entre todos sus hijos queremos comprarles una nueva.
―¡Que sean camas gemelas! ― contestó Justina con premura.
Al escuchar a su mujer, Lacho se volvió con brusquedad y no midió la distancia entre su mano y la cuchilla.
―¡Chingao! ― farfulló mordiéndose el dedo que sangraba profusamente, para luego meterse al baño dando un portazo.
―¡Ay mamá! ― trató de conciliar Edelia.
― No m’ija, yo les agradezco el detalle. Es toda una vida durmiendo en ese colchón de borra apestosa.
―¿Por qué camas gemelas mamá?
Justina no iba a discutir sus intimidades en público. Dormir con su marido dejó de ser un placer hacía ya mucho tiempo, y como no tenía intención de cambiar de opinión, prefirió no decir más para evitar una discusión con su hija y con Lacho, quien regresó con el dedo envuelto en papel del baño.
― ¡Injusta Injustina! ¿Cómo puedes pedir camas gemelas? ― exclamó Lacho enfurecido.
La tensión flotaba en el aire. Eneida masculló una disculpa torpe y salió del establecimiento cómo bólido. Justina suspiró y fijó la vista en un punto distante de aquel espejo manchado y salpicado de sangre.
Tan pronto se casaron, los padres de Lacho les traspasaron el negocio de la carnicería y lo primero que ella hizo fue instalar ese gran espejo de pared a pared sobre la mesa de trabajo.  No soportaba ver a su marido manejar la cuchilla con la mano izquierda, y aunque a menudo se arrepentía de tener que limpiar las salpicaduras, prefería observarlo a través del reflejo, ya que él era zurdo y ella nunca se acostumbró a verlo según sus palabras, "haciéndolo todo al revés".
Buscó vestigios de su matrimonio ocultos en las imágenes guardadas por el fiel espejo a lo largo de cuarenta años. No encontró ninguno de sus sueños románticos de adolescente, ni de la pasión de los primeros años de matrimonio.  Lo único que el espejo le regresó con crueldad inusitada, fue su mirada cansada y severa, las patas de gallo, la doble papada, el cabello lacio, ya sin lustre y un esposo tan viejo y acabado como ella; y peor aún, porque Lacho estaba calvo, panzón y chimuelo. ¿Cuándo pasó de ser el amor de su vida a compañero de trinchera? Fueron muchos años de lucha hombro con hombro para mantener el negocio a flote, y la relación matrimonial que soñó en su juventud sucumbió al peso de la crianza de cinco hijos, se perdió por el camino del tiempo, y quedó empolvado bajo el cansancio de largas jornadas de trabajo.  Al caer la noche, el único deseo de Justina era el descanso, y la verdad, el maldito lecho conyugal no tenía nada de lecho y sí mucho de yugo.
Eran casi cuatro décadas de pelear su derecho a los cobertores, de oírlo roncar, de sentir cada movimiento y resoplido, de despertarse cuando él se levantaba a orinar, de escucharlo hablar entre sueños. Toda una vida de mal dormir y Justina anhelaba un respiro. Las camas gemelas no lo arreglarían todo, pero a su modo de ver, mejorarían la situación.
Lacho y los hijos hicieron campaña para convencerla que una cama tamaño Queen sería mucho más cómoda, pero ella no dio su brazo a torcer.
― Yo quiero camas gemelas, si no po’s mejor no me den nada.
Y llegó la fecha de entrega. El par de camas gemelas venía con juegos de sábanas satinadas y colchas de hilo tejidas a mano por las monjitas de San Juan de los Lagos. Al quedarse solos, Justina sintió que el cristo del crucifijo de madera tallada en Janitzio, el mismo que ella colgara de la pared el día de su boda, los observaba con cierta sorna.
La mujer escogió la cama del lado de la ventana y trató de hacerle plática a su marido.
― Mira qué suavecitos están los colchones, Lachito.
Su esposo no respondió y Justina optó por entrar al baño a cambiarse de ropa. Regresó a los pocos minutos y se encontró al marido tumbado en la otra cama con los ojos cerrados.
― Buenas noches, Lachito ― susurró acercándose a su marido y se inclinó para darle un beso maternal en la frente.
Sentía tal emoción con su cama nueva y su reciente libertad que no pudo conciliar el sueño. Podía moverse sin temor a encontrarse con las rodillas huesudas de Lacho y los cobertores, todos para ella.
La comodidad de las sábanas frías y el encontrarse sola en una cama después de tanto tiempo, la llenó de una sensación de tranquilidad. La misma con que dormía en la cama de la abuela cuando le visitaba de jovencita. Su mente vagó a aquella madrugada, muchos años atrás, cuando despertó ante un ruido extraño.  Al asomarse por la ventana, distinguió entre las sombras la figura esbelta de Lacho, el hijo del carnicero, arrastrando con decisión un ternero. La pobre bestia berreaba sin tregua presagiando su final en el matadero.
Justina, llena de curiosidad, cubrió su camisón de manta deshilada con el chal de lana de su abuela, y salió de la casa siguiendo a distancia los pasos del muchacho, quien enfiló hacia al corralón detrás de la carnicería.
Ajeno a que era observado, el joven procedió a cortar con golpe certero la yugular de la bestia y luego, con paciencia, vertió la sangre en un recipiente para preparar morcilla. Con incisiones firmes y concisas comenzó a desprender la piel del animal pues mientras más grande la pieza, mejor la pagaría el curtidor.
Justina se cubría la boca con las manos para no gritar y no era que la sangre le aterrara, era que el joven empuñaba la cuchilla con la mano izquierda, y a pesar de su evidente destreza, a ella le parecía que todo lo hacía al revés y en cualquier momento podría sufrir un accidente. No pudo evitar un suspiro de alivio cuando él dejó descansar la herramienta sobre una piedra.  
Lacho la escuchó y levantó la vista. Los ojos de ambos se encontraron por primera vez. La incipiente luz del alba envolvía la silueta de la chica en un halo místico. Con el viejo chal sobre los hombros, ojos brillantes de emoción y mejillas encendidas por la agitación, aparecía como un ángel. El joven se enamoró de ella en ese momento. La sangre del ternero selló nuestro amor, solía decir él.
― Justinita ¿Estás despierta?
El susurro de Lacho desde la otra cama la regresó al presente, pero no contestó. Oyó unos pies descalzos cruzar el espacio entre las camas gemelas y sintió el cuerpo de su marido meterse entre las sábanas. Tuvo que moverse y quedó casi colgando contra la orilla de la estrecha cama.
― No puedo dormir si no estoy contigo ― musitó Lacho abrazándola, jalando los cobertores y aclarándose la garganta.
El rostro de Justina se contorsionó en una mueca de frustración que su marido no vio en la oscuridad. A partir de esa noche, Lacho cruzaba el corto espacio entre las camas gemelas para dormir con su mujer y la pobre vieja, empezó a soñar constantemente con un ternero berreando sin tregua presagiando su final en el matadero.

1 comentario:

EFRAIN VILLEGAS dijo...

Como dirían en mi pueblo, ella labró su corona y se la puso. Maravillosa manera de llevarnos de un recuerdo a otro. me encantó.